El gato de mi vida

Hace diez años, escribí que cuando le abres la puerta a un perro o a un gato se la abres a todos, que por más que jures no volver a tener otro, llega uno y te salva.

julio 26, 2026

Por Gilma Luque

Notas sobre La perra de mi vida de Claude Duneton

Hace una semana se murió Bembo, mi gato, y estas palabras no coinciden con nada. El sol pasa entre las ramas del árbol frente a mi ventana, veo las sombras sobre el tapete que Bembo rascaba cuando bajaba corriendo después de usar el arenero y decir “arrow”. D. y yo tenemos días recordando detalles de nuestro gato desde el día que llegó a casa con ocho años y salió de su transportadora muerto de miedo —esa primera noche durmió con nosotros de mi lado, pero sobre la mano de D.— y la tromba que cayó sobre los tres el día que murió. No queremos que nada de él se nos escape: comía cada tanto catorce croquetas (las contamos), dormía en el closet del baño cuando hacía frío o tenía miedo, por las noches usaba su arenero y hacía mucho ruido con la arena, tanto que teníamos que gritarle para que parara o ir por él. Se subía del lado de D., pasaba por las almohadas (nos pisaba el pelo) y dormía conmigo bajo las cobijas. Recordamos que jugaba con un pescadito de trapo, con aceitunas y con grillos que guardaba bajo el tapete, cuando D. no los podía salvar a tiempo. Hace una semana llovió muy fuerte y también lo recordaremos como parte de su historia, la que guardaré en mi diario, en la memoria. Como este vacío calientito, porque Bembo sigue en todas las formas del tiempo. Me dijo mi tío Antonio que nuestros gatos y perros no forman parte de nuestra vida sino de nosotros mismos. Lo creo.

            Leí La perra de mi vida por primera vez en el 2016. Mi perrita Whisky acaba de morir, yo llevaba varios años de no vivir con ella, sin embargo, saber que ella ya no estaría en el mundo se me hizo muy doloroso. Al poco tiempo murió Churro y después Flor, años después Fátima, mi gatita. Aquella primera vez que leí la novela de Duneton, escribí que la muerte de Whisky me hacía recordar a mis otros muertos. Hace diez años, escribí que cuando le abres la puerta a un perro o a un gato se la abres a todos, que por más que jures no volver a tener otro, llega uno y te salva. A los tres meses de que muriera Fátima, llegó Bembo y vivió conmigo siete años y no me arrepiento, me salvó: si ahora sufro por ser Gilma sin Bembo es porque Bembo me dio la forma que tengo hoy.

Es a partir de los otros que nos hacemos una idea del mundo, de la luz, del tiempo. Yo he sido a partir de cada uno de los animales que he tenido. Ellos marcaron épocas en mi vida: son frontera en mis recuerdos.

            Dice Sabato que el objetivo de la literatura siempre ha sido el hombre y sus pasiones, que no hay novelas de mesas o animales, pues cuando se hace la novela de un perro es para hablar indirectamente de la condición humana. Ahora diez años (casi exactos) después de mi primera lectura, regreso a ese libro a propósito de la muerte de Bembo —mi nueva condición—, y así, como Claude, darle otra forma a la historia del gato de mi vida, también como algo simbólico, como un pensamiento mágico.

            La perra de mi vida (Malpaso, Barcelona, 2015) es la novela de Claude Duneton, quien escribe la historia de Rita “una calamidad de perra”, la perra de su infancia, y a la cual no deja de evocar antes de morir. Novela autobiográfica con la que debutó en español —con una prosa simple y experimentada—, fue escrita en su madurez (1991) con la nostalgia justa para entregarnos a aquello que amamos y detestamos ya sin temor a perder nada.

             Antonio Soler, quien escribe el prólogo a la novela, dice que Rita es un pretexto para interrogarnos a nosotros mismos, siendo la excusa a la que recurre Duneton para reproducir un mundo pasado.

Es verdad, gracias a la importancia de Rita en la vida del escritor francés se desdobla otro tiempo —como si de un papel se tratara— para llegar a la vida de un niño que vive en un pueblo pequeño de la Francia profunda llamado Lagleygeolle, en Corréze, en tiempos de la ocupación alemana.

El niño y su perra son como hermanos, hijos del padre, al cual siguen a donde sea que vaya. Un padre sin demasiada autoridad que “…simplemente dejaba arrastrar su enorme sombra por el suelo, sobre las piedras”.

El niño y su perra son compañeros en un mundo hostil: pre-guerra, trabajo arduo en el campo, pobreza. Un mundo en el que la madre es incapaz de creer en nada, llena de rencores y reclamos al padre, los cuales el niño no intenta comprender, simplemente los soporta como parte de la atmósfera que lo rodea. Del futuro no espera nada mejor, pues su destino no es el de un simple campesino sino el de un futuro delincuente en la desesperanza de su madre, quien tampoco soporta a Rita, porque no sirve para cuidar ovejas, o para atacar extraños. Ni siquiera para hacer alguna gracia.

 Rita es libre, voluntariosa, rebelde.

Rita vive en una época en la que los animales de compañía son un lujo al que no se puede acceder. Los animales debían de servir para algo y no solo para perseguir camiones e intentar morder sus neumáticos. Rita tampoco tenía derecho a un collar o poder quedarse con sus cachorros cada vez que fuera preñada —regularmente dos veces al año—, ni a salvarse de las tundas que recibía no siempre en el momento en que cometía la fechoría, a veces cuando ya ni siquiera podía saber por qué se le pegaba.

El destino de Rita hubiera sido la muerte de no ser porque su destino no era morir (al menos no tan pronto) como lo fue el de todos sus cachorros, a los cuales el chico tuvo que matar para ahorrarle el trabajo al padre, quien estaba en contra de la muerte, “de cualquier muerte”, y también para detener las constantes peleas entre sus progenitores. Riñas que tenían que ver de alguna manera con la infancia de Rita: cuando la madre tuvo que deshacerse de Mimí, una perrita de salón, “incompatible con el campo”. La miseria era tal que les era imposible tener más de un perro que alimentar.

La suerte de Rita residió en que alguien la quiso, su compañero: el niño que le pedía hacer gracejadas —que ella por supuesto nunca hizo—, el niño que le puso un gorro para que se pareciera al lobo de Caperucita, el niño que la ponía en situaciones inconvenientes y luego culpaba, el niño que deseaba hacerle una casita para que tuviera un domicilio fijo y no pasara frío por las noches y el niño que la negó al menos en una ocasión, también, pero que la amó hasta la vejez.

Ese hombre que evoca su “insoportable infancia”: la del “niño derrotado” tuvo la suerte de vivir acompañado de su perra, quien de alguna manera había comprendido con el paso del tiempo las vicisitudes del mundo.

La perra de mi vida es un libro bello y terrible, como la realidad. Bello porque el autor no pretende hacer de su infancia un lugar idílico y tampoco ser inocente, sin embargo, no deja de lado la ternura ni el humor.

La historia de Rita es la historia de quienes, como él, en sueños sentimos que acariciamos a nuestros perros  y gatos muertos. Tal vez yo necesite más de una lista —quizás una novela— para hablar de Bembo, para atrapar su luz en mi vida.

Claude Duneton murió el 21 de marzo de 2012 en Lille, Francia, a los 77 años de edad. Logró salir de su pequeña aldea y escapar de su destino para convertirse en escritor, filólogo, historiador, profesor y actor de cine.

Gilma Luque (Ciudad de México, 1977) es autora de Hombre de poca fe (Mondadori, 2009), Mar de la memoria (Ediciones B, 2014), Obra negra (Almadia, 2016) y El hombre en el jardín (Hachette, 2025), entre otros libros. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores del año 2020 al 2023.

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