Esa estrella era mi lujo. El Indio Solari y la singularidad argentina

José Juan Zapata escribe sobre el fallecimiento de Carlos “Indio” Solari, quien fuera vocalista de la banda de rock argentina Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

junio 11, 2026

El fallecimiento de Carlos “Indio” Solari, quien fuera vocalista de la banda de rock argentina Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, volvió a poner sobre la mesa la singularidad de uno de los fenómenos musicales más masivos de este país, y a la vez como uno de los secretos mejor guardados para el exterior.

Por José Juan Zapata Pacheco

Hace un par de años, durante el proceso de publicación del proyecto Los 600 discos de Latinoamérica, donde participé como curador y redactor junto a otros tantos colegas de la región, tuve la tarea de escribir sobre el disco que seleccionamos de la banda argentina Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Oktubre, lanzado en 1986. “Qué difícil de explicar el fenómeno que representan los Redondos en la Argentina”, fue mi punto de partida, pensando en el desconocimiento de su figura fuera de las fronteras de la región.

Ahora que ha muerto Carlos Alberto “Indio” Solari, quien fuera vocalista de los Redondos, vuelve a aparecer sobre la mesa el hecho de representar un fenómeno endémico de una Argentina que muchas veces presenta sus singularidades como inexplicables ante el ojo extranjero. En mi caso, luego de más de una década de vivir en este rincón del mundo, debo decir que un poco me cansa la cultura del “no lo trates de entender”. No porque sea imposible de explicar, ni mucho menos (y vaya que en la cultura mexicana hay montones de cosas que parecieran sólo comprensibles para los mexicanos), sino por cuanto hay de trampa en la afirmación. Trátese de música, política, futbol, o lo que sea. Sin embargo, quizá sea esa fascinación argentina por exaltar sus singularidades, una singularidad argentina en sí. Y es maravilloso que así lo sea; lo entiendo a la perfección. Más cuando se trata de figuras que le han cambiado la vida, de una u otra manera, a millones de personas.

Patricio Rey y los Redonditos de Ricota no son más que una consecuencia natural de la profunda cultura rockera de la Argentina, labrada a fuego en la identidad nacional, algo que no sucede en otros países del continente. Rock hay mucho y muy bueno en México y en otros países de Latinoamérica, pero pocos países en el mundo pueden contar con el rock como parte indispensable de su cultura popular nacional como es el caso de la Argentina.

Sólo así podemos explicar (ahora sí) que una banda de pretensiones intelectuales pasara de reunir a un puñado de iniciados en café-concerts y otros foros pequeños a finales de los setenta, a ser un fenómeno masivo que al que le quedaban cortos los estadios y convocaba a las masas populares a fines de los años noventa. Todos a partir del boca a boca y la absoluta independencia. Y con una lírica exigente que desarrolló una imaginación poética para alimentar las ideas y pretensiones de una sociedad joven que transitaba el paso de la dictadura a la democracia a mediados de los años ochenta.

Patricio Rey surgió como una troupe de artistas en la ciudad de La Plata, y sus recitales al inicio eran una especie de happenings llenos de numerosas propuestas artísticas: performances, danza, spoken word, y por supuesto, su música que abrevaba de la tradición hard-blues de los Stones pasada por el tamiz del post-punk de la época. A ellos los acompañaban numerosos creativos que aportaban su trabajo en función del proyecto, como el periodista Enrique Symns o el artista visual Ricardo Cohen “Rocambole”, que después serían figuras inevitables de la cultura porteña. Y al frente la presencia magnética del “Indio” Solari, vestido cual oficinista recién salido al after-office y la guitarra magnética de Skay Beilinson. Ambos también autores de toda la música del grupo.

Su primer disco, Gulp!, apareció en 1985, en plena primavera musical de la Argentina post-dictadura y post-guerra de Malvinas. En una época donde la sofisticación internacional de Soda Stereo, Virus o el Charly solista alimentaba un brillante mainstream, el under oscuro y áspero de los Redondos se transmitía gracias al boca a boca, llevando a la banda a escenarios que fecha con fecha escalaban en tamaño y convocatoria.

Si Gulp! ya es una demostración de intenciones, el dispositivo se despliega por completo en su segundo trabajo, Oktubre (1986), donde la estética soviética y las referencias a la Revolución Rusa (gracias al arte de Rocambole) sirven como marco visual para la poesía oscura de Solari. Pocas personas entendían al inicio qué diantres estaba cantando el Indio. Pero con el paso del tiempo sus letras pasarían a ser imborrables no sólo en la conciencia rockera, sino en un amplio abanico de la cultura popular argentina. Por ello en la actualidad sus frases son de uso cotidiano como slogans en campos tan dispares como el periodismo, la publicidad, la militancia política o las barras de fútbol.

Quizá eso sea más palpable a partir de su tercer álbum, Un baión para el ojo idiota (1988), donde el sonido de los Redondos conecta más con el hard rock y menos con el post punk, y el surrealismo del Indio encuentra metáforas útiles para una sociedad en construcción en medio de las dificultades del alfonsinismo y la primavera democrática. Los títulos son explícitos por sí mismos: “Vencedores vencidos”, “Noticias de ayer”, “Todo preso es político”, “Vamos las bandas”.

La independencia como ética es quizá uno de los aspectos más sorprendentes del fenómeno de los Redondos. Pocas bandas, sobre todo en Latinoamérica, llevaron hasta el extremo la autogestión sin fracasar en el intento. Y en ello la mano de Carmen Castro “La Negra Poli”, mánager del grupo, tuvo una influencia decisiva. Sus discos y la organización de sus recitales estuvieron siempre bajo control de la banda, y sus relaciones con la prensa estuvieron marcadas por la selectividad, sin aparecer casi nunca en televisión y sin pagar a la radio y otras vías tradicionales de difusión que son moneda común no sólo en discográficas transnacionales, sino incluso en las independientes.

Quizá eso explica, en parte, que el fenómeno de los Redondos nunca haya trascendido más allá de las fronteras de la Argentina y Uruguay. La banda nunca tuvo pretensión de expandir su presencia más allá de su público regional. Y al no contar con la estructura transnacional de las majors discográficas, su música sigue siendo ampliamente desconocida en el resto de Latinoamérica y España. A diferencia de lo que sucedió con fenómenos como el Soda Stereo en el resto del continente.

Los años noventa mostraron a la banda en plenitud sonora. La mosca y la sopa (1991), Luzbelito (1996), Último bondi a Finisterre (1998) y las búsquedas electrónicas de Momo sampler (2000) son progresiones musicales que coincidieron con el crecimiento de los Redondos como fenómeno masivo, abrazando cada vez más un público proveniente de los estratos populares, a la vez que recibían una presión inusitada por parte de las autoridades y la policía federal de la ciudad de Buenos Aires. Luego de varios episodios violentos los Redondos y el Indio dejarían de tocar en la capital.

Esto marcó el inicio de la mística de los Redondos y de la cultura ricotera, que implicaba viajar largas distancias para verlos en distintas ciudades del interior de la Argentina. Mística que se extendería hasta los recitales del Indio como solista, luego de la separación de la banda en 2001. El punto culminante sería su último recital, en marzo de 2017, que congregó a casi 400 mil personas en el pueblo de Olavarría, provincia de Buenos Aires. Un recital no exento de problemas logísticos y tragedias.

Al paso de los años el Indio se convirtió en una figura mítica en el mismo panteón argentino en el que se codean Gardel, Perón, Evita y Maradona. La música de los Redondos, siempre fiel a una sonoridad, no fue más que el vehículo perfecto para canalizar letras de una complejidad inusual en la cultura rockera, que aún así hallaron un nicho popular desatando la imaginación de una argentina popular pero despierta y sensible a la orfebrería de la palabra y la imaginación.

Al Indio pocas personas de la élite argentina le perdonaron que su música fuera adoptada por las masas populares, no sólo como consumo, sino como bandera de sus militancias políticas y sociales. Peronista, hincha de Boca Juniors, en el Indio convergía un amplio abanico de asociaciones éticas y estéticas que hacen de esa otra Argentina, la Argentina pobre, marrón, nacional y popular, el objeto del desprecio de las oligarquías y derechas que cada tanto, por la voluntad o por la fuerza, suelen gobernar el país con consecuencias catastróficas.

Los Redondos, así, sólo pueden ser entendidos bajo las particularidades de la cultura rockera argentina y su historia política, por eso es inútil intentar trazar paralelismos entre otras realidades o sensibilidades nacionales. Una referencia que suelo citar a veces para intentar traducirlo a nuestro país es la música de Caifanes o La Barranca, puesto que pertenecen a una misma estirpe generacional y a una misma matriz sonora. Un hard rock de matices locales que hace uso de una lírica de cierta intención poética. Sin embargo, en un país como México donde el rock no forma parte realmente del imaginario popular y figuras como Saúl Hernández terminan perdidas en los laberintos de sus propias limitaciones y su constante mezquindad, es difícil sostener ese paralelismo.

Carlos Alberto Solari falleció el viernes 5 de junio de 2026 a los 77 años, en su casa en el suburbio conurbano de Parque Leloir. Hacía bastantes años arrastraba las consecuencias físicas de la enfermedad de Parkinson, por lo que luego de su último recital en 2017 sus apariciones públicas debieron limitarse en video durante los recitales de su banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Una vez muerto, ellos son los encargados de mantener vivo el legado del Indio en los escenarios.

El gobierno nacional, proveniente del libertarianismo y la ultraderecha, se negó a abrir las puertas de la Casa Rosada o del Congreso para recibir su funeral público, que finalmente se realizó en un polideportivo del conurbano bonaerense el domingo 7 de junio, que alcanzó kilómetros y kilómetros de fila. Una auténtica “misa ricotera” que convocó a alrededor de un millón de personas, sólo superado por los funerales de Evita y Juan Domingo Perón, y el de Diego Armando Maradona.

“El ricotero no existe en ninguna otra parte y no podría existir”, dijo hace unos días en entrevista la escritora Mariana Enríquez, para el canal de streaming Gelatina. “No necesito ser de Birmingham para ser fan de Black Sabbath, pero vos necesitás ser argentino para ser fan de los Redondos”.

Al final, habrá que sonreír ante el “no lo trates de entender”, porque esa exageración también es parte de la sensibilidad y la riqueza de la sociedad argentina. Es hermoso que así lo sea. Cualquiera en el resto del mundo puede conectar con el rock y las letras filosas de los Redondos, pero con un poco más de contexto podemos sorprendernos también con esta historia. En un rincón perdido de América del Sur una banda local, sin haber pisado otros escenarios que los de su región, y llevando todo su arsenal a cuestas del boca a boca y la absoluta independencia, pudieron construir una mística y arrastrar una pasión de multitudes comparables a los grandes nombres del rock anglo. Y de paso quedar marcados a fuego en la conciencia y en la vida de millones de connacionales. Con eso basta y sobra.

José Juan Zapata Pacheco (Torreón, México, 1984). Periodista. Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina. Ha colaborado en medios de ambos países. Trabaja como profesional de accesibilidad audiovisual para los canales de TV Encuentro, Pakapaka y DeporTV. Formó parte del proyecto Los 600 Discos de Latinoamérica.

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