“One”: la primera vez que el metal se sintió en carne propia

"One" se convirtió en el primer sencillo de Metallica en meterse al Top 40 gringo, y a finales de febrero la banda tocó en los Grammy. Fue la primera vez que un grupo de metal, sin filtro, se paraba en ese escenario.

julio 25, 2026

Por Arturo Roti

En 1988 yo estaba en los primeros semestres de la Facultad de Comunicación, ya bien clavado en el thrash, en el metal, en todo lo que sonara a distorsión y a verdad incómoda. Esa música era el aire que respiraba, la sustancia misma de mis días. Y ese año Metallica soltó ...And Justice for All, un disco cuyo nombre solo con leerlo ya me pegaba en el estómago. La portada terminó de convencerme: ahí estaba la Justicia, la diosa romana, resquebrajada, a punto de caerse en pedazos, con la balanza atada con cuerdas y los ojos vendados como siempre pero esta vez sosteniendo algo que se le estaba escapando de las manos. Pensé: vamos por la misma línea política de Master of Puppets, la banda no había soltado el discurso, lo había afilado.

El impacto fue tan grande que agarré una camiseta gris que tenía guardada y le pinté yo mismo, a mano, la frase del disco. Pero le agregué un signo de interrogación al final: «…And Justice for All?«. No sabría explicar bien por qué necesitaba esa pregunta ahí, pero me acuerdo perfecto de la sensación de traerla puesta: era una camiseta desafiante, una pregunta que le hacía al mundo entero cada vez que salía a la calle.

Pasaron unos meses y llegó 1989. Y ahí sí, por primera vez, vi un videoclip de Metallica ya con producción, con dirección, con una idea detrás. El tema no podía haber sido mejor elegido: «One».

El video me pegó durísimo. Ver esas imágenes de la película intercaladas con la banda tocando me metió de lleno a la canción, como si la música y el metraje fueran una sola cosa contándome la misma historia desde dos ángulos distintos. Sentí ese abandono total del que habla la letra, esa sensación de quedarte solo, atrapado, sin nadie que te escuche del otro lado. El video me había impactado tanto que ahí mismo, viéndolo, entendí por completo de qué trataba la canción.

Hasta ese momento la banda se había negado con orgullo a jugar el juego de MTV, a hacer videos, a domesticarse para la pantalla. Cuando el sello finalmente los presionó, Hetfield y Ulrich decidieron que si iban a ceder, lo iban a hacer a su manera y sin recortar nada. La canción la habían escrito en noviembre del 87, ya con Jason Newsted integrado tras la muerte de Cliff Burton, y la letra nacía de una idea que Hetfield tenía clavada en la cabeza: qué se siente ser solamente un cerebro y nada más. De ahí se fue directo a Johnny Got His Gun, la novela de 1939 de Dalton Trumbo, la historia de un soldado de la Primera Guerra Mundial que despierta en un hospital sin brazos, sin piernas, sin ojos, sin boca, sin oído, pero completamente consciente adentro de ese cuerpo destruido. Trumbo mismo había dirigido la adaptación en 1971, y Metallica terminó comprando los derechos de la película completa para poder usar las escenas en el video sin pagar regalías cada vez que la tocaran.

El video lo filmaron en un almacén de Long Beach en diciembre del 88, dirigido por el cinefotógrafo Bill Pope y el director Michael Salomon. Se estrenó el 20 de enero del 89 en Headbanger’s Ball y en cuestión de días se volvió el video más solicitado de toda MTV. Ese mismo mes «One» se convirtió en el primer sencillo de Metallica en meterse al Top 40 gringo, y a finales de febrero la banda tocó en los Grammy. Fue la primera vez que un grupo de metal, sin filtro, se paraba en ese escenario.

Cuando nos enteramos que Metallica iba a estar ahí, hice todo lo posible por plantarme frente al televisor y no perderme nada. Aguanté a todo el desfile de artistas pop de esa noche con tal de llegar al momento, y en cuanto salieron le di play a la videocasetera para grabarlo: quería ese instante para mí, guardado, tangible. Perdieron el premio contra Jethro Tull, en uno de los fallos más ridiculizados en la historia del show, y ahí confirmé lo que ya sospechaba: los Grammy eran una farsa. Al año siguiente, con una categoría separada ya creada para metal, se llevaron la estatuilla por la misma canción.

Lo que había dejado «One» era la prueba de que se podía cruzar al mainstream sin traicionar nada: resultó que había miles de chavos como yo, con ganas de música más pesada y más oscura, esperando que alguien les diera permiso. Hoy sigue siendo la canción más tocada en vivo de todo ese disco, con más de 1,500 interpretaciones, y hasta tuvo un renacimiento inesperado en 2014 cuando la tocaron en los Grammy junto al pianista Lang Lang, demostrando que aguanta hasta un tratamiento clásico sin perder ni un gramo de su peso.

Pero lo que realmente vuelve a «One» una pieza mayor no es su historia de éxito, es su construcción. La mayoría de las canciones antibélicas te muestran la guerra desde afuera: el horror que se ve, el horror que se narra. «One» te mete adentro de una conciencia sin ningún canal de salida. Solo queda el pensamiento, encerrado, pidiendo una sola cosa: morir. Ese encierro es el motor real del dolor de la letra.

Y la música además de ilustrar esa idea, también la encarna. La calma del arranque, esa guitarra limpia casi de cuna, es la conciencia todavía intacta, todavía con esperanza, antes de entender su condición. La aceleración progresiva es el pánico que va creciendo. Y el quiebre final, esa ráfaga de batería y guitarra que imita el fuego de ametralladora, es el momento exacto en que el protagonista deja de suplicar con palabras y su cuerpo —lo poco que le queda de cuerpo— se convierte en el único mensaje posible, golpeando contra la cama en código Morse. Ahí está el verdadero logro de Hetfield y Ulrich: tradujeron un texto literario sobre la mutilación y el silencio en una experiencia sonora que también mutila el oído hasta dejarlo en puro ruido articulado.

Yo seguí usando esa camiseta gris varios años más, hasta que el signo de interrogación se fue borrando de tanto lavado. Pero la pregunta, esa sí, nunca se borró.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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