Por Joaquín Hurtado
Frente a mi ventana crece un árbol con frutos de impaciencia. Gorriones, dénme las notas ascendentes de su energía contenida, describan la factura de su vibración estática, canten la tensión de sus fibras más íntimas por algo que aún no llega.
Poetas, alarguen las torturadas ramas en la tensa querella que espera lo inaudito. El arte siempre alcanza su máximo esplendor cuando se convierte en preocupación vital para la punta del lápiz.
Y mientras llegan las primeras noticias de la mañana, entre gorjeos y saltitos, derrengados en el vacío, los pajarillos concentran círculos de tiempo vegetal en el cielo desnudo. Utilizan las hojas ya maduras en los canoros decretos contra la fealdad viviente de la desesperación.
Minutos que son ojos sobre la falsa lejanía, miradas portadoras de un latido apenas perceptible, extensión de la sed que no se apaga ni con el rocío en clave lacrimosa.
Trabajaré de más, lo prometo, en el reloj azul de una tristeza sin jadeos. Giraré hacia el sol remiso, en doloroso trance de amanecer. Así, en la línea del horizonte, renuncio a crecer como sombra de un día vacío.
Y en el silencio verde del sillón, en los cojines herencia de la abuela, los peces japoneses –Naranja, Lento, Blanco, Vago– navegan sin prisa por la trama. No rompen la superficie del tejido en los cojines, no alteran el rumor de la impaciencia: son sueños redondos, memorias de un estanque titilante bajo la luna feroz como ojo de lobo.
Su nadar es un círculo perfecto, un recordatorio de que toda ansia, toda hoja desesperada, son también, quizás, un orbe suspendido: eterno en su anhelar, eterno en su esperar aquí, en el almohadón de mi abuela con los peces del incendio inmóvil.
Hago la denuncia pertinente en el departamento de palabras sin eco, de acciones sin pupilas por lo tanto sin deseos; ausentes de toda prisa. Vivo perdido en sueños desamparados, donde la ceniza verbal se levanta y nubla la estatua de la esperanza. Persevero en recuperar el valor de la mente despejada. Que la escucha de las telas sea misericordiosa conmigo.
Los pálidos caballos en la vereda blanca balancean las colas llorosas, hacen buena la renuncia a proyectar mi sombra en la desolada estampa de un campo sin verdor.
Los pálidos caballos en la vereda helada galopan hacia ningún establo. Son el resuello del alba, congelados en el aire nuevo, fantasmas de jornadas y labores que comenzaron sin jinete. Los miro contentos desde mi angustia de gusanos. Su carrera es un verso que se agranda, una elipsis entre lo que se aleja y mi voz que les grita con garganta de yeso.
Mas he de decir –y éste es mi único conjuro– que tras los cristales empañados por este soplo, la geometría del mundo insiste en su diseño simple: allí está el árbol. El mismo árbol.
Aquel cuya copa ahora es un campamento de trinos, un tumulto de picos que hurgan en la corteza buscando la larva dorada que pudo sobrevivir al otoño. Cada gorjeo es una punta de aguja sonora cosiendo el velo roto de la mañana. Cada ala, una coma en el discurso del aire.
Pensar que apenas anoche dijiste «nadie puede vivir así», y hoy observas que la mente despejada no es un vacío sino este asombro paralelo. Tus oídos gozan de la capacidad de ver cómo los pájaros, en su frenesí matutino, tejen con sus plumas la textura momentánea donde cabe toda la ansiedad del mundo.
El árbol, como una verdad demasiado plena para soportarla de frente, y el polvo de ámbar líquido que orbita sin reposo la habitación, y cada pluma, y cada trino comienzan a vibrar en la frecuencia del rayo solitario que irrumpe en el pasmo estancado de los peces japoneses. Ya no son cosas separadas: son la respiración única de la luz. Son el temblor final antes de que el milagro se declare cotidiano.
Y yo, en mi renuncia a mover ni un solo dedo, encuentro la gracia: dejar que la imagen se lleve toda mi fuerza. Dejaré que la apertura en las cortinas exhiba la forma más alta de la permanencia: haberme entregado, por fin, al desvanecimiento que todas las cosas verdaderas eligen al morir de sí mismas para renacer en la mirada que ya no las sujeta.



