Por Daniel Espartaco Sánchez
The rest is silence
MARLOWE
Cuando he sido jurado de un premio, una beca, dictaminador editorial o me acerco como lector desinteresado a una obra contemporánea, lo primero que me salta las alarmas acerca de un manuscrito o una novela publicada es el epígrafe (o los epígrafes). La primera señal de que algo podría estar mal o de que podría ir bien. Y con epígrafe me refiero a la segunda acepción del diccionario; es decir: «cita o sentencia que suele ponerse a la cabeza de una obra científica o literaria o de cada uno de sus capítulos o divisiones de otra clase»; y no la primera, que suele ser un resumen del capítulo o de la obra (una especie de brief), una bonita tradición que se ha perdido por completo. Ya se sabe, aquel nostálgico «en donde el protagonista…» de las novelas de los siglos XIX, XVIII o XVII. Salvo que alguien se quiera hacer el chistoso, ya nadie lo usa.
Lo segundo que me llama la atención son las dedicatorias o agradecimientos (soy de los que leen hasta el colofón). ¿Por qué? En primer lugar, porque esas cosas están ahí para que alguien las lea, especialmente el epígrafe, que muchas veces es un guiño del autor al lector. Una especie de wink, wink. Algo así como: «verás, ignorante lector, mi Bildungsroman dialoga directamente con las Confesiones de Rousseau o «soy tan culto que dialoga directamente con los Padres de Capadocia (wink, wink)». Ya desde el epígrafe podemos saber si el autor, generalmente muy joven, es un pedante o un ingenuo, cosas que casi siempre van de la mano.
Siempre he tenido la sensación de que Herman Melville consideraba que la caza de la ballena no era un tema lo suficientemente importante como para tratarlo en una novela. ¿Será por eso que el relato de Moby Dick viene precedido de un par de recursos extraliterarios, una etimología suministrada por el «difunto Bedel tísico de una escuela secundaria (léase, una escuela secundaria cualquiera)» en donde se cita a Richard Hakluyt, el diccionario Webster y el Richardson? Ya van tres epígrafes que dan paso a otra sección llamada «Extractos», suministrada por un bibliotecario, un «laborioso hurón», que contiene «cuanta alusión pudo encontrar de las ballenas en cualquier tomo, sagrado o profano». Dos personajes de ficción detrás de los cuales, imagino, Melville ocultó su pedantería: 86 epígrafes disfrazados en total si no me equivoco al contarlos. Yo lo siento por Herman, todo el mundo se salta esas partes. Mejor vayamos directamente a la caza de las ballenas. O como dice un Hemingway imaginado por Philip Roth en La gran novela americana: «600 páginas de ballenas más 100 páginas de lo buenos que son los negros con el arpón». Por cierto, a quien tampoco le bastó con un sólo epígrafe fue a Stendhal: cada capítulo del Rojo y negro comienza con un epígrafe que dialoga (wink, wink) con el contenido del mismo, de los cuales yo no me acuerdo de ninguno.
Sin embargo, siento que el epígrafe como recurso extraliterario es algo que ha dejado de tener mucho sentido hoy en día. Se ha convertido, por lo mismo, en una convención, un caprichito con el que se regala a sí mismo un autor autocomplaciente, lo que me ha hecho preguntarme más de una vez si es necesario poner un epígrafe al principio de cada obra. ¿Y qué pasaría si no?, ¿se vendría el mundo abajo?: pues absolutamente nada. Yo mismo he cometido la impudicia de poner un epígrafe en cada uno de los libelos que he publicado, lo confieso, pero YA NUNCA MÁS.
Si hay algo que me parece aburrido son los epígrafes. De verdad, querido autor, no me interesa si tu novelita de narcos dialoga directamente con Filón de Alejandría, Marsilio Ficino o el Talmud de Babilonia. Eso no va hacer tu libro más grandioso ni más malo. ¿Y hay algo peor que un epígrafe? Sí, demasiados epígrafes. De verdad, autor, qué quieres demostrarme. Ese infame acto detona el nivel siete de mi alarma antipedantería. Muchas veces he abandonado un libro tan sólo porque trae más de un epígrafe. Me predispone desde el principio, y si el primer párrafo tiene una coma entre el sujeto y el verbo ya puedes darte por muerto, amigo. No me interesa si eres la reencarnación de Thomas Mann.
Existen vicios aún más tristes, como un epígrafe de Mariana Enriquez o de Roberto Bolaño, o de un escritor de «terror» que nadie conoce, o de tu amigo el poeta que tiene un puesto en la Secretaría de Cultura. O de otro amigo tuyo, igual de insignificante: «te cito para que tú me cites»(wink, wink). No falta el epígrafe del capo cultural de tu florido ejido (wink, wink). O poner una canción completa al inicio de tu novela, como ya lo hacía José Agustín. Poco me importa si te gusta esa oscura banda new wave nepalí que sólo grabó un disco allá en los años ochenta o la Banda Machos o los Tucanes de Tijuana ni tu playlist de Spotify en general. Lo demás es silencio.
Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.
Imagen: Deborah Achem | Pexels.



