Por Antonio Ramos Revillas
“Este libro que fue editado el año pasado por Posdata es uno que tiene un humor sutil en el cual evidentemente no han reparado algunos críticos que no entendieron el libro porque es imposible que no se hayan dado cuenta de que muchos de los textos aquí reunidos dialogaban con la ironía y sobre todo con la tradición porque en su prosa lo que no se dice tiene tanto como peso como lo que se dice. Con Ni siquiera es un trabajo pero alguien tiene que hacerlo su autor alcanzó la madurez y es imposible que deje indiferente al lector porque trata de la condición humana, es decir, del ensayista en este caso. Y lo trata con un estilo eficaz en el que además celebro su contención, su sintaxis singular, su ejercicio de la autocrítica. No le sobra ni le falta carne, está tal cual debe ser porque crea el mundo de una generación, el mundo de una teoría sobre el ensayo que, ¡ay! Pobre quien no lo entienda porque, aunque una cosa es lo que se haya escrito y otra la que usted, el lector entendió, estamos ante el mejor escritor de su generación”.
Este texto es, por supuesto, una broma, pero lo terrible es que suele repetirse con menor o mayor grado en muchas de las reseñas y críticas de libros que se publican en nuestro país. Que levante la mano quien no haya utilizado estas frases o al menos pensado algunas al momento de redactar un texto. Confieso que la alocución de “el estilo eficaz” siempre viene a mi mente cuando me encuentro en un bloqueo ante la página escrita. Si puedes escribir de un libro que tiene un estilo eficaz ya estás del otro lado.
Hace días conversaba con un lector que respeto mucho sobre uno de los textos que vienen en este libro, “Fiebre de un sábado por la noche”, publicado originalmente en la página web Hermano cerdo, sobre cómo las posibilidades del ensayo contemporáneo nos recuerdan que podemos entrar a él desde todos los géneros posibles: desde la crónica de una tarde en la expo del sexo que hace años causó conmoción en la ciudad de México, era fácil encontrar los anuncios del evento en todos los vagones del metro, desde la reseña, en el texto de “Me acuerdo, no me acuerdo”, desde la autobiografía precoz en el artículo “La vida breve de Eduardo Huchín Sosa”, en el relato o cuento en “El ensayista que no quería citar y otras historias” o en la franca antropología noventera de Stree fighter, vida comunitaria” y finalmente la entrevista en el texto “Pensar adelgaza”.
Lo que Eduardo Huchin nos presenta es una serie de textos donde dialoga con la ciudad y con la vida literaria, desmenuza con sarcasmo, que siempre tiene una dosis de verdad, el mundo de los poetas, de los ensayistas, la siempre divertida pero criticable vida literaria y luego cambia el ritmo para hablar de libros, aunque más adelante o atrás del texto juzgue con cierta ironía el lugar común de que todo ensayista debe hablar sobre libros.
En estos textos Huchín siempre está a prueba, va y viene entre el mundo imaginario, lo cotidiano y lo familiar mientras disecciona la realidad en la que fácilmente podemos encontrar tres apartados: La crónica social en los textos “Fiebre de un sábado por la noche”, “Risas grabadas” y “Cómo corear canciones de pixies que nunca has escuchado”, sobre el ensayo y lo literario: en “Me acuerdo, no me acuerdo”, “El ensayista que no quería citar y otras historias”, “Para entender a los críticos”, “El ensayo en la práctica” y finalmente la vida, la propia condición humana narrada no lo sé si desde la ficción, pero sí con mucha empatía en “Hacia el primer libro”, “La vida breve de Eduardo Huchín”,” Un gran chico” y “Lo más cercano a un taller literario”.
Y sin embargo, aún con estos tres segmentos bien claros, en cada uno de los ensayos se, válgame la redundancia, se ensayan muchos temas: la soledad del espectador contemporáneo, el azar en el ejercicio literario, la noción de la paternidad, la construcción del lector de la que rescato la frase: “A nadie le interesa lo que nos cambia un libro. Leer es una hazaña íntima”:, temas enlazados con la música, el porno, la crítica a los críticos, el humor, no del que hablé al principio de este texto, sino el humor que proviene de descubrir lo ridículo que existe en la condición humana, en la suma de contradicciones que, con cierto halo de esperanza nos vuelven sumamente hilarantes como lo es el texto de Sonrisas grabadas en la que el autor acompaña a un comediante en ciernes del que nos evita contar sus desatinos aunque nos prepara el escenario para que lo imaginemos.
“El ensayo, hay que decirlo, es un género sin heroísmo. En tu currículo nunca aparecerán las amenazas de muerte porque en cuestión de oficios la amenaza de muerte es lo que separa al escritor de ensayos del periodista. Nadie pide seguridad para un escritor de ensayos porque hasta ahora no conozco a un ensayista que viva con el temor de que un ancla le caiga a mitad de una conferencia. No hay peligro, sino apenas miedo de perder algunas cosas prescindibles, como las becas, los amigos o las oportunidades de asistir a más encuentros.”, dice Huchín, a quien mis dedos gordos en la computadora me obligan varias a veces a escribir Huchón y luego he de borrar y reescribir, en “El ensayo como práctica.”
No sé si el ensayo es un género sin heroísmo, pero sí me parece que en cada uno de los textos que Eduardo ha escrito en este libro ronda un ancla sobre nuestras cabezas por cada lector se arriesga con lo que lee, cada lector reconstruye nuevos caminos, urbanidades si se quiere pensar así ante las palabras de los otros. Es el argumento del otro, la conversación con el otro donde está la cultura, según dice Gabriel Zaid, aunque no dice que a veces esa conversación sólo produce espuma. No es el caso de este libro que tiene la cualidad de nombrar verdades, de aclarar silogismos, de darle cierto cuerpo a enigmas que nos rondan. Se ensaya, se escribe, se piensa, se vuelve a escribir, se vuelve a ensayar. Huchín siempre tiene un ancla en las páginas para golpearnos con ella. La vida es cómica como buscar excitarse en un congreso de porno, como creer que cuando uno viaja a los encuentros en realidad viaja, como pretender sacar a una chica de una fiesta con alberca para que vaya a una presentación del libro un sábado por la tarde; pero de todas estas acciones se construye una verdad heroica aunque tenga risas grabadas, de que incluso nuestros actos más pedestres están cargados de un argumento que tal vez nadie quiera pensar, pero que alguien tiene que hacerlo.
*Texto escrito para la presentación del libro Ni siquiera es un trabajo pero alguien tiene que hacerlo, de Eduardo Huchín Sosa, en Monterrey (Posdata Editores | INBA, 2014)
Imagen: Canal 22.



