Por Daniel Espartaco Sánchez
Robert Allen Zimmerman, mejor conocido como Bob Dylan (Timothée Chalamet) es un joven mitómano con serios problemas de tabaquismo (estimo que se fuma como tres cajetillas de cigarrillos durante los 141 minutos de la película) que llega a un sanatorio para conocer al legendario cantante y compositor de música folk, Woody Guthrie (Scoot McNairy), quien padece seriamente las consecuencias de la horrible enfermedad de Huntington. Y es ahí donde Dylan también conoce a otro legendario músico, el neurótico, pasivo agresivo y sobrecaracterizado Pete Seeger, interpretado por un Edward Norton pidiendo a gritos otra nominación al Oscar. Y ahí, frente a Guthrie y Seeger, Bob Dylan interpreta «Song to Woody», que aparecerá en su primer disco homónimo y que a su vez es una adaptación a un tema de Guthrie titulado «1913 Massacre».
Tanto Guthrie como Seeger fueron cantantes de protesta muy comprometidos con las causas sociales. El primero militó activamente en los Industrial Workers of the World y el segundo brevemente en el Partido Comunista, pero es recordado por diferentes causas, entre ellas la oposición a la guerra de Vietnam; en cambio, Dylan es un muchachito nihilista con cara de perdulario que durante las próximas dos horas se esforzará por demostrarnos que todo le importa un carajo, menos él mismo, porque es un genio, ¡un genio!, y los genios son así. Lo que me encanta de este género cinematográfico, al que llaman biopic, es que se vale de mentir descaradamente con tal de lograr el sueño de la ficción, pues no se necesita ser un erudito en la materia como para saber que Dylan y Seeger no se conocieron así, como tampoco Dylan y John H. Hammond (David Alan Basche) se conocieron en una presentación del primero. Y así con un montón de cosas que no vale la pena intentar mencionar. Pero bueno, tomamos aire una vez más y aceptamos el pacto con la ficción que nos presenta James Mangold, director y coguionista de A Complete Unknown, que, dato curioso, también fue director y coguionista del biopic de Johnny Cash Walk the Line (2007). Hay un sello de la casa.
Según cuentan, el filme está basado en el libro Dylan goes electric! de Elijah Wald, y de esto se trata precisamente: el ascenso de Dylan en el circuito folk hasta alcanzar el grado de estrella de rock, cuando decidió utilizar instrumentos eléctricos en el Newport Folk Festival, un episodio archiconocido que, si tuviste la mala suerte de crecer en los años noventa, los amigos marihuanos de tus padres te contaban una y otra vez. Y toda la película está pensada para llegar a ese momento: desde un diálogo en la segunda escena entre Dylan y Seeger sobre el rocanrol, cuya sola mención les hace hacer gestos a los seguidores de la música folk, una panda de hípsters enfurecidos (como los mexicanos cuando les mencionas Emilia Pérez) que abuchean al impasible Dylan en el mencionado festival. Vemos dos horas de Dylan haciéndose el incomprendido con sus fans, que demandan de él una y otra vez que les cante esa de «los tiempos están cambiando» y la de «señor de la pandereta, toca una canción para mí». Y por eso, ¡porque es un genio!, fuma en todas partes sin pedir permiso, se porta como un patán con las mujeres, hace desplantes en las fiestas, conduce su moto como loco, se pone unas cogorzas de miedo (y en ese estado va a buscar mujeres para decirles que nadie lo comprende), o peor, usa lentes oscuros en la noche y, presumiblemente, tampoco se baña. Y por supuesto, el filme omite decirnos que, al ser el circuito folk muy limitado —apenas un nichito de hípsters entusiastas y vegetarianos— se gana más dinero con el rock, aunque no es esa la razón por la que Dylan decide tocar instrumentos eléctricos, sino porque es un genio y nadie lo comprende y está aburrido. El biopic según Mangold no es más que una rama de la hagiografía, aunque con el de Cash se cargó más la mano con el bueno de Johnny.
Y en su viaje al estrellato, el público recibe por lo que pagó: la escena folk de Greenwich Village, las tras bambalinas del Newport Folk Festival, del programa de Seeger en la PBS, una salpicada de la crisis de los misiles en Cuba por aquí, el asesinato de Kennedy por allá, la lucha por los derechos civiles, las canciones de Dylan, por supuesto, su conflictivo romance con la pedante de Joan Baez (Monica Barbaro), su relación con Sylvie Russo (la sufrida Elle Fanning), Johnny Cash (Boyd Holbrook) poniéndose cogorzas de miedo, etcétera, etcétera… nada que los amigos marihuanos de tus padres no te hayan contado allá en los tristes años noventa, cuando aún no se afianzaba el Internet y ellos eran el Internet. Y en cierta manera, uno logra entrar en el sueño de la ficción: basta decir que el resultado es más convincente y menos tedioso que I’m Not There (2007); que los pucheritos de Timothée Chalamet resultan más soportables que el Dylan de Cate Blanchett (y en general, que Cate Blanchett); que la dirección de casting tomó decisiones acertadas, incluso Edward Norton; que la recreación de los escenarios es vívida, uno parece estar ahí, en ese sucio departamento bohemio del Village donde Dylan en calzones escribía sus canciones en papelitos, mientras Sylvie Russo hacía café, y los oscuros antros donde comenzó toda una generación de compositores y cantantes que de vez en cuando volvemos a escuchar y que alguna vez —cuando éramos más jóvenes y optimistas y la vida no nos había apaleado— hasta nos inspiraron (la Bola en la Ingle no pudo evitar ponerse nostálgica cuando recordó a su mamá escuchando a Joan Baez). El resultado final logra meternos en ese universo falso y manipulado de Mangold muy a conveniencia de la taquilla. Tanto el Bob Dylan joven, como Baez, Seeger, Guthrie, Cash son ya personajes míticos al igual que Highway 61 Revisited, Greenwich Village y el Newport Folk Festival, porque es sólo cine, nada más.
¿Vale la pena verla? Sí, y luego le llamas a tu exnovia y le pides que te perdone porque en realidad eras un genio incomprendido.



