La comunicación que les mezcla depende de la desnudez de sus desgarraduras. Su amor significa que no ven el uno en el otro su ser, sino su herida, y la necesidad de perderse: no hay deseo mayor que el del herido por otra herida.
Georges Bataille
26/08/25. Los taxistas son una especie en extinción (¿qué se extingue con ellos?).
Soy todavía de taxis, no de ubers. Mis hijos se burlan de mí porque además de salir a la calle a tomar un taxi, no me quedo en una esquina esperando; sino que camino cuadras hasta encontrar uno.
Racionalizo mi “preferencia”, justificando que los taxistas todavía conservan el oficio de transitar la ciudad y son excelentes conversadores.
Enmascaro mi prejuicio hacia los uber pensando que la mayoría son ciudadanos normales que por desempleo aprovechan su coche y sus horas de ocio para obtener un ingreso extra. Por ese motivo, más que un servicio público, siguen pensando que nos hacen un favor al dejarnos entrar en su coche para llevarnos a donde necesitamos. Para ellos ese trayecto es una mera transacción mercantil.
Gran parte de mi placer en ese tránsito por la ciudad en un taxi es la sorpresa de la conversación que empieza una vez que les comparto mi destino y negociamos el precio del servicio.
Las conversaciones que he entablado con taxistas surgen de reconocer nuestra vulnerabilidad al enfrentarnos, cada uno desde su dimensión, al acoso de esta ciudad impredecible.
Esas conversaciones a través de una mirada compartida por el retrovisor, de algún modo nos permiten cierto anonimato para una apertura casi confesional. En media hora o menos, me he abierto o he escuchado historias más personales que con algunas de mis amistades más cercanas toman meses, años inclusive.
Todavía recuerdo algunas de esas historias personales. Un ex maestro universitario que se sube al taxi de traje y corbata cada día y para él cada trayecto es una experiencia de compartir el conocimiento; un ex chofer de un político corrupto (disculpen el pleonasmo) que, al cobrar por él la cuota semanal, fue recibido a balazos y terminó con seis tiros y después de estar meses en el hospital, decidió dedicarse a ser taxista; el que heredó el coche y el oficio de su padre y ahora que la casa de su padre se incendió por un corto circuito, trabaja doble turno para reconstruirla; el que en el transcurso del viaje trató de convencer a su pareja por teléfono que era un buen candidato, a pesar que no ganaba ni mostraba igual compromiso que ella, entre otros.
En algún momento, cuando viajaba a otras ciudades para hacer “investigación etnográfica” y luego proponer la identidad para algunas marcas, mi primer fuente de información era el taxista que me llevaba del aeropuerto al hotel. Con ellos corroboraba la investigación demográfica y “cultural” que había hecho previamente.
En el posgrado, el maestro que nos daba seminario de tesis, nos recomendó hacer “la prueba del taxista”. Nos sugería, para probar si realmente entendíamos y habíamos digerido el sentido conceptual de nuestra investigación, que nos subiéramos a un taxi y, en lo que dura el trayecto a nuestro destino, le explicáramos al taxista nuestra tesis. Si podíamos hacernos entender, sin depender de los términos afectados de la academia, realmente manejábamos su lógica conceptual interna.
No puedo cerrar mis experiencias sensibles con el taxi sin mencionar un libro (El Taxi de Violette Leduc, publicado en 1971). Desgraciadamente no puedo citar algunas frases de éste. En algún momento lo presté a una buena amiga y no veo pertinente pedírselo de regreso solo para este capricho editorial.
Mi recuerdo de lectura, hace más de 30 años, es que está estructurado en la fluidez del diálogo (sin narración ni descripciones). Ese diálogo poético y erótico entre dos hermanos que, mientras transitan la ciudad, se (com)penetran con palabras y carnalmente. Un diálogo y un erotismo que nos rescata de la ciudad avasallante, carnívora, que nos reduce a relaciones transaccionales, anónimas, erosionadas.
Los taxistas son una especie en extinción (tal vez algunos de nosotros también).
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Foto: Ali Alcántara | Pexels.



