Por Arturo Roti
Hay canciones que entran por el oído y otras que entran por la nuca, como un golpe seco que te deja pensando. «Sunday Bloody Sunday» entró por la nuca.
La vi por primera vez en el programa de RG en TV aquí en Monterrey: U2 en vivo desde Red Rocks, ese anfiteatro tallado entre montañas en Colorado, con Bono ondeando una bandera blanca entre la neblina y la lluvia teñida de rojo por las luces. No entendía nada del contexto —¿qué domingo?, ¿qué sangre?— pero el título se me quedó atorado como astilla. Había algo en esas cuatro palabras que sonaban más a nota roja que a rock, y eso, para un adolescente regio hambriento de misterios, era irresistible.

La curiosidad no se apaga sola. Me fui a buscar en las revistas de la época —esas que llegaban tarde, con fotos granuladas y textos que había que descifrar casi a pulso— hasta que di con la fecha exacta: 30 de enero de 1972, Derry, Irlanda del Norte. Ahí entendí que el título no era una metáfora. Fue una masacre real, y desde entonces no pude dejar de investigar. Siempre fui así, esa alma rebelde que nunca se conforma con la superficie.

Lo que pasó ese domingo
Derry llevaba años como polvorín. Un año antes, el gobierno de Stormont había impuesto el internamiento sin juicio contra sospechosos de pertenecer al IRA —casi todos católicos—, y esa medida había prendido la mecha de disturbios que ya habían dejado más de veinte muertos en tres días, incluida otra masacre del mismo regimiento paracaidista en Belfast meses antes.
Ese 30 de enero, quince mil personas se reunieron en el barrio de Creggan para marchar contra el internamiento, convocadas por la Asociación por los Derechos Civiles de Irlanda del Norte. Hacía frío pero el cielo estaba despejado, y el ambiente —cuentan quienes ahí estuvieron— era casi festivo: familias completas caminando juntas, vecinos que se sumaban nomás por saludar a un amigo. Nadie esperaba lo que venía.
El ejército había levantado veintiséis barreras numeradas para impedir que la marcha llegara al centro de la ciudad. Cuando los manifestantes se toparon con esos muros de alambre y concreto, la mayoría se desvió hacia Free Derry Corner, esa esquina donde una pinta en la pared anunciaba que uno entraba a «territorio libre». Un grupo más joven se quedó atrás, aventando piedras a los soldados apostados en una de las barreras. El ejército respondió con gas y balas de goma.
Y entonces entraron los paracaidistas.
En cuestión de minutos cayeron trece hombres, la mayoría adolescentes y veinteañeros, todos desarmados, todos católicos. Un catorceavo moriría meses después por las heridas. Varios recibieron el disparo por la espalda, huyendo. Otros cayeron tratando de auxiliar a los heridos. Dos manifestantes fueron atropellados por vehículos militares.
La primera investigación oficial, encabezada por lord Widgery apenas meses después, exoneró prácticamente a los soldados —un blanqueo tan descarado que tardó casi cuarenta años en corregirse. No fue sino hasta 2010, con el informe Saville —la investigación más larga y cara en la historia legal británica—, que se estableció lo que las familias de Derry ya sabían desde el primer minuto: ninguna de las víctimas representaba amenaza alguna.
Ese domingo no cerró una herida, la abrió más. Alimentó al IRA durante dos décadas de conflicto y retrasó cualquier posibilidad de paz por más de veinte años.
Una canción que nació de una pelea y una luna de miel
Mientras yo todavía no sabía ni el nombre completo de la banda, en 1982 Bono andaba de luna de miel con Ali Hewson en Jamaica, en una casa que le prestó Chris Blackwell, el dueño de Island Records. Se llama GoldenEye (la misma finca que perteneció a Ian Fleming, el creador de James Bond), y ahí Bono se empapó de reggae sin buscarlo —esa melodía ascendente que después escuchamos en el coro de «Sunday Bloody Sunday» nació de esos días, sin que él lo planeara.
Mientras tanto, en Dublín, The Edge se había quedado solo con la tarea de empezar a componer el siguiente disco. Tuvo un día espantoso —una pelea con su novia, dudas sobre si de verdad servía para esto de escribir canciones— y en medio de ese mal humor salió el riff que hoy conocemos, seco, filoso, casi nervioso. Cuando Bono regresó de su luna de miel, tomó ese esqueleto y reescribió la letra, afilando el mensaje político que The Edge apenas había esbozado.

El tambor —ese redoble marcial que abre el tema como si fueran soldados marchando a la batalla— casi no existe. El productor Steve Lillywhite insistía con Larry Mullen Jr. en usar click track, y Mullen se resistía con todo. Lo que lo hizo cambiar de opinión fue una plática con Andy Newmark, el baterista de Sly & the Family Stone, que usaba click track religiosamente. De ahí nació el gancho de toda la canción: ese tatuaje militar que Bono describiría años después en su libro Surrender diciendo que todos los instrumentos sirven para el amor, pero solo uno es esencial para la guerra: el tambor.
Y el violín, ese detalle que le da el alma irlandesa al arreglo, llegó casi de milagro: un violinista local, Steve Wickham, se le acercó a The Edge una mañana en una parada de camión y le preguntó, sin más, si necesitaban violín para el disco nuevo. Medio día de grabación después, esa parte se volvió el toque final de la canción.
Lo que dice —y lo que no dice— la letra
Aquí viene algo que pocos saben, ni siquiera los que se saben la canción de memoria: el título hace referencia a dos «domingos sangrientos», no uno. El primero fue una insurrección armada organizada por republicanos irlandeses en Dublín, entre el 24 y el 29 de abril de 1916 . El segundo es el de Derry, el de 1972, el que golpeó a Bono cuando tenía apenas once años. La canción se apoya sobre todo en este segundo, pero el título deja la puerta abierta a leerla como un lamento sobre cualquier domingo manchado de sangre en la historia de Irlanda.
Lo que más me marcó cuando empecé a hilar todo esto de joven fue descubrir que la banda sabía perfectamente el terreno minado que pisaba. Algunos versos originales de The Edge condenaban explícitamente a los rebeldes violentos, pero se sacaron de la versión final para proteger a la banda —el tema ya era peligroso tal cual, capaz de ganarse enemigos de los dos bandos del conflicto. Larry Mullen lo explicó sin rodeos: la canción no es sobre «aquella vez que mataron a trece católicos». Es la manera más fuerte de preguntar cuánto tiempo más hay que aguantar la muerte diaria por puro odio, sin importar de qué lado del conflicto viene.
Y el cierre de la canción, casi como una plegaria: un llamado a los irlandeses para dejar de matarse entre ellos y reclamar la victoria que Jesús ya había ganado.
«Esta no es una canción rebelde»
Desde los shows de Red Rocks en 1983 —esos que yo vería después en la tele sin entender nada— Bono empezó a presentar el tema con una frase que se volvió casi un ritual: this is not a rebel song. Necesitaba dejar clarísimo que no era un himno a la revolución, porque parte del público irlandés-americano la escuchaba exactamente al revés, como una glorificación de la lucha armada.
El momento más pesado de toda la historia en vivo de la canción pasó el 8 de noviembre de 1987, en el McNichols Arena de Denver, grabando lo que sería Rattle and Hum. Esa misma tarde, el IRA Provisional había detonado una bomba en Enniskillen durante una ceremonia de conmemoración, matando a once personas. Esa noche U2 tocó una de las versiones más furiosas de su carrera, y Bono soltó un discurso encendido contra los irlandeses-americanos que llevaban décadas sin pisar su país hablando de la gloria de morir por la revolución. Fue tan intenso que la banda dejó la canción fuera del repertorio por un tiempo —sabían que jamás iban a repetir esa emoción.
Lo que queda
«Sunday Bloody Sunday» abre War, el disco de 1983 que sacó a U2 de ser esa banda en la que nadie apostaba su dinero. Se ha tocado en vivo más de seiscientas veces, y junto con «New Year’s Day» y «Pride (In the Name of Love)» construyó la reputación de la banda como la conciencia política del rock ochentero —el ADN que los acompañaría el resto de su carrera.
Yo todavía no sabía nada de esto cuando vi por primera vez esa bandera blanca ondeando entre la niebla roja de Colorado. Solo sabía que el título me dolía de una forma que no podía explicar. Con los años entendí que esa fue la primera vez que una canción me enseñó historia antes que cualquier libro de texto —y quizás ahí empezó, sin que yo lo supiera, esta costumbre mía de no conformarme nunca con la superficie de una canción.



