La ceremonia de Amón

Zorn es un alquimista, un mago con el saxofón, la batuta y la pluma. Los conciertos relacionados con él son ceremonias, porque aún si él no está presente quienes se relacionan con él también son alquimistas.

octubre 22, 2024

Por Rafael Zamudio

Hace poco más de cinco años conocí a John Zorn y hace unos tres que escucho muy poco que no haya sido compuesto, interpretado o editado por él o por alguien de su círculo íntimo. Zorn es un alquimista, un mago con el saxofón, la batuta y la pluma. Los conciertos relacionados con él son ceremonias, porque aún si él no está presente quienes se relacionan con él también son alquimistas.

En una cueva bajo el puente de Circuito Interior celebramos la ceremonia del Book of Angels 24: Amon, interpretado por Klezmerson. Digo «interpretado», porque la música del disco (o al menos las partituras originales) fue escrita por John Zorn y dada a Benjamín Schwartz, director artístico de la banda, para que la tocaran a su gusto. Pero lo que debería decir es «reescrito», pues si hay momentos en los que se siente el toque de Zorn en las canciones no es sin que dejen de sonar al sonido característico de Klezmerson. Y después de 24 discos del segundo libro de Masada esta mezcla del sonido Zorn con el de Klezmerson es quizá sólo equiparado al disco de Secret Chiefs 3. Entré con esto en la mente a la cueva de Bajocircuito, conociendo el disco de memoria, habiéndolo escuchado unas treinta veces en el último mes. Aunque ya había escuchado antes a Klezmerson, en la explanada de Bellas Artes (un concierto muy bello) quedaba oír si la experiencia en vivo sería tan grande como el disco.

Al principio hubo un problema con el audio. La flauta de María Emilia Martínez era invisible. Los bajos retumbaban. No podíamos entrar en la dimensión musical. Hubo una breve pausa de un minuto entre canciones. Llegamos al cuarto ángel, Yefefiah.

Del sintetizador brotó una serpiente. Cascabeles y saxofón. Se hizo la flauta, como el agua de la piedra con Moisés. Pero si Yefefiah es en un principio uno de los dadores de las leyes, es después un liberador. Al final de la pieza estalla el riachuelo y emana la libertad. El destructor del poder de los arcanos y los demonios. La ira divina, la destrucción creadora, el regocijo del fin. Quien entiende cómo mirarlo sabrá cómo oír, cómo ver, cómo saber.

Y cuando se hace la destrucción nacen escombros. El agua sigue su curso, hilándose con el viento de la viola y el cello. Rocas que se azotan unas con otras, llueve maná. Mashit, el destructor, da el paso a Sehibiel, guardián del segundo cielo. Con Zikiel llueven meteoritos, un cometa se acolumna y quienes lo sienten apuntan al cielo. La cola es de fuego, un saxofón recubierto en percusiones, trompetas y una marimba sintetizada.

A Kabshiel se le invoca para pedir la gracia y los favores divinos. El caído otorga en cascabeles. Serpentea entre teclas y cuerdas. El viento es percusión. Amabiel es el viento de los martes, la sexualidad humana. Una parte sigue siendo la serpiente, otra el desierto. En un movimiento paradójico se dilucida el trópico, la voluptuosidad del agua en los metales. La ceremonia concluye en una tormenta y, entre el aparente caos, la música permanece.

Los aplausos son certeros pero no suficientes. Podríamos quedarnos en el lugar. Caminar es la decisión adecuada. Hay un ritmo que gobierna las piernas y piden la noche, piden las luces. Afuera de la cueva la ciudad no sabe lo que ha sucedido. Mantiene su compás, indiferente. Pero hay otra serpiente, bajotierra, que espera a devorarnos. La música persiste. El concierto, me digo, fue tan grande como el disco.

*Texto publicado en 2015 en revistaposdata.com

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