Por Sergio Castillo y Rocío Cárdenas Pacheco
Despedida a cuatro manos
“Los dos estamos idos de la mente,
desde que nos queremos,
desde que nos amamos.
Estamos casi locos de remate,
de tanto que nos vemos,
y nuestro amor nos damos. . .
Pasamos días y noches siempre juntos
Gritando pero fuerte, que nos queremos mucho.
La gente nos apunta con el dedo;
¡pero que nos importa!
Yo de eso nada escucho
Los dos estamos idos de la mente
¡Andamos como locos por el mundo perdidos!Cornelio Reyna – Idos de la mente
La muerte de Gerardo Rodríguez Canales, conocido como GEROCA, marca un antes y un después en la escena artística regional. La exposición “Mirón, Monero, Pintor” fue la única muestra que pude curar de GEROCA en vida, y también fue la última. En cierta forma, fue única. A través de ella, tuvimos la oportunidad de celebrar su talento, su sentido del humor y su visión crítica del mundo.
La muerte interrumpió abruptamente el diálogo que tenía con él como curadora. Pero déjenme decirles: nunca hablamos personalmente. Todo lo que realicé, fue a través de la red de sus afectos y viendo sus monos, sus pinturas, sus obras. Así que para seguir platicando con él, la imaginación me basta y me sobra. Porque los actos curatoriales también son ejercicios de creatividad y de amor, no sólo de investigación.
El artista vivía recluido en Saltillo, en una casa sencilla pero a menudo impenetrable. No obstante, su obra hablaba por él. Sus poliamorosos, perros callejeros y prostitutas en las cantinas, eran personajes que desbordaban vida, ternura y un humor que, aunque a veces ácido, nunca dejaba de ser cálido. Fue imposible no reír y divertirme al observarlos, al descubrir las historias que encerraban. Pero ante todo, GEROCA nos dejo mucho amor, amor loco, por todo aquello que es rechazado por la belleza canónica. Un amor de locos —como diría Cornelio Reyna. Ese amor tan tierno y sublime por todo lo desenfrenado, descabezado, subversivo y real.
GEROCA no solo era un artista, era también un compañero de viaje en mis propios años de juventud y adolescencia. Recuerdo cómo cada octubre encontraba su obra mal colgada en las paredes del Café Nuevo Brasil, en el centro de Monterrey. Era un ritual descubrir sus dibujos, algunos terminados con prisa, otros cuidadosamente elaborados. A veces lo veía de lejos, dibujando en una mesa, completamente absorto en su mundo.
Como curadores, rara vez hablamos de lo que implica esta labor. Es un trabajo complejo y retador, que demanda una enorme cantidad de energía cognitiva y emocional. Hay que estar atentos a los artistas, a sus obras, a sus ideas; antes, durante y después de que termina una exposición. Con GEROCA, esa atención fue un regalo y —a la vez— una responsabilidad que asumí con alegría.
Uno de los aspectos más fascinantes de GEROCA era su capacidad para mantenerse fiel a sí mismo, incluso cuando las circunstancias no eran fáciles. Su obra reflejaba esa honestidad brutal. Al curar su exposición, me enfrenté al desafío de transmitir esa autenticidad al público, de hacer que sus piezas hablaran por sí mismas. Fue un proceso lleno de aprendizajes, de momentos en los que sentí que él estaba ahí, guiándome.
Ahora que no está, me doy cuenta de cuánto lo seguiremos necesitando.
GEROCA no se ha ido del todo. Su presencia sigue aquí, acompañándonos, recordándonos que el arte tiene el poder de trascender el tiempo y el espacio, y que, en su esencia, la creatividad es inmortal.
GEROCA, donde quiera que estés, gracias por las risas, las lecciones y las historias. ¡Gracias por compartir tu mundo con nosotros! ¡Gracias por tu extraordinaria vida!
Rocío Cárdenas
(Monterrey, Nuevo León).

II.
Detrás de su aparente caos, accidente y desparpajo, en la obra de GEROCA hay origen y geometría. Debajo del naïf está el arquitecto, con un control absoluto de la perspectiva caprichosa, absurda, el color y la luz, sobre todo la luz.
Al mismo tiempo el humor, la ironía y la reflexión son inseparables al trazo. Ahí comienzan los garabatos a lápiz o pluma que luego se convierten en bocetos con tinta china y acuarelas, seguidos de la serigrafía, el grabado a punta seca y la litografía, para terminar en el óleo. Su método fue simple, tomar tres o cuatro cervezas en alguna de las cantinas que frecuentaba diario y observar: la cantina fue la mirilla del mundo. En el recuerdo de la plástica norestense, GEROCA, desde hace mucho tiempo camina de la mano de Federico Cantú, Julio Galán, Gerardo Cantú y Xavier Guerrero.
También fue un animal raro, de los que son escasos y geniales, como diría el artista visual Vinicio Fabila: «dentro de lo cotidiano y la sencillez, sintetiza y alcanza analogías muy profundas». En ese sentido, GEROCA, además, pertenece a la estirpe de Brueghel el viejo, de Brueghel el joven, de El Bosco y de Goya. Es un portavoz de la invisibilidad urbana con esencia y humor.
GEROCA soñaba o le gustaba pensar en que se convertiría en un gran artista post mortem, para no ser molestado, pienso. Pero no lo consiguió, porque se convirtió en un gran artista vivo y desde hace años.
GEROCA es tan universal que muchos, sin conocerlo en persona, se sienten identificados con sus sentimientos, sus ideas y su filosofía. Basta decir que hace algunos meses miembros del colectivo LGBTQ+ me buscaron para rendirle un homenaje y organizar una exposición con los temas que tanto abordó en sus óleos. Gerardo, igual que muchos de su generación, sufrieron la auto censura social. No es mi lugar hacer una apología, pero sí reivindicarlo: Gero, espero que encuentres un amor bonito o que un amor bonito te encuentre a ti, allá donde estás ahora.
Es nuestro deber ahora preservar y difundir su legado, los invito aquí a todos, a seguir ese camino. Yo me comprometo con ese propósito.
Sergio Castillo
(Saltillo, Coahuila)

- Agradecimientos especiales a la Familia Rodríguez Canales, a la Sra. Elvira Lozano de Todd y a Esther Leal.
- La exposición “Mirón, Monero, Pintor” se realizó en la Pinacoteca de Nuevo León gracias al apoyo del CONARTE Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León (marzo – diciembre 2024).
Imágenes cortesía de la Pinacoteca de Nuevo León | CONARTE.



