Por Arturo Roti
Jeff Lynne terminó tocando junto a George Harrison. Terminó fundando los Traveling Wilburys con Dylan, con Orbison, con Tom Petty. Terminó siendo, para efectos prácticos, ELO: la voz, la producción, el nombre que uno dice sin pensar cuando alguien pregunta quién hizo «Mr. Blue Sky». Es una carrera hermosa, y la conoce todo el mundo.
El hombre que fundó la banda que hizo posible todo eso nunca subió a ese escenario.
Se llama Roy Wood, y en 1970 ya era una leyenda menor en Birmingham, aunque de esas leyendas que solo se reconocen puertas adentro del gremio. Había fundado The Move a los dieciocho años, prácticamente con la banda entera saliendo de sus propias manos: escribió casi todos los éxitos del grupo antes de cumplir veinte, cinco canciones en el top 5 británico, una en el número uno con «Blackberry Way». Le decían el Mago, el Wizard, por la cantidad de instrumentos que sabía tocar y por lo raro que sonaba todo lo que tocaba. En esa banda, en la batería, ya estaba Bev Bevan, otro músico de Birmingham que se quedaría pegado a la historia de Wood por años. Cuando The Move seguía de gira y Wood decidió que quería mezclar rock con orquesta clásica, simplemente sin pedir permiso: reclutó a Jeff Lynne —otro chico de Birmingham, más joven, todavía sin currículum— porque quiso tenerlo cerca, no porque necesitara su idea. Con Bevan ya adentro y Lynne recién sumado, los tres montaron el proyecto paralelo que terminaría siendo Electric Light Orchestra.
La escena fundacional cabe en un párrafo, y por eso me gusta contarla así, seca: estaban en el estudio, grabando una pista que iba a terminar en un disco de The Move, cuando Wood tomó un chelo chino barato y empezó a improvisar capas de cuerda encima. La canción se llamó «10538 Overture». Lynne quería dejarla en el disco. Wood la vetó. Dijo, más o menos, esto no es The Move, esto es otra cosa. Esa otra cosa se llamó Electric Light Orchestra, y nació como casi todo lo bueno: por terquedad de uno solo.
Duró con la banda apenas un disco y una gira torpe por Italia, donde las cuerdas ni siquiera se alcanzaban a escuchar en vivo sobre el ruido de la sala. Hay dos versiones de por qué se fue, y las dos importan. Lynne diría después que no podían trabajar juntos, que era como tener dos jefes. Wood, que hablaba poco y explicaba menos, culpó siempre al representante, Don Arden, y a las tensiones de management que se comieron el proyecto por dentro. Cualquiera que sea la versión correcta, el resultado fue el mismo: Wood se fue justo antes de que ELO se convirtiera en la maquinaria que todos recuerdan.
Formó Wizzard con lo que le quedó de ambición: dos bateristas, dos saxofonistas, un batallón de cuerdas, un debut nada menos que en Wembley. Tuvo un par de números uno reales —»See My Baby Jive», «Angel Fingers»— y después, sin proponérselo, escribió la canción por la que hoy lo conoce más gente que por cualquier otra cosa que hizo: un villancico. «I Wish It Could Be Christmas Everyday» suena cada diciembre en la radio inglesa desde 1973, y es probablemente la ironía más filosa de toda esta historia. El hombre que quiso construir una sinfonía de rock terminó siendo, para el público masivo, el señor del villancico.
Después de eso, poco a poco, se fue apagando la luz pública. Sus discos de los setenta y ochenta no repitieron nada parecido al éxito temprano. Se mudó a Derbyshire, lejos de Londres, lejos de los reflectores, y se volvió uno de esos músicos activos pero esquivos: seguía grabando, seguía tocando de vez en cuando en el Reino Unido, pero prácticamente dejó de dar entrevistas o de corregir en público la historia que ya se estaba escribiendo sin él. En 1986 tocó junto a Robert Plant en un concierto benéfico de músicos de Birmingham. En 1987 tocó guitarra con Rick Wakeman. En 2008, la Universidad de Derby le dio un doctorado honoris causa, que es el tipo de reconocimiento que llega cuando ya nadie está pidiendo autógrafos.
Adentro del gremio sí lo recuerdan. Robin Zander, el cantante de Cheap Trick, ha dicho que The Move fue una de las razones por las que formó su banda, y alguna vez cantó de memoria un tema de ELO diciendo que sería la mejor pista de un disco tributo que nadie ha hecho todavía. Pero eso se queda entre músicos, en camerinos, en entrevistas que casi nadie lee.
Lynne se convirtió en superproductor, en Wilbury, en la voz oficial de ELO para las próximas generaciones. Wood, en una nota al pie que uno encuentra solo si tiene la curiosidad de preguntar quién estaba ahí antes de que empezara todo.
El rock recuerda a quien se queda, no a quien empieza.



