El hombre que nadie esperaba: Tony Martin y los años olvidados de Black Sabbath

En la cubierta, un hombre solo. Sin banda. Sin los otros tipos que yo conocía. Y arriba, en letras que debían ser familiares pero que en ese contexto resultaban desconcertantes: Black Sabbath featuring Tony Iommi.

junio 8, 2026

Por Arturo Roti

Recuerdo el momento con una precisión que el tiempo no ha borrado: la tapa de un disco que llegó a mis manos a mediados de los ochenta y que me dejó con la cabeza ladeada, como perro que escucha un sonido extraño. En la cubierta, un hombre solo. Sin banda. Sin los otros tipos que yo conocía. Y arriba, en letras que debían ser familiares pero que en ese contexto resultaban desconcertantes: Black Sabbath featuring Tony Iommi.

¿Featuring? ¿Black Sabbath presentando a Tony Iommi? ¿No era él Black Sabbath? ¿Dónde estaban los demás?

Las revistas llegaban tarde. Internet no existía. La información viajaba de boca en boca, de carátula en carátula, de lo que alcanzabas a leer en el liner notes antes de que alguien te apurara a devolver el disco. Lo que muchos entendimos mucho después fue que Seventh Star (1986) había nacido como un proyecto solista de Tony Iommi, un disco que él concibió para explorar territorios propios, lejos del nombre de la banda. Pero la disquera no lo permitió. El contrato obligaba a que el nombre Black Sabbath apareciera, y Iommi, el único miembro original que quedaba en pie, no tuvo más remedio que ceder. El cantante era Glenn Hughes, de Deep Purple, y el álbum sonaba efectivamente a algo distinto: más brillante, más orientado al rock melódico de la época, lejos de los riffs oscuros y sepulcrales que habían definido a la banda.

Luego nos enteramos que Hughes duró poco. Que sus problemas con las drogas nublaron la gira, que en algún momento de esas fechas todo colapsó y que un joven vocalista de nombre Ray Gillen fue llamado para terminar lo que Hughes había dejado a medias. Y luego que Gillen grabó un álbum entero, lo terminó en Montserrat, y se fue. Que se llevó las canciones y dejó las pistas instrumentales. Que Iommi, con un disco grabado y sin vocalista, tuvo que salir a buscar otra voz.

Esa voz fue Tony Martin.

Cuando The Eternal Idol apareció en 1987, yo no sabía nada de todo eso. Solo supe que había un nuevo disco de Black Sabbath, que en la portada tenía dos figuras desnudas y cubiertas de pintura recreaban una escultura de Rodin, y que el nombre del cantante no era ninguno de los que yo había escuchado antes.

Puse el disco. Sonó «The Shining».

Hay momentos en la vida de un aficionado a la música en que algo te cambia de lugar. No de manera dramática, no con estruendo: más bien como si alguien moviera suavemente los muebles mientras dormías y al despertar el cuarto fuera el mismo pero ya no lo fuera. «The Shining» fue eso. Una voz que entraba con la autoridad de quien lleva años en el oficio, cargada de un registro que llenaba el espacio entre los riffs de Iommi como si hubiera sido diseñada para eso. Ni el dramatismo operático de Dio ni el desgarro de Ozzy: algo propio, una voz de rango amplio con una capacidad melódica que no cedía ante la pesadez de las guitarras sino que la montaba.

Lo que pocos sabíamos entonces era la historia detrás de esa voz. Tony Martin —nombre artístico de Anthony Harford, nacido en 1957 en el mismo Birmingham que vio nacer a la banda— llegó al disco de la manera más abrupta posible: grabó todas las partes vocales en dos semanas, encima de las pistas que Ray Gillen había dejado grabadas. Dos semanas. Un álbum entero. Lo único que quedó de Gillen en el disco terminado fue una risa en el tema «Nightmare», ese detalle que décadas después, cuando todo se supo, se volvería algo así como una firma fantasma.

Cómo llegó Martin al radar de Iommi tiene la textura de las coincidencias que cambian trayectorias: Albert Chapman, su mejor amigo de la infancia y manager de la banda local en la que Martin cantaba —The Alliance—, había sido también manager de gira de Black Sabbath en los años setenta. Fue Chapman quien lo recomendó, fue una llamada entre amigos, no una búsqueda en grande. Martin fue a la audición, cantó «The Shining», y se lo dijeron dos días después.

La batería en ese disco, por cierto, tiene nombre: Eric Singer. Uno que con el tiempo casi todos reconocerían por otras razones, sobre todo por los años en Kiss, pero que en 1987 era parte del caos de músicos que habían pasado por las sesiones de grabación. El crédito oficial era un lío de versiones distintas de la historia, pero las manos en los tambores eran las suyas. El disco no vendió lo que Warner esperaba. La banda fue dejada ir por el sello. Pero algo había prendido.

Porque en 1989 llegó Headless Cross, y ahí sí fue otra cosa.

Con Cozy Powell en la batería —uno de los grandes del rock inglés, un hombre que golpeaba como si el aire tuviera que pedir permiso para existir— y con una producción más densa y atmosférica, el álbum mostró a Tony Martin en su punto más alto. El tema que da nombre al disco, «Headless Cross», es todavía hoy una de las canciones más poderosas de toda la discografía de Sabbath, con Martin entregando una actuación vocal que no tiene nada que envidiarle a ninguno de sus antecesores. «Devil & Daughter», «When Death Calls»: el disco tiene una coherencia y una ambición que durante demasiados años quedaron enterradas bajo el peso de la nostalgia de los fans por Ozzy o por Dio.

Un año después, en 1990, llegó Tyr. Más épico, más elaborado, con Neil Murray en el bajo y un concepto lírico anclado en la mitología nórdica que le daba al álbum una grandeza poco frecuente en el rock de esa época. «Anno Mundi» abre el disco con la voz de Martin entretejida sobre elementos corales antes de que la guitarra de Iommi entre a romper todo. Es uno de los mejores arranques de cualquier disco de Black Sabbath, en cualquier era.

Pero entonces llegó el primer despido.

Fue sin aviso. Martin lo contó años después con la misma incredulidad del primer día: iba saliendo de casa para ir a los ensayos del siguiente disco cuando el teléfono sonó. Su manager. Que ya no querían sus servicios. Colgó y se quedó parado en la puerta.

Iommi había decidido volver a llamar a Ronnie James Dio. Y con Dio llegaron también Geezer Butler y Vinny Appice, la alineación completa del Mob Rules. El resultado fue Dehumanizer (1992), un disco oscuro y pesado que muchos consideran subestimado. Pero incluso ahí Martin apareció brevemente: semanas después del despido, Iommi lo llamó de nuevo para decirle que la reunión con Dio no estaba funcionando. Martin fue al estudio, intentó grabar sus voces sobre las pistas del álbum, y él mismo reconoció que no lograba mejorar lo que ya estaba hecho. Retiró su intento y siguió.

La historia de Dehumanizer terminó de manera espectacular en noviembre de 1992, en Costa Mesa, California. Ozzy Osbourne había anunciado su retiro y quería cerrar su gira de despedida con dos conciertos especiales, invitando a Black Sabbath a abrir las fechas. La idea era la de un cierre histórico: la banda que Ozzy había dejado, compartiendo escenario con él una última vez. Pero Dio se negó. No iba a abrir para Ozzy. No iba a quedarse entre bastidores mientras el ex cantante tomaba el micrófono. Su contrato terminaba esas noches y eligió irse.

El hombre que cubrió esas dos fechas fue Rob Halford, de Judas Priest. La segunda noche, Iommi y Butler subieron al escenario con Ozzy, con Bill Ward en la batería, por primera vez desde Live Aid en 1985. Fue el ensayo general de la reunión que vendría.

Y después de todo eso, Tony Martin regresó.

La segunda etapa fue más difícil. Cross Purposes (1994) y Forbidden (1995) llegaron en un clima distinto, con el mundo del metal en proceso de transformación y con la sombra del inevitable regreso de Ozzy proyectándose sobre todo. Martin lo supo, o lo intuyó. Años después reconocería que Forbidden «fue un álbum de relleno para sacar a la banda de la disquera, deshacerse del cantante y poder seguir con la reunión. Aunque yo no estaba al tanto en ese momento.»

En 1997 Ozzy volvió, y Tony Martin quedó fuera de manera definitiva. El segundo vocalista con más tiempo en la historia de la banda —más que Dio, más que Gillan, más que Hughes— se fue sin conciertos de despedida, sin tributos, sin que su nombre apareciera en ninguna de las grandes reuniones que vinieron después. Ningún show de la era Osbourne ni de los conciertos de Heaven & Hell con Dio incluyó una sola canción de los años Martin.

Tardaron décadas en reconocerle lo que es suyo.

La reivindicación llegó de manera callada, como suelen llegar estas cosas. Primero en los márgenes, en los foros especializados, en las recomendaciones de boca en boca entre aficionados del doom metal que citaban Headless Cross y Tyr como referencias fundamentales. Luego en las críticas retrospectivas que empezaron a preguntarse por qué esos discos habían sido tan fácilmente descartados.

En 2024 llegó el gesto formal: el box set Anno Domini 1989–1995, con las cuatro últimas obras de la era Martin remasterizadas —y Forbidden directamente remezclado por Iommi, quien nunca estuvo conforme con la producción original. El propio Iommi explicó que había querido «traer los sonidos de vuelta a lo que la gente esperaría de Sabbath.» Fue, a su manera, un reconocimiento tardío.

La voz de Tony Martin en esas remasterizaciones suena exactamente como siempre debió sonar: amplia, poderosa, sin las limitaciones técnicas de los masters originales. Si hay una forma de entrar a ese catálogo por primera vez, es por ahí.

A veces me pregunto qué hubiera pasado si las revistas hubieran llegado a tiempo.

Pero luego pienso que quizás así tenía que ser. El no saber ni entender nada, fue exactamente la condición correcta para que la voz que sonó después me cayera encima sin referencias, sin contexto, sin expectativas, sin el peso de saber que era el tercero en la lista, el de rebote, el que grabó en dos semanas lo que otro había dejado a medias.

Solo esa voz, solo esos riffs, solo «The Shining» entrando por primera vez en unos oídos que no sabían qué esperar.

Tenía razón en prestarle atención.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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