Imaginar nuevas infraestructuras del cuidado a través de la poesía. Entrevista con Gerardo Montoya

José Juan Zapata entrevista a Gerardo Montoya sobre Papá paki, o cómo pensar la literatura desde la paternidad: “Veo en la paternidad un terreno fértil y contemporáneo para preguntarse por las prácticas de subjetivación que sostenemos en un espacio compartido...”

agosto 6, 2026

El nuevo libro del poeta argenmex Gerardo Montoya, Papá paki, es una culminación de su exploración del lenguaje como artefacto, mientras abre preguntas y conversaciones sobre las paternidades y la vida doméstica.

Por José Juan Zapata Pacheco

A Gerardo Montoya le gusta definirse como “extranjero profesional”, pero a mí me gustaría definirlo como un habitante de un “tercer espacio” simbólico, un umbral, un estado liminal que sólo quienes habitan en situación de migración saben reconocer. Un pie en un mundo (y un marco de referencias) y otro pie en otro, distinto y a la vez familiar. Con una vida entre México y Argentina, pero también con una pata en el mundo online y otra en el lenguaje de las relaciones interpersonales.

Gerardo Montoya es así, un poeta in-between. Su poesía es híbrida, juguetona. Nació de la jerga de internet, con sus emojis, códigos y bots que también son escritura. Luego se retiró de las redes y se encuentra ahora en un digital detox. Nació en Monterrey pero desde hace 20 años vive en Buenos Aires, desde donde gestiona eventos de poesía y le da vida a La Diáspora Taquera, un colectivo que articula los proyectos de distintos artistas mexicanos que viven fuera del país.

Su obra comenzó en 2016 con Te amo Grupo Clarín y siguió con Decálogo para la clase media… en 2018. Ahora presenta su tercer poemario, Papá paki, editado por Barnacle (en Argentina) y Aquitania (en México), un libro extenso, que se enfoca sobre todo en las relaciones familiares y afectivas, un arco narrativo que va de la paternidad con sus “bestias” (como llama afectivamente a sus hijos), el divorcio y un nuevo matrimonio, en medio de una ciudad precarizada y precarizante como es Buenos Aires.

Antes de sus presentaciones en México (8 de agosto en Las Dunas Record Café en San Pedro Garza García, y en la CDMX a confirmar) conversé con Gerardo acerca de este poemario, que juega por dos bandas: por un lado el uso del lenguaje, donde el pastiche, el glitch y la intertextualidad son marca de la casa; y por otro sus temáticas, que disparan preguntas e ideas sobre las tareas de cuidado por parte de los varones “paki” (un término usado en Argentina por parte de la comunidad lgbtiq+ para referirse a los heterosexuales).

Tu lenguaje es un artefacto poético en sí, con sus propias reglas, su propio juego. Un pastiche de referencias pop, códigos de internet y jergas de ambos países, México y Argentina, ¿cómo fue que fuiste desarrollando ese lenguaje y qué lugar ocupa en tu labor poética?

Creo que arranca en una tarde, en la Colonia Del Paseo en el sur de Monterrey: fui de las primeras personas conectadas a internet en Regiolandia, en el 95. Nací además en una casa gestionada por licenciados en Sistemas Computacionales, así que fui una especie de early-bird de la red. Creo que algo de eso me cagó la cabeza. Y mi hipótesis de trabajo desde que empecé a publicar es que el texto publicado es, explícita o implícitamente, un sistema de referencias. Si un libro es un sistema, también es un artefacto, y todo artefacto en el tiempo tiene un costado político: decide qué entra, qué circula y a qué velocidad. El protocolo de una interfaz. Me interesa pensar cómo influye la tecnología en la experiencia de la palabra, del tiempo y de la atención.

Después el ir y venir entre México y Argentina fue para mí el ir acomodando y transformando una identidad en función de un espacio dado. Hoy me presento como extranjero profesional. Soy mexicano-argentino o argenmex. Me gusta sostener una identidad híbrida. Tiene la potencia política de entrar a un debate y traficar una pregunta nueva o distinta usando la máscara de lo mismo o lo parecido. Trato de darle lugar a la jerga mexa, al lunfardo y al glitch. Procuro poner en valor la hibridez y, con mucha suerte, propiciar en la persona que lee el googleo de alguna palabra que te suena, pero que ya no te acuerdas. El lenguaje es materia viva. Disfruto la exploración de los efectos de sentido que se producen en los choques inesperados entre textos sagrados. En definitiva, es una gran técnica para codificar mensajes al futuro.

Papá paki es un libro largo, incluso con una especie de arco narrativo, que va de la paternidad al divorcio y de nuevo al amor, cerrando en un anexo con nuevos votos matrimoniales. ¿Cómo es que trazaste esta estructura extensa, y cómo es la aventura de publicar poesía en un formato de largo aliento?

El largo no era parte del plan. Arranqué escribiendo con la consigna el ensamblar un libro en tres meses. Tenía la idea y algún texto suelto, pero ninguna estructura chida. Así que me senté a definir brújulas que apuntaban hacia campos de problemas, no un plan de ruta per se. Lo que sí hubo fue método. El libro nace de un diálogo con el presente: les preguntaba a las bestias qué recordaban de cierta época, eso me daba material, escribía desde ahí, y eso disparaba nuevas zonas de recuerdos y conflictos o traía la máquina del tiempo de vuelta al presente.

En paralelo organizamos un dispositivo de escritura con my own personal friend, la poeta y editora Luciana Ravazzani, para leer en voz alta y editar en la misma semana. Sostuve ese ritmo de trabajo durante cuatro meses y medio hasta que conseguí suficiente tela para editar, cortar, revisar y hacer una primera organización de algo que pareciera un libro. Después vino el trabajo de varias iteraciones gracias a la lectura amiga. El famoso ping-pongeo de yo te leo y tú me lees. Tenía ganas de que el libro fuera una excusa para aprender a escuchar con atención la lectura de lectoras profesionales. Así onda de “te invito a mi primer focus groupcito”. El coto simbólico era holgado a propósito, así que en algún sentido se fue tejiendo una pequeña selva adentro. Y ahí apareció el arco: separación, divorcio, paternidad 24/7, pandemia, vuelta al amor, un espejo pixelado. Lo reconocí cuando la enredadera se había expandido.

Publicar poesía larga es una apuesta, porque el mercado de las pantallas que lucra con la atención prefiere la brevedad y la unidad suelta: lo posteable en una sola imagen. Pero tenía ganas de experimentar cuánto podía acercarme a contar con poesía una historia de varios personajes que tuviera dejos wanna-be de novela sin dejar de ser un libro de poesía.

En esta época donde cierta visión “progre” de la paternidad tiene que enfrentarse a la amenaza de las derechas y a la precarización general, ¿cómo pensar la paternidad desde la literatura? ¿Qué mundos nos permite discutir o cuestionar?

En mi falsacionable opinión, pienso que ser cuidador es un rol que se va normalizando muy de a poco en las configuraciones de fábrica de los varones cis. Eso nos enfrenta lateralmente con problemas que históricamente padecen y han padecieron las mujeres, y es sano, para la propia expansión del imaginario de las paternidades, que esos “nuevos” problemas entren en discusión. No hay mucha circulación de buena data, hay escasísima preparación previa instituida y casi ninguna conceptualización específica sobre nuestros roles de cuidado. ¿Cómo se socializan esos cuerpos que después tienen que socializar otros cuerpos, qué hace o no hace el sistema educativo para habilitar el cuidado como práctica sin género, con qué herramientas y redes se constituye y sostiene esa posición de “ser padre”? La reacción de las derechas opera justo sobre esa vacancia: no hay una construcción positiva de la masculinidad cuidadora, lo que se ofrece es la restauración a modelos como el de ser sólo un proveedor.

A eso se suma la precarización, que encierra a quienes cumplen con tareas de cuidado en el home office (sin que estar en casa signifique estar presentes en un rol de cuidado en términos atencionales y afectivos). ¿En qué momento empezaremos les padres a pensar que es importante para nosotros mismos contar con una licencia por paternidad, simplemente por el hecho de que queremos estar presentes en ese momento clave en cualquier familia? Lo pregunto, no desde la máxima moral, sino desde las ganas propias de querer estar presente. ¿Los varones sabemos reconocer, enunciar, validar, compartir y defender políticamente nuestras ganas de estar ahí?

Veo en la paternidad un terreno fértil y contemporáneo para preguntarse por las prácticas de subjetivación que sostenemos en un espacio compartido, donde los adultos cumplen un rol determinado. Literariamente está poco explorado, y esa vacancia es una oportunidad: más que narrar el desarraigo, me interesa imaginar nuevas infraestructuras del cuidado. Dejar registro sobre las paternidades como un territorio enunciativo fértil es apostar por habilitar distintas preguntas, reinterpretaciones e historiografía crítica. Por ende, también escribir sobre ello es un vehículo para iniciar una conversación con el futuro.

Si bien tu lenguaje se nutrió de los códigos de internet, actualmente estás fuera de las redes sociales. ¿Cómo visualizas esta época en la que cada vez más gente está valorando el detox online? ¿El estar offline y dedicado a la vida ‘análoga’ será el nuevo privilegio?

Sí, lo considero un privilegio. Nuestros cuerpos están cada vez más bombardeados y exigidos, cognitiva y emocionalmente, y vivimos la época en que más esfuerzo y más capital se ha puesto en hibridar el cuerpo con la pantalla de modo que la atención no salga de ahí. Poder sustraerse a eso es un desafío. Lo digo desde adentro: programé bots random, sostuve hashtags-obra, hice de la adicción a internet un sitio web. Conocer algo de la mecánica del automatismo es lo que me permite y me motiva a decidirme por un detox digital de redes sociales. El retiro no es conversión ni arrepentimiento; es la misma investigación girada hacia adentro. ¿Cómo se construye el propio relato si uno no es su propio canal 24/7? Antes preguntaba cómo aparecer en la pantalla; ahora, qué le hace la exposición permanente a la palabra, al cuerpo y a la atención.

No lo pienso como detox en clave de bienestar, sino como política de la atención. ¿Cómo cuidar la palabra cuando todo empuja a apachurrarla en mero contenido? ¿Cómo sostener el cuerpo cuando la presencia se vuelve una performance continua? ¿Cómo imaginar comunidad sin quedar atrapado en la lógica de exposición que administran las plataformas? Me intriga más pensar en cómo cultivar el silencio, instrumentalizar la demora y jugar con la opacidad frente al mandato de la actualización permanente. Si desconectarse es privilegio, la pregunta interesante no es cómo te desintoxicas tú, sino qué condiciones colectivas harían que la atención deje de ser un recurso extraíble e híperexplotado hasta el agotamiento absoluto de los cuerpos.

Gerardo Montoya Arteaga es poeta y narrador mexicano. Actualmente coordina el Comité de Escritores Jóvenes de PEN Argentina. Es autor de dos libros y su obra ha sido incluida en una antología publicada en Argentina. Ha colaborado en diversas publicaciones literarias, entre ellas las revistas Polvo y El Cielo del Mes, donde ha dado a conocer parte de su trabajo poético y narrativo.
José Juan Zapata Pacheco (Torreón, México, 1984). Periodista. Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina. Ha colaborado en medios de ambos países. Trabaja como profesional de accesibilidad audiovisual para los canales de TV EncuentroPakapaka DeporTV. Formó parte del proyecto Los 600 Discos de Latinoamérica.

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