Los olvidados del rock

La historia del rock suele ser caprichosa. Nos entrega versiones simplificadas, nombres que se quedan, rostros que resisten el paso del tiempo, mientras otros se van desdibujando hasta convertirse en notas al pie.

abril 23, 2026

Por Arturo Roti

Hace días, en una charla inesperadamente amena con un taxista que me llevaba rumbo a El Famoso Ahuizote Bar, la conversación tomó ese giro que solo la música sabe provocar. Entre semáforos y recuerdos, comenzamos a hablar de lo que él escuchaba, de sus bandas, de sus discos. Y en algún punto salió el nombre de Timothy B. Schmit. Me hablaba con entusiasmo de lo mucho que había aportado a Eagles, de sus discos, de su peso dentro de la historia del grupo.

Algo no me cuadró. No porque Timothy no tuviera méritos —los tiene, y de sobra—, sino porque mi memoria me llevó directo a otro nombre: Randy Meisner. El primer bajista. El que ayudó a construir el sonido desde cero. El de «Take It to the Limit», el de «Try and Love Again», el de esa voz aguda que sostenía el alma de una banda que aún no sabía que sería leyenda.

Le comenté que Timothy había entrado después, en la etapa final, y que su presencia en estudio se concentraba básicamente en The Long Run, además de su gran momento con «I Can’t Tell You Why». Se quedó en silencio unos segundos, sorprendido. Me dijo que siempre pensó que Timothy había estado ahí desde el principio. Que no conocía a Randy.

Y ahí, en ese trayecto cotidiano, entre calles y canciones, cayó la pregunta que da origen a esta columna: ¿a cuántos más les ha pasado lo mismo?

Porque la historia del rock, esa que repetimos casi de memoria, suele ser caprichosa. Nos entrega versiones simplificadas, nombres que se quedan, rostros que resisten el paso del tiempo, mientras otros —igual de importantes, a veces incluso fundamentales— se van desdibujando hasta convertirse en notas al pie.

Ahí está Peter Green, por ejemplo. Antes de que Fleetwood Mac se transformara en un fenómeno global de estadios y dramas sentimentales, fue una banda de blues puro, crudo, elegante. Y ese sonido tenía un arquitecto claro: Green. Fundador, guitarrista, compositor de piezas como «Black Magic Woman» o «Albatross». Pero basta mencionar a la banda hoy para que la mayoría piense en Buckingham, Nicks y Rumours, como si todo hubiera comenzado ahí.

O el caso de Brian Jones, quien no solo fundó a The Rolling Stones, sino que le dio forma en sus primeros años, explorando texturas, instrumentos y direcciones que luego serían parte del ADN del grupo. Sin embargo, con el paso del tiempo, su figura quedó eclipsada por la maquinaria imparable de Jagger y Richards, y para muchos, el rostro eterno en la guitarra parece ser Ronnie Wood, como si siempre hubiera estado ahí.

Y así podríamos seguir. Syd Barrett imaginó los primeros viajes de Pink Floyd antes de que la banda encontrara su identidad definitiva sin él. Pete Best estuvo sentado detrás de la batería de The Beatles justo antes de que el mundo explotara. Izzy Stradlin fue pieza clave en la composición del sonido de Guns N’ Roses, aunque el foco siempre terminó en Axl y Slash. Incluso dentro de una misma banda, como Pink Floyd, alguien como Richard Wright fue esencial en la atmósfera sonora… y aun así terminó relegado, casi como un invitado en su propia historia.

Y no, no son los únicos. La lista sigue creciendo conforme uno rasca un poco más en la memoria del rock. Ahí está Greg Lake, cuya voz marcó el debut de King Crimson, pero cuya huella suele diluirse entre las múltiples encarnaciones de la banda y la figura dominante de Fripp. O el caso de Mick Taylor, quien tomó la guitarra tras la salida de Brian Jones y antes de la llegada de Ronnie Wood, aportando una de las etapas más finas y musicales de The Rolling Stones, y aun así quedando atrapado en ese limbo incómodo de la historia: demasiado importante para ser ignorado, pero no lo suficiente para ser recordado por todos.

Y como ellos, hay muchísimos más.

Nombres que no encabezaron carteles eternos, que no permanecieron el tiempo suficiente o que simplemente no coincidieron con el momento exacto en que la fama se volvió masiva. Músicos que construyeron cimientos, que dejaron líneas imborrables en canciones que seguimos escuchando, pero que el paso del tiempo fue empujando hacia los márgenes.

No se trata de restar mérito a quienes sí permanecieron. El rock también es resistencia, permanencia, evolución. Pero hay algo profundamente injusto —y al mismo tiempo fascinante— en la forma en que la memoria colectiva decide a quién recordar y a quién dejar en segundo plano.

A veces es el carisma. A veces es la duración. A veces, simplemente, es el momento exacto en que la fama golpea. Porque no es lo mismo construir la casa que estar dentro cuando llegan las visitas.

Y sin embargo, esos nombres siguen ahí. En los créditos que pocos leen. En las canciones que todos cantan sin saber quién las sostuvo desde adentro. En historias como la de aquel taxista, que sin saberlo, me recordó que el rock no solo está hecho de leyendas… sino también de olvidos.

De esos olvidos que, cuando se redescubren, suenan igual de poderosos que la primera vez.

Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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