Los cilindros de cera del México porfiriano: La urna de las voces extinguidas

José Juan Zapata escribe sobre el hallazgo y publicación del sello inglés, Death Is Not The End, de una compilación con grabaciones de la primera década del siglo XX en México.

julio 24, 2026

El sello inglés Death Is Not The End publicó en Bandcamp hace unos meses una compilación con grabaciones de cilindros de cera de la primera década del siglo XX, que nos llevan de la mano a un fascinante mundo de fonografistas ambulantes, cuadros costumbristas y las primeras figuras del canto popular mexicano, mucho antes del auge de las grandes figuras de la radio y el cine.

Por José Juan Zapata

Es imposible reponer la fascinación que sintieron los primeros pioneros del siglo XIX al presenciar el resultado de sus inventos como la fotografía, el fonógrafo o la cinematografía. Lo que sí nos queda es el aura que emanan las grabaciones que, a más de cien años de distancia, siguen resguardando una visión del mundo, un entender la música y su performance que en algunos casos puede seguir vigente, pero que en muchos otros nos habla de una sensibilidad única y perdida en el tiempo.

“El fonógrafo guardará en su urna oscura las viejas voces extinguidas”, escribió el poeta mexicano Amado Nervo, en 1898, en el diario El Mundo Ilustrado. En ese entonces el fonógrafo se nos presentaba como una innovación tecnológica que iba a transformar a la humanidad, y se pensaron posibilidades inmensas en cuanto a la comunicación, por supuesto, pero también en campos tan lejanos como la abogacía y la medicina.

El cilindro de cera fue el primer soporte en el que se empezó a registrar música, voz y sonido. El fonógrafo, inventado por Thomas Alva Edison alrededor de 1877, partía del principio de que las ondas sonoras podían generar un surco milimétrico sobre un material maleable, y que este surco podría usarse de nueva cuenta para reproducir ese mismo sonido. A finales del siglo XIX la cera, y luego diferentes plásticos y celuloides, resultaron los materiales más estables para poder realizar el registro y la comercialización de música, aunque los cilindros eran frágiles y se degradaban con mucha facilidad. Al final este formato perdió la batalla ante los discos de goma laca que reproducía otra máquina, el gramófono, a 78 revoluciones por minuto, un material mucho más duradero que conquistó el mercado apenas pasando 1910.

En los albores del siglo XX resultó más que probada la capacidad del fonógrafo y el gramófono para generar una nueva industria del entretenimiento. Así, las primeras “compañías discográficas” estadounidenses salieron a la caza de sonidos, repertorios, intérpretes y, claro, éxitos. Pronto mandaron sendas expediciones a Latinoamérica en busca de novedades con las cuales nutrir sus repertorios, como bien detalló Sergio Ospina Romero en su libro La conquista discográfica de América Latina (1903-1926).

Así, mientras Edison, Victoria, y Columbia desde Estados Unidos generaban una nueva economía transnacional enfocada en la música, empresarios pioneros mexicanos comercializaban y reparaban fonógrafos, vendían cilindros y discos y a la vez empezaban a registrar también sus propias grabaciones, abriendo la puerta a un mundo donde bandas de metales, orquestas típicas e intérpretes de valses, óperas y fragmentos de zarzuelas convivían con un efervescente mundo de cantores populares que sonaban en las calles de la ciudad de México.

Aunque el fonógrafo era una tecnología y un dispositivo caro, muchos piensan que su consumo estaba reservado sólo para ciertas élites. La verdad es que existían fonografistas ambulantes se instalaban en plazas y calles céntricas y ofrecían la escucha con audífonos, al “precio popular” de algunos centavos. Así numerosas personas pudieron acceder a las voces y músicas que difundió esta nueva invención y creció el interés de las compañías por grabar a los músicos célebres del momento.

Muchos acercamientos académicos e históricos a esta época se encuentran en el libro Los surcos de la memoria. Máquinas parlantes y grabaciones comerciales en el México porfiriano, compilado por Francisco Fernando Eslava Estrada, y publicado por la Fonoteca Nacional y la Facultad de Música de la UNAM en 2023. En sus páginas se puede entrar más en detalle sobre los repertorios, comercialización e historia de esta época fascinante previa al estallido de la Revolución Mexicana.

En busca de voces revolucionarias

A mediados de los años veinte, la grabación eléctrica permitió una mayor fidelidad en cuanto al registro de la música en los estudios de grabación, y con ello una nueva era en cuanto a la escucha y la distribución musical. En México, tras la época turbulenta de la Revolución, empezó la gran era de la radio y el cine. Con la fundación de la XEW (“La voz de América Latina desde México”) o el desarrollo del cine sonoro en los años treinta, el nuevo star-system llevó a figuras como Guty Cárdenas, Agustín Lara o Alfonso Esparza Oteo a todos los oídos del país e incluso del extranjero. Y ni hablar de las estrellas que vinieron después.

Así, pareciera que los músicos y los repertorios que circularon durante los años del Porfiriato pasaban a quedar en el olvido, a medida que los cilindros de cera y los primeros discos dejaron de comercializarse y su frágil materialidad era víctima del paso del tiempo. ¿Quiénes fueron esos enigmáticos nombres como Jesús Abrego, Leopoldo Picazo o Rafael Herrera Robinson? ¿Cómo volver a escuchar esas voces extinguidas que ahora son materia sólo de archivistas, fonotecas y coleccionistas?

En el año 2004 el INAH lanzó el CD Evocaciones de la máquina parlante, como parte de su colección “Testimonio musical de México” cuya gran novedad resultaba una grabación en cilindro de cera del propio Porfirio Díaz agradeciendo a Thomas Alva Edison por su invento. Sin embargo, el resto del material provenía de los primeros discos de 78 rpm. Por las limitaciones técnicas del momento la calidad de este CD no es la óptima, aunque gran parte del repertorio incluido puede escucharse con una mejor calidad gracias a las digitalizaciones de la Strachwitz Frontera Collection of Mexican American and Mexican Recordings en YouTube.

Actualmente la Universidad de California en Santa Bárbara es la institución que cuenta con la mayor colección de cilindros de cera con grabaciones de músicos mexicanos, resguardando más de 200 cilindros, mientras que la Fonoteca Nacional de México cuenta con 94 de ellos. Muchas de las grabaciones digitalizadas son accesibles, sobre todo las de la UCSB, que se encuentran en su propio sitio web.

En 2024, la doctora Fátima Volkoviskii Barajas, musicóloga mexicana de la Universidad Complutense de Madrid presentó una ponencia en un congreso de la Universidad de Surrey en Inglaterra, donde plantea un primer acercamiento a las posibilidades con las que cuentan los investigadores gracias al material resguardado por la Universidad de California.

Como parte del público se encontraba Luke Owen, un inglés aficionado a los archivos y grabaciones de campo, quien está al frente de un sello de Bandcamp llamado Death Is Not The End, dedicado a registrar grabaciones antiguas de distintos lugares del mundo. Motivado por la ponencia decidió zambullirse en la colección de la Universidad de California para publicar una selección de grabaciones mexicanas de cilindros de cera que son una oportunidad bastante amable de acceder a ese repertorio tan esquivo.

El resultado es el lanzamiento en 2025 de In Search of Revolutionary Voices: Mexican Wax Cylinder Recordings, 1900-1910, que se puede escuchar de manera gratuita en Bandcamp o pedir una edición física en cassette. La portada luce un precioso grabado de José Guadalupe Posada, impreso en «El Sarape Nacional», un cancionero editado por Antonio Vanegas Arroyo en la misma época Porfiriana.

La ciudad de México sonaba así

El disco es un pequeño muestrario de la gran cantidad de materiales que se grababan (y que gustaban, obviamente) en la época, incluyendo episodios y canciones humorísticas, fragmentos de zarzuelas, solos instrumentales, bandas de vientos, una grabación que es una puesta en escena de la batalla del 5 de mayo e incluso un poema recitado por el escritor Juan de Dios Peza.

Sin embargo, los nombres más presentes en el tracklist son de algunos músicos que destacaban en el panorama popular porfirista, aunque su memoria se haya borrado lentamente del imaginario del público con el paso de las décadas. Jesús Abrego y Leopoldo Picazo no sólo fueron pioneros de las grabaciones discográficas en nuestro país. Eran un par de músicos que dominaban una gran cantidad de géneros, entre sones, corridos, jarabes y canciones regionales. Incluso se les atribuye la grabación del primer bolero en México (“Un beso”, compuesto por el cubano Pepe Sánchez como “Tristezas”). Sin embargo, uno de sus aspectos más notables era el humor, bien chilango y pícaro, que los pondría como notables predecesores de figuras como Chava Flores.

Rafael Herrera Robinson es otro de esos personajes bohemios y humoristas que poblaron los escenarios y carpas de lo que ahora es el centro histórico y La Lagunilla en el corazón de la ciudad de México, a menudo acompañado por Maximiliano Rosales, en los primeros años del siglo XX. Y la desgracia es que la mayoría de datos históricos sobre todos ellos son oscuros: cuando mucho algunos hitos biográficos en algunos papers académicos. Sin embargo, su producción para los sellos Columba, Victor y Edison es copiosa.

Canciones como “A Lupita”, “A Juanita”, “Un recuerdo a mi madre”, “La paloma azul”, “A María la del cielo”, “Las horas de luto”, el corrido de “Macario Romero”, son los registros que aparecen en In Search of Revolutionary Voices, pertenecientes a la época de los cilindros de cera, aunque muchas más se encuentran disponibles en los archivos y fototecas antes mencionados, y en registros digitalizados de los primeros discos en varios canales de YouTube.

Su música nos permite entender la manera en que evolucionaron los géneros populares de México a lo largo del siglo XX, ya que estos registros muestran una sensibilidad y una performance sui generis, y una versatilidad de estilos, algunos actualmente en desuso y otros que siguen fuertemente enraizados en el imaginario nacional, como es el caso del corrido. Además, nos permite ver la manera en que se transformó el estilo de interpretación vocal. La doctora Fátima Volkoviski, en el abstract de su ponencia, plantea que en estas grabaciones del Porfiriato ya podemos encontrar indicios de los dos estilos de canto que encarnaron las dos míticas figuras de la música ranchera del siglo XX: uno de tono redondo, vocal y lírico (Jorge Negrete) y otro más juguetón, rebelde y ‘popular’ (Pedro Infante).

Al final, la urna de las voces extinguidas de la era del fonógrafo preservó una parte de su memoria para que podamos contar con sus testimonios de viva voz. Para que podamos acercarnos a la manera en que entendían la música, la sociedad, el entretenimiento y el sentir popular. Abrego y Picazo, y Rosales y Robinson,vivirán como parte de los pioneros de una historia de la grabación musical en México, que no ha hecho más que expandirse en la era digital. Pero en un momento de constante hauntología, dónde la música frecuentemente mira hacia atrás, es fascinante constatar cuántos pasados siguen latiendo en este presente que busca desesperadamente nuevos futuros.

José Juan Zapata Pacheco (Torreón, México, 1984). Periodista. Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina. Ha colaborado en medios de ambos países. Trabaja como profesional de accesibilidad audiovisual para los canales de TV EncuentroPakapaka DeporTV. Formó parte del proyecto Los 600 Discos de Latinoamérica.

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