Por Virginie Kastel Ornielli
Hace dos semanas vuelo a Madrid por primera vez, acompañada de Amélie Nothomb. Vivo mi estancia con los ojos prestados; más adelante en el viaje, el descubrimiento de mi origen dialoga con una de las líneas de fuga de su libro, ya que fue en el avión de regreso cuando recibo los resultados de mis análisis de ADN. Esta cadena de eventos, lugares y hechos es la manifestación singular de algo tangible.
La escritura de Amélie es una mezcla de humor y asinceramiento. Su ligereza es contagiosa. No hay grandes estados de ánimo, simplemente momentos de la vida. En esta historia de amor, que es el relato de una iniciación, ella no tiene el valor de separarse, simplemente huye. Aunque su escritura no es dramática, su sentido de la puesta en escena es particularmente hábil y cómico. Ni de Adán ni de Eva, traza paralelos con El amante de Marguerite Duras, en otro lugar, en otra circunstancia. Paralelos en el sorpresivo noviazgo, ahora, entre un japonés —primero su alumno— y ella misma.
La historia es el trasfondo para contar la gran admiración que Amélie siente por Japón, donde pasó los primeros cinco años de su vida, su ascenso al monte Fuji, sus anécdotas como extranjera en un mundo que la acoge y la rechaza, destino de muchos expatriados.
Cierro el libro por un momento. Hago cuentas de mis veinte años en México a dos mil pies sobre el océano Atlántico. Veinte años es mucha vida. Me asimilé sin nunca dejar de ser, a los ojos de los demás, la francesa. Soy otredad para quien mira. Me descubro posible y nunca sé realmente por qué para mí es necesario quedarme. Mi relación con este país implica también cierto grado de amnesia, y no veo llegar el momento en el que ya no sea posible irme. Recuerdo el momento en que ya no puedo retroceder. En México me termino de formar, hago una vida y atiendo mi infancia y sus heridas. En México, nunca dejo de ser una extranjera. ¿Por qué elegí este destino? Regreso al libro de Amélie y lo releo indefinidamente durante toda la semana. Madrid y las hojas amarillas de sus árboles contra la belleza de la primavera de Tokio. El Prado y Goya son mi monte Fuji.
¿Expatriada? En estos últimos veinte años, me he pensado como una exiliada. ¿Cuál es la diferencia entre uno y otro? Veamos las palabras: exiliado viene de exilium (el destierro), el exiliado sale bruscamente de su país, mientras que el expatriado simplemente deja su tierra, la patria, el “país natal”, palabra que deriva de pater, del padre. La frase correcta sería entonces la siguiente: mi exilio provocó mi expatriación casi definitiva.
Mi ADN no desmiente mi fuga, pero complica un poco su lectura. Mi información genética lo confirma: no tengo ninguna traza de mi patria en la sangre. Mi origen italiano domina ampliamente sobre los demás, con un aplastante 54%, principalmente del centro del país. De los 46% restantes, 35% es alemán; 1%, germano-ruso; 6%, inglés y del norte de Europa; y 1% del norte de África. Mis antepasados eran principalmente sedentarios, sus raíces tan largas como las de un roble explican ahora por qué el desarraigo ha sido particularmente doloroso. Expatriada. Ya lo era antes de nacer, Francia ya no puede invocar la palabra traición ante mi partida precipitada hacia Inglaterra a los dieciocho años. Veinticinco años después, la vida finalmente me da una respuesta y paso el vuelo de regreso desde Europa extasiada por mi nueva definición de mí misma.
Hija de mi madre, heredera de los dos idiomas que más amo, nieta de la Segunda Guerra Mundial y de las que la precedieron, las mismas que desarraigaron a mi familia de un lado y del otro, y cuya huida hacia adelante no fue el deseo de escapar de sus orígenes, sino el de reencontrarlos.



