Modos de exhibir. Una afirmación de la ideología cultural tradicional

Afrontar el reto de proponer otro modo de exhibir no es fácil. Ante lo multidimensional y multimedial, muchos intentos han caído en el fracaso y han quedado en buenas intenciones.

abril 7, 2025

Por Eduardo Ramírez

Para vivir, es necesario traicionar a los fantasmas.

Gaston Bachelard, La llama de una vela

Siempre hay que agradecer que en espacios tradicionales y desde personajes que han construido su discurso a través de una visión conservadora y a favor de lo institucional (aún llamándose “críticos”), propongan nuevas maneras de ver y de exhibir la producción cultural del estado.

A partir del surgimiento de los medios de reproducción de la imagen (grabado, fotografía, televisión) la narrativa del arte ha sufrido cuestionamientos y cambios. Warburg, Benjamin, Malraux, Berger ya han hablado suficiente sobre sus consecuencias.

Además, el concepto de exhibición desde el establecimiento del museo público/republicano en palacios reales, fijó también desde su emplazamiento, una narrativa lineal/canónica de la historia del arte que, a partir de finales del s. XX ha buscado establecer alternativas basadas en la intertextualidad o la confrontación que cuestionan la linealidad cronológica.

Por eso, es de agradecer la propuesta de la exposición Crepúsculos que duran un instante. 200 años de artes visuales de y poesía en Nuevo León, que se presenta en la Pinacoteca de Nuevo León a partir de octubre de 2024, dentro de la conmemoración de los 200 años que Nuevo León fue nombrado “Estado libre y soberano de la República Mexicana”.

Aprovechando la coyuntura para revisar/reposicionar el valor cultural desde la administración de la reciente Secretaría de Cultura, se editó un libro (por iniciativa y cuidado de la editorial Tilde) y se realizó esta exposición.

Afrontar el reto de proponer otro modo de exhibir no es fácil. Ante lo multidimensional y multimedial, muchos intentos han caído en el fracaso y han quedado en buenas intenciones.

Este es el caso de esta exposición.

De inicio se plantea ampliar a “artes visuales”, pero todavía restringiéndose al arte tradicional (pintura, escultura y fotografía). Suma la poesía, sin justificar suficientemente esta decisión que resulta excluyente de otras manifestaciones importantes del periodo que pretende abarcar (teatro, cine, diseño, incluso).

Estas decisiones podrían justificarse por lo limitado del espacio del que se dispuso para plantear el discurso. Sin embargo, el mayor problema de esta manera de exhibir la producción de Nuevo León reside en cuestiones conceptuales.

Por un lado, se arriesgan a romper la exhibición lineal de pinturas a través de imágenes sucesivas, proponiendo un diálogo más de montaje cinematográfico, que acerca a la pintura, fotos y documentos para generar otro tipo de asociaciones “iconográficas”.

Pero, por otro lado, nunca abandonan el discurso expositivo tradicional cronológico, a través de las salas, década por década.

Cuando recurren al discurso de contextualización histórica (a cargo de Alan Hernández García), otra vez caen en el discurso oficial –poco crítico– de la producción cultural, a estas alturas ingenuo, incluso, sin contradicciones y siempre favorecido tanto por los corporativos privados como a las instituciones públicas como “benefactoras” prístinas, del surgimiento de la cultura en el estado.

Con respecto a la inclusión de la literatura –poesía en particular– aparecen también ciertas contradicciones. Algunos de los objetos que se exhiben (los cuadernos de Poesía en el mundo o revistas fundacionales como Katharsis, Apolodionis o Caligrama), representan y se evidencian por su valor documental como origen de su aportación en el momento y circunstancia en que surgieron a través de una cédula que así lo explica.

Pero hay dos fallos, sobre los suplementos que surgieron a final de los ochenta y los noventa, solo una cédula habla de ello, pero no se muestra ningún ejemplar (aquí se cae la idea de investigación archivística que en la rueda de prensa se defiende).

Eso sería lo de menos. Lo importante, tanto de estos suplementos como de algunas revistas literarias, es que se convirtieron en el escenario de un diálogo entre las artes visuales y la poesía. Muchos productores plásticos ilustraron esas revistas y suplementos. Cuestión que nunca se muestra en esta exposición.

Oportunidad perdida para justificar por qué se ponen a dialogar estos distintos géneros culturales.

Además, lo que en las primeras salas se muestra como documento y se apoya con fichas explicativas; en la sala acristalada, los libros de poesía editados, por su falta de ficha y por su encapsulamiento, se objetualizan de tal modo que daría igual solo presentar la foto de sus portadas.

No se da acceso a su contenido, incluso se clausuran ediciones recientes, que dado que todavía están en circulación, perfectamente podrían abrir su acceso a la lectura (ya que no son documentos de archivo, sino objetos culturales “vivos”. Pero se optó por mostrar solo como un catálogo de edición de poesía reciente.   

En resumen, en esta exposición, más allá de los límites espaciales, se evidencias sus límites ideológicos.

Se pretende innovar en la manera de exhibir los objetos culturales, pero las limitaciones ideológicas, terminan por limitar estas pretensiones.

Como si, después de los noventa, no hubiera habido otros aparatos teóricos y conceptuales para entender lo que en ese mismo momento ocurría en otras partes del mundo con el uso de la cultura a favor del capital.

Tal parece que después de 200 años, debemos esperar algunos más para interpretar justa y críticamente nuestros productos culturales. Una vez más dejamos pasar esta oportunidad.

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.


Foto: CONARTE Nuevo León.

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