El fin como principio: la oscura belleza de “The End” de The Doors

Nunca pensé que me atraparían. Lo confieso. En mis años más fierrosos, con la cabeza llena de riffs veloces y voces desgarradas, The Doors simplemente no me decían nada. No era su momento… ni el mío.

julio 6, 2025

Por Arturo Roti

Nunca pensé que me atraparían. Lo confieso. En mis años más fierrosos, con la cabeza llena de riffs veloces y voces desgarradas, The Doors simplemente no me decían nada. No era su momento… ni el mío. Yo estaba completamente clavado en el metal, en los sonidos más potentes y oscuros, buscando la adrenalina más que el trance. Pero todo cambió con una película. Oliver Stone, sin saberlo, me hizo voltear.

Fue 1991. The Doors, la cinta biográfica, llegaba a los cines con Val Kilmer convertido en Jim Morrison. Yo ya estaba empezando a hacer excavaciones en el pasado, buscando las raíces del rock, remontándome a los sesentas, a esa época que para mi generación ya era historia. Y entonces sucedió: “The End” apareció en la película como un presagio, como una revelación. Esa canción me jaló por completo. Oscura. Hipnótica. Peligrosa. No era solo música. Era una experiencia. Un descenso.

“The End” nació como una balada de ruptura amorosa que Morrison le escribió a una novia. Pero pronto se volvió un monstruo de otra naturaleza. En vivo, comenzó a crecer, a retorcerse. Se transformó en una pieza de doce minutos donde el vocalista exploraba sus fantasmas más profundos: el parricidio, el incesto, la muerte, el caos, el renacimiento. Era el Edipo moderno recitando su tragedia en un escenario psicodélico. Era poesía beat elevada a rito.

Musicalmente, el tema es una travesía. Robby Krieger en la guitarra toca con un estilo raga, influido por la música india. Ray Manzarek hace magia con sus teclados, construyendo atmósferas etéreas, como si te metiera en una neblina mental. John Densmore marca el tiempo con precisión tribal. Y Morrison… Morrison simplemente deja salir lo que tiene dentro, con voz casi fantasmal, como si susurrara desde otro plano.

“The End” fue grabada en una sola toma en los estudios Sunset Sound en Los Ángeles, y lo que quedó fue tan visceral que Elektra, el sello discográfico, dudó en dejarla completa. Pero sobrevivió. Y con razón. Era la carta de presentación de un grupo que no quería entretener: quería perturbar, provocar, abrir puertas mentales.

En esa época, pocas canciones se atrevían a hablar tan directamente desde el inconsciente. En plena era del amor libre y la psicodelia, “The End” no era una invitación al placer, sino un viaje al abismo. Cuando Jim Morrison recita: “Father… yes son? I want to kill you. Mother… I want to…”, no solo se está enfrentando al mito de Edipo, está desgarrando al oyente. Es un acto escénico, sí, pero también es una confesión en clave poética.

Y yo, que había crecido escuchando metal, descubría que la oscuridad no siempre necesitaba distorsión. A veces, la verdadera pesadez está en el silencio, en la atmósfera, en lo que se insinúa más que en lo que se grita. “The End” me enseñó eso. Que el rock también puede ser teatro, ritual, trance.

Después de escucharla, regresé al disco The Doors (1967) y todo empezó a hacer sentido. El tema que cierra el álbum es, literalmente, un cierre. Pero no uno definitivo. Es más bien un portal. Un pasaje hacia otra dimensión del rock. Y Morrison, desde su altar pagano, te guía con la mirada perdida y el corazón ardiendo.

Hoy, cuando escucho “The End”, no solo me recuerda a ese momento en que me atrapó por primera vez gracias a Oliver Stone. Me recuerda que el rock no siempre es para la primera escucha. Algunas canciones esperan el momento exacto para clavarse en tu alma. Y cuando lo hacen, ya no hay vuelta atrás.

Porque, a veces, el fin… es solo el principio.

Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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Foto: Wikipedia.

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