Querida Qwerty

¿Cuál es el rito de paso, de madurez intelectual para estas generaciones?, ¿la habilidad para producir contenidos, postear y navegar en las redes?

julio 28, 2025

Por Eduardo Ramírez

Más que otros sistemas de escritura, el alfabético completamente fonético, favorece la actividad del hemisferio izquierdo en el cerebro y así que, por motivos neurofisiológicos, propicia el pensamiento abstracto y analítico.

Walter J. Ong

08/03/25. Esta es una carta de amor.

Se llamaba Constanza. Yo estaba en mi primer año de secundaria y ella estaba terminando la prepa.

Cuando nos encontrábamos, aún llevaba a veces su uniforme del colegio (falda a cuadros en rojo, verde y negro tipo escocés, blusa blanca de manga corta, chaleco y medias verdes).

Para desarrollar la sensibilidad de mi tacto y ubicar el delicado digitar de mis dedos en su espacio sensible, con un tenue velo disminuía la capacidad de mi vista.

Lo que me enseñó, todavía lo aprovecho y agradezco.

Constanza fue mi maestra de Mecanografía.

Desde entonces, cada que enfrento un teclado experimento esa ansiedad de la ceguera y ese placer de mi tacto dándole sentido a la materia inerte de una máquina.

Para mi generación escribir a máquina era un rito de paso que elevaba la escritura al rango de madurez de un pensamiento que se formaliza, se socializa, al mismo tiempo que adquiere velocidad.

¿Cuál es el rito de paso, de madurez intelectual para estas generaciones?, ¿la habilidad para producir contenidos, postear y navegar en las redes?

Cada que enfrento un teclado, enfrento una suma de tecnologías de la escritura.

Esas pocas decenas de teclas implican, primero, el avance milenario de la escritura alfabética.

Con menos de 30 signos se pueden escribir todas las palabras existentes, y por existir, en cualquier idioma. Aprender estos signos es más fácil que aprender los de la escritura ideográfica o silábica, por lo que la producción de la escritura se democratiza.

La coincidencia entre fonética y signo de la escritura alfabética facilita el pensamiento especulativo y abstracto, como lo plantea Walter J. Ong.

Mi experiencia de escribir –ese encuentro entre el teclado, el pensamiento y la hoja en blanco–, comenzó con una Olivetti portátil (Lettera 22).

En época de exámenes y entregas finales, mi compañero de cuarto en la casa de estudiantes, al verme enfrentando a la máquina de escribir antes de empezar un trabajo final, un día me preguntó, ¿de dónde sacas tus trabajos? Yo le contesté, señalando mi cabeza, “de aquí”.  Como estudiante de Ingeniería, él tenía tablas y fórmulas en su escritorio; yo, estudiante de Letras, solo estaba con el libro leído en turno, frente a la hoja en blanco.

Una de las responsabilidades de mi primer trabajo era hacerme cargo del periódico institucional de una universidad (escribir las notas y el editorial, transcribir las entrevistas, incluso hacer el diseño editorial). Afortunadamente en ese periodo contaba con la sensibilidad y rapidez del teclado de una máquina eléctrica.

Pronto cambié la máquina de escribir por el procesador de palabras.

La digitalización de la escritura contribuyó a desmaterializar muchos procesos. Ya no existen las teclas mecánicas y la hoja de papel se convirtió en una superficie de luz en la que la escritura se traza con sombras. “La página blanca da el derecho a soñar”, dice Bachelard.

Si bien el sistema qwerty surgió como una solución mecánica para que los cabezales no se trabaran, este ordenamiento del teclado se ha mantenido en los dispositivos digitales (computadoras, tabletas y smartphones) donde este problema material ya no existe.

¿Qué perdemos cuando en vez de escribir directamente frente al teclado, solo hacemos preguntas a la IA para que ella nos “organice las ideas”?

Termino con dos objetos –simbólicos para mí– relacionados con el teclado.

La máquina eléctrica IBM Selectric salida al mercado en los sesenta sustituye los cabezales o martillos percutores a manera de piano, por una esfera de letras y signos. Una esfera que al elevarse y rotar es capaz de escribir cualquier palabra, mensaje, libro.

Perseguí ese objeto durante años hasta que, en un viaje a San Miguel, caminando con mis hijos hacia el mirador, pasamos frente a un taller de reparación de máquinas de escribir. Les pedí hacer una pausa, le pregunté al encargado si tenía ese objeto. Después de 10 minutos regresó con él y me lo vendió. Ahora lo tengo entre mi inventario de objetos simbólicos como manifestación universal de esa esfera cuyo “centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”.

El otro objeto simbólico es una granada de mano que en su superficie tiene un teclado. Después de solo ser solo una imagen inquietante, dapperrouge la diseñó y volvió real. Le llamó pineapple keyboard. Es perfectamente funcional.

Esta mezcla de dos instrumentos representa –para mí– esa capacidad crítica de la escritura y la publicación. Ese ejercicio que he tratado de frecuentar desde hace años de manera pública. He pensado que esa imagen podría ser la portada de una ilusoria recopilación de mis textos, bajo el título, Tomar los símbolos por asalto.

Insisto, esto es una carta de amor.

Mi amor a los sistemas de escritura que convergen en el teclado.

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Foto: CARYN MORGAN | Pexels.

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