Fly me to the moon

Una vez terminada la transmisión, ese niño de 8 años que era, movido por no sé qué impulso, salió al jardín y levantó la mirada hacia la luna. Todavía no sé qué es lo que quería ver o constatar.

enero 23, 2025

Por Eduardo Ramírez

In other words, please be true
In other words, I love you

Bart Howard

28/12/24. Cuando Camila, mi hija, tenía cinco años, tras un viaje de trabajo a España, le traje una pequeña caja de música que reproduce la canción Fly Me to the Moon, famosa por la interpretación de Frank Sinatra.

En estos días, en una de esas pláticas que se dan cuando se junta un grupo de gente, sin objetivo ni horario, salió la duda de si realmente el hombre llegó a la luna o si era un montaje. La pregunta que la originó fue, ¿si realmente llegaron a la luna, por qué no han regresado? La plática, como muchas, nunca llegó a conclusiones y se cambió de tema porque para nadie era algo realmente crucial.

Ya de regreso a mi casa, recibo un video de Instagram, de Buzz Aldrin. El primero, es una entrevista que una niña le hace durante una visita que hizo a su escuela en 2015, donde «Zoey», la niña, le pregunta por qué no regresamos a la luna; Aldrin responde, “Es lo que yo me pregunto. Es porque no fuimos y es lo que realmente sucede”. El video añade otra entrevista del 2000 en el talkshow de Conan O’Brien, se escucha a Aldrin decir, en respuesta a cuando Conan le comparte su emoción de niño al verlo por televisión, “No, no lo viste. No había cámaras de televisión ahí. Eran animaciones”.

A ese mensaje respondo, “gracias por la información, pero realmente no me interesa la verdad sobre si el hombre llegó o no a la luna. Lo que siempre me ha interesado es, primero, el peso ideológico que se la ha dado a “la conquista del espacio” en la época de la Guerra Fría y la capacidad de estimular la imaginación, la metáfora y fantasía que la luna ha despertado en el ser humano desde siempre”.

Con respecto a la Guerra Fría, la URSS empezó ganando esta “conquista del espacio”: puso el primer satélite a orbitar (Sputnik, 1957) y lanzó al primer ser vivo (la perra Laika, 1957) y al primer humano (Yuri Gagarin, 1961) a orbitar la Tierra. Algo tenía que hacer Estados Unidos. Con un montaje tipo Hollywood, algunas versiones atribuyen a Kubrick la responsabilidad de este engaño (2001, Odisea del espacio salió un año antes con extraordinarios efectos especiales), o por un logro real, Estados Unidos ganó esta carrera. Ese “triunfo” ideológico es solo un hecho, más que una verdad.  

Desde los mitos originarios que ligan a la luna con la fertilidad y su influencia en la tierra, hasta la novela de Verne (1865) o la película de Mellies (1902). Ni hablar de las miles de palabras –escritas u orales– en las que aparece como metáfora de luz, lazo que une en la distancia o como sinónimo de aspiración. La luna se ha tejido a lo largo de la historia con la emotividad de la humanidad. Así la caja de música que le regalé a mi hija y lo que la canción ya representa entre nosotros.

Particularmente para mi generación, la llegada del hombre a la luna representó una experiencia que cambió nuestra percepción y relación con la realidad.

Recuerdo que mi madre nos llamó esa noche de 1969 y nos reunió frente a la televisión diciéndonos, “lo que van a ver, podrán contárselo a sus nietos”. Entre un silencio de expectativa, sorpresa y misterio (la mala transmisión subrayaba las especulaciones de que los astronautas “desaparecieran” al dar el paso siguiente o que, con un corte de la transmisión, quedara en vilo por horas el resultado de esa “conquista”).

Una vez terminada la transmisión, ese niño de 8 años que era, movido por no sé qué impulso, salió al jardín y levantó la mirada hacia la luna. Todavía no sé qué es lo que quería ver o constatar.

Lo cierto es que esa noche cambió nuestra manera de ver, que la televisión había ya establecido esa mirada otra, distinta a lo que nuestros ojos desnudos ven y que reina a través lo que hoy se nos muestra a través de múltiples pantallas, sin importar ya si es verdad.

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Foto: Gonzalo Martinez Talavera | Pexels.


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