Domesticación y la afectividad

¿Puede hablar el productor artístico sin que sea despojado, domesticado de su capacidad crítica, su creatividad, para volverlas críticas al sistema hegemónico?

julio 11, 2026

Por Eduardo Ramírez

El potlatch es, de manera específica, la destrucción suntuaria de las riquezas, operada con el fin de humillar, de desafiar y de obligar a un rival. El donante adquiere un poder de anonadamiento del que el potlatch es la prueba suntuaria.

Da la riqueza, pero es para poseer al que la recibe. El potlatch es el juego del orgullo, del desafío y de la rivalidad suntuaria; es la afirmación de un valor que no tiene nada que ver con el interés comercial.

Georges Bataille

9/06/26. Me invitan a revisar el portafolio de un productor artístico a punto de graduarse. La asesoría no duró más de 30 minutos. La sesión con varios agentes del medio se extendió por más de cuatro horas. Hablamos más sobre las particularidades del medio artístico.

Llama mi atención los términos con que los jóvenes productores se refieren al medio del arte. Percibo cierta idealización de una época de la que oyeron: los así llamados, espacios independientes. Todavía los añoran como una forma de legitimación/visibilización/trampolín, y ahora, esta utopía, los arroja al extravío que, por educación hace que —como náufragos de distintas empresas con deseo de conquista—, solo se saluden cordialmente cuando se cruzan en la resaca de las playas de una isla desierta.

Creo que por esta idealización, la charla —más que en términos gremiales, de técnica y habilidades que definen un mercado— se decanta hacia términos afectivos, imprecisos, fuera de su alcance: pertenencia, aceptación, rechazo o inclusión. Ajenos a descifrar las claves para ser incluidos en su campo. Tal vez por eso cada sujeto se significa como signo performático, como personaje.

¿De dónde viene —quién define/decide— que la inclusión al campo del arte sea a través de variables vagas, afectivas?

Lo que en otras profesiones solo requiere una licencia, el título o la cédula profesional, en el medio artístico no es suficiente. Supera incluso, la escasez del mercado ocupacional que afecta a todas las profesiones en época de crisis (priorizar los rendimientos hacia empresas basados en el subempleo y su precarización).

En el medio artístico el subempleo es la norma desde hace décadas, como si fuera inherente a esta práctica.

Lo que caracteriza la producción cultural es que al asumir que su valor reside en esta individualidad, se institucionaliza una estrategia depredadora: aislar de la manada para cazar a los vulnerables y capitalizar su valor.

Las dudas de estos jóvenes estudiantes no son, ¿por qué vías accedemos al mercado, en qué empresas podemos dejar nuestros CV, a qué asociaciones de profesionistas podemos inscribirnos?; sino ¿a quién debemos conocer, a qué eventos debemos asistir, de qué grupos no deben excluirnos para poder ejercer nuestra profesión y así remunerar nuestro trabajo?

Una de las formas a través de las que la creación simbólica del productor artístico se domestica, se controla, es a través de mantenerla individualizada. El estatuto del productor se mantiene “congelado” en el artista romántico del siglo XIX. Esta atomización/individualización, provoca por un lado la pauperización de su trabajo y una necesidad imperante de pertenecer por cualquier vía a una comunidad que lo arrope, lo reconozca y lo identifique aunque se unifique en valores ajenos a sus principios “originales”.

Dice Féliz Azúa en su Diccionario de las Artes en su entrada sobre el artista: “Tendemos a pensar en el artista como alguien autónomo, independiente, libre, genial. Una especie de self-made man. Este error, frecuente y dañino, conduce al desastre a miles de jóvenes bien intencionados que creen poder ser tanto más artistas cuanto más autónomos, independientes, libres y geniales. De resultas de este patinazo una notable cantidad de gente pintoresca es incapaz de hacer aparecer ante el público absolutamente nada que no sea ella misma. Pero la contemplación de alguien libre y genial que dice ser libre y genial es suficiente como obra de arte y una lata como obra de caridad.”

A nivel económico, lo precariza porque lo hace trabajar solo, para sí mismo, sin opción a sindicarse, conformar comunidad que defienda sus derechos y necesidades básicas como sujeto legal de derechos.

Por la parte de formar comunidad, se le ofrecen afectividades interesadas. Unas que a cambio de la rendición total a intereses de cierto grupo (de poder, dominio, jerarquía), pide renunciar a sus naturales vindicaciones de clase/género/raza.

Todas esas que lo harían consciente de sus marginaciones, desigualdades que lo conforman. Con esa apariencia de pertenencia afectiva interesada, los engañan al gozar —aunque sea por momentos—, de los privilegios de los que están aislados/despojados de manera falsa, efímera, amañada.

Ese sometimiento anula su capacidad crítica, contrahegemónica. Pertenece desactivada y convertida en comparsa ridícula.

Otra manera de asimilar a los productores simbólicos es a través de las industrias creativas.

Las comunidades, estudios, asociaciones construidas por los productores creativos (diseñadores, arquitectos) se dan no desde esa ingenuidad, desde esa necesidad/orfandad, sino desde una aparente paridad, horizontalidad, consciencia de clase, de intereses, objetivos. Perteneciendo ya al sistema de privilegios (por capital social, estudios en común, viajes hechos, gustos adquiridos, “sensibilidad”, discurso) es fácil establecer una consciencia gremial.

Esas colaboraciones funcionan incluso con la intención de producir diseños con “conciencia social”. Ésta es como una especie de donación que no priva a sus productores y patrocinantes de sus privilegios como “donantes”.

No los cuestiona. Es un “sobrante” (la consciencia social como potlatch) de su capital que nada equilibra, redistribuye; que no los “distrae” de la construcción y el sostenimiento de sus privilegios. Actúa más como un corporativismo del poder.

Cohesiona su poder entre más colaboran. La lealtad a sus privilegios compartidos, también desactiva su capacidad crítica. 

¿El productor artístico es el ser sacrificial para que este modelo de poder hegemónico se cimiente, crezca y se mantenga?

¿Esta es la forma en que el productor artístico pertenece a una comunidad jerárquica, siendo el sujeto enaltecido porque pertenece al grupo que será sacrificado?

Incluso se le dan vías/herramientas, no críticas, para que muestre sus desacuerdos: vías de victimización que nada resuelven, que los convierten en plañideras pagadas de su propio funeral como un espectáculo redituable para otros.

¿Puede hablar el productor artístico sin que sea despojado, domesticado de su capacidad crítica, su creatividad, para volverlas críticas al sistema hegemónico?

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.


Foto: Yusuf Çelik | Pexels.

Compartir:

Usamos cookies para mejorar tu experiencia y personalizar contenido. Al continuar, aceptas su uso. Más detalles en nuestra Política de Cookies.