Por Marcel del Castillo
Cuando Wim Wenders responde a los periodistas en la rueda de prensa del Festival de Cine de Berlín 2026: «Las películas pueden cambiar al mundo, pero no en el sentido político; ninguna película ha cambiado la opinión de ningún político… pero podemos cambiar la idea que tiene la gente de cómo tiene que vivir… Y en este planeta existe una gran discrepancia entre las personas que quieren vivir sus vidas y los gobiernos que tienen otras ideas, así que creo que las películas entran en esa discrepancia, con suerte»1, nos enuncia rápidamente las densas capas de las que se compone un discurso político que hace vida tras las denuncias y la visibilidad desde el arte.
Desde mediados del siglo XX hasta nuestros días, la imagen que denuncia y hace visible está condicionada por el espectáculo, sometiéndola al simple papel de herramienta de difusión y entretenimiento. Es en ese mismo territorio donde el arte, y especialmente el cine, se debate. Usar las plataformas del medio artístico para enarbolar discursos políticos corre el riesgo de convertirse en una pantomima poco graciosa y mucho menos efectiva.
Este año, el Festival de Cine de Berlín, así como otros eventos relacionados con el arte, han sido tensionados y cuestionados por no tomar postura sobre algunos eventos específicos de la actualidad global. Y, por otro lado, vemos esos mismos eventos donde los artistas maniobran consignas, cual reunión político-ideológica de un partido político se tratara. ¿Por qué esos extremos? ¿Por qué exigirle a un festival de cine o de música, en su presentación y programación, que se convierta en una tarima de discursos contra todo lo que está mal en el mundo? ¿Está el arte para gritar lo evidente? ¿Es una película la herramienta para denunciar problemas sociales?
Estas preguntas, tan anacrónicas como actuales, son cruciales en nuestros días, porque lo que en un tiempo urgía de visibilidad, hoy esa misma, lo destruye, lo opaca, tiene la potencia de frivolizarlo. A mi modo de ver, el concepto de visibilidad —uno de los más presentes en el arte y el documentalismo contemporáneo— está en desuso; ha perdido efectividad y calidad de golpe. Si buscamos Gaza en el buscador de TikTok, nos aparecerán millones de imágenes sobre la guerra y su capacidad destructiva de todo lo humano. Pero ¿a cuántos agita?, ¿a cuántos conmueve?, ¿a cuántos invita a movilizarse? ¿La excesiva exposición de la guerra logra algún efecto transformador en la sociedad? ¿Provoca cambios en las directrices de quienes ostentan el poder?
Me adelanto a responder que posiblemente el efecto de esas imágenes en la sociedad es mínimo y se reduce a «likes» en una población cada vez más espectacularizada (Debord dixit). Pero, además, esa visibilidad conduce a la saturación que agota la mirada y normaliza los fenómenos, debido a su estética visual, que a veces es difícil distinguir del material de algún influencer o de una publicidad. Es decir, una homogenización que no genera contraste, que no hiere, que, en definitiva, pierde el poder de afectarnos.
Insisto, esto no es nuevo, sino ampliado. Ya a finales del siglo XX, las portadas de los periódicos reservadas para las fotografías más impactantes y desoladoras estaban en decadencia: ya no conmovían, ya no generaban zozobra o expectación. De ahí que cada vez se exigiera mayor crudeza: fotografías más sórdidas, más pornográficas, como las de nuestro tiempo, que ya tampoco generan reacciones.
En ese sentido, lo mismo pasa con las plataformas discursivas del arte: convertirlas en escenarios de expresión evidentemente política las rebaja a portada de periódico de finales del siglo XX; es decir, a un impacto minimizado de un día, hasta convertirse en periódico de ayer, inútil y poco trascendente.
La música o el cine tienen la potencia extrema de llegar a afectarnos gracias a sus capacidades sensibles y simbólicas, no por lo explícito ni por los discursos en un micrófono en una entrega de premios.
«Buscando América»2, aquella canción de salsa escrita y cantada por Rubén Blades en los tempranos años ochenta del siglo pasado, tiene mucho más poder que todos los discursos y «tweets» juntos de Rubén a lo largo de todos estos años. La música se queda adentro, retumba en nuestras cavidades por años; el tuit o el discurso de un premio se diluye en 24 horas.
Lo mismo podríamos decir de la película Buena Vista Social Club 3 de Wim Wenders como una radiografía de la lucha de sistemas políticos y sus respectivas incoherencias, que marca una pulsión sensible a través de la profunda historia de unos músicos cubanos cuyo sueño es Nueva York. Es agresivamente más invasiva, sensiblemente, que un posible discurso de Wenders en la rueda de prensa de un festival.
Y es ahí donde aparece la lucha de nuestro tiempo: entre lo visible de las pantallas y lo visible que se agita dentro del pensamiento y lo sensible; entre la exigencia mediática de un discurso alado y vociferado, y una reflexión que puede llegar a las raíces y construir sentidos que emocionen, que agiten sensibilidades que sí puedan producir acciones que generen cambios a lo largo de los años.
Creo que esto también lo podemos evidenciar en las contradicciones propias del cine. A la par de esta declaración de Wenders, los medios se crisparon porque la productora Ewa Puszczynska afirmó que «el cine no es político»4, y al mismo tiempo el productor y director mexicano Carlos Hernández Vázquez nos dice: «Yo creo que el cine en general es un acto político»5. Esto, que parece una gran contradicción, sí lo es. Pues una de las tramas del arte es la contradicción. En este caso diría más bien que se manifiesta un problema para distinguir el papel y la presencia de lo político en nuestras vidas, y me recuerda aquella pregunta de Hannah Arendt: «¿Tiene, pues, la política algún sentido?»6
Como mencionaba, estas discusiones actuales sobre la necesidad de declarar a favor o en contra de algo son un síntoma de la batalla de nuestro tiempo, tan diferente a la del siglo pasado, donde la lucha por la visibilidad y la denuncia era una urgencia impostergable. La de nuestro tiempo, es la de recuperar la sensibilidad, y eso requiere revisar cómo se ejecuta la política entre nosotros. Arendt justifica su pregunta sobre el sentido de la política entendiendo que la sociedad está siempre a un paso de su aniquilación, y la política es el contenedor de resistencia frente a la violenta destrucción del ser humano, irónica e inevitablemente provocada por la misma política.7
De esta densa idea sólo atino a pensar que la práctica y el ejercicio de lo político desde el arte, si usan los mismos métodos de la política —gritando, alardeando desde plataformas e imágenes espectacularizadas—, sus intenciones se desvanecen y pasan inadvertidas, o se reducen a simple entretenimiento. Y que, posiblemente, la estrategia en el arte sea desde la oscuridad: una política de la oscuridad, porque esta implica profundidad, un estudio de conciencia y la agitación de intersticios sociales y humanos por donde la sociedad, en su conjunto, pueda reconciliarse y evitar su destrucción.
Marcel del Castillo es artista, curador y docente. Vive y trabaja en Monterrey. Sus prácticas artísticas son espacios de especulación y juego entre documento y ficción. En la actualidad su trabajo se ha enfocado en la representación de las vinculaciones culturales al agua en México.
Referencias
- 1FRANCE 24 Español. (2026, febrero 25). Wim Wenders en la Berlinale: “Las películas pueden cambiar el mundo” [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=yShVH2dLmrg
- Blades, R. (1984). Buscando América [Canción]. En Buscando América. Fania Records.
- Wenders, W. (Director). (1999). Buena Vista Social Club [Película]. Road Movies Filmproduktion
- Spanish Revolution. (2024). Berlinale y la coherencia [Video]. Facebook. https://www.facebook.com/watch/?v=1635029397690474
- Instituto Mexicano de Cinematografía. (2024). Entrevistas a Carlos Hernández Vázquez, productor y director; Jessica Villamil @jessica_villamil_ cinefotógrafa y Karla Garrido @karlagarridomx, actriz. [Video]. Facebook. https://www.facebook.com/reel/1245852377514063
- y 7 Arendt, H. (1997). ¿Qué es la política? ( Rosa Sala Carbó Trad.). Paidós. Barcelona,.
Foto: CLEMENS BILAN / EFE



