Por Marcel del Castillo
Durante el mes de enero de 2025 el Gobierno de México, a través de su Secretaría de Cultura, ha dispuesto una serie de diálogos nacionales convocando a creadores, artistas, investigadores, gestores y agentes culturales a participar en las Mesas de consulta hacia el Programa Sectorial de Cultura.1
Un esfuerzo por reunir las voces de los agentes culturales para revisar, modular o crear políticas públicas que apunten hacia el fomento a la lectura, derechos de autor, patrimonio, circuitos culturales, migración, apoyo a la creación, economía cultural, cine, medios públicos, investigación y educación. Este es un amplio panorama de conceptos que ciertamente requieren una revisión periódica, pero especialmente, una confrontación dialéctica entre funcionarios, gestores y creadores.
En la ciudad de Monterrey se dieron presencialmente algunos de esos encuentros, en los que pudimos participar y levantar propuestas para el sector. De varias problematizaciones planteadas para generar nuevas políticas, voy a sustraer una como ejercicio, pues permite acercarnos a las conflictividades que se esconden bajo los fondos económicos y el sistema de apoyos a la creación otorgados por el estado mexicano.
El valor del arte
Uno de los puntos más frecuentes durante la reunión tuvo que ver con la precisión del lenguaje al momento de hablar del dinero que el estado surte a la investigación y la producción artística: ¿Beca, apoyo o estímulo?
Más allá de la lingüística, es un asunto epistemológico. Antes de verbalizar o materializar el arte y el cómo se fondean sus procesos y producción, parece necesario recuperar las discusiones sobre el impacto que tiene en el conocimiento, la cultura o la historia, pero especialmente en la sociedad contemporánea. También es relevante apartarlo momentáneamente de los radicalismos ideológicos.
Pero vamos a ubicar esta conversación, no en el pensamiento de Platón, Eco o Canclini, sino desde las teorías de un territorio, en principio, opuesto al arte: La teoría económica.
El foro económico mundial en 2020 hizo públicas sus predicciones para la sociedad laboral del futuro. Y las concretó en 10 habilidades necesarias para el Homo laborans del siglo XXI: pensamiento analítico e innovación; nuevas formas de aprender y aprendizaje constante; resolver problemas complejos, pensamiento crítico, creatividad e iniciativa; liderazgo e influencia social, uso y control de la tecnología; programación, razonamiento, resiliencia, flexibilidad y tolerancia al estrés.
De estas características, por lo menos la mitad corresponden a procesos íntimamente artísticos. Lo que en términos prácticos nos manifiesta que el arte ha superado su valor estético y decorativo y se ha insertado en la trama económica. Esto, por supuesto, hay que tomarlo con pinzas, pues puede ser un boomerang que termine por atentar contra el arte mismo, al convertirlo en un generador de conocimiento utilitario en función del capital solamente. Sin embargo, es una clara evidencia de hasta dónde penetra en nuestra sociedad.
Otro lugar donde el arte afecta con contundencia a la colectividad, es como catalizador de la ciencias físicas y sociales. El trabajo reciente de artistas como Ursula Biemann, que teje robustas tramas entre la biología, la ecología y la antropología, para remezclar conocimientos vernáculos con tecnologías actuales; o Jan Hendrix, cuyo acercamiento a la botánica permite expandir, imaginar y proyectar su fragilidad e importancia para el ser humano, son puntuales ejemplos de intersecciones disciplinarias. Ambos han dedicado años de investigación en temas densos y profundos para crear dispositivos artísticos que permiten socializar y redimensionar conceptos, que de otra manera, sólo entenderían científicos especializados.
De todas las potencias que el arte le aporta al mundo, me quedo con lo que más me entusiasma, que es su capacidad para generar un conocimiento sensible, capaz no solo de expandir ideas y conceptos sino de proponer nuevas mezclas, fusiones, así como su arriesgada hibridación con otras corrientes del pensamiento. Por otro lado, esta sensibilidad permite que el conocimiento sea una amalgama social que aporta empatía, tolerancia y una mirada crítica sobre los contextos individuales y colectivos.
De alguna manera es el arte uno de los factores que movilizan a la sociedad a enfrentar sus nuevos tiempos y retos, que por constantes, no pierden importancia. Algo así como la salud de los pueblos en el campo de la medicina. En los diálogos con la Secretaría de Cultura, emergió el tema del artista como servidor público, igualándolo con la práctica de la medicina. ¿Es esto posible?
Esta determinación conceptual sobre la importancia de la práctica artística es la que presiona a la lingüística en el caso de los fondos económicos que el estado invierte en este ramo: ¿Beca, apoyo o estímulo?
Específicamente la palabra beca significa una subvención para realizar algo2, sea estudio o investigación, en este caso un proyecto artístico. Pero hablar de subvención, según la RAE, es una ayuda económica, para realizar algo de interés general 3. Es decir, que el concepto de «Beca en el Arte» le otorga el reconocimiento de que es una disciplina de interés público y que funciona como ayuda.
Por otro lado, la palabra apoyo, nos habla de una protección, de un auxilio o favor 4. ¿El Estado le hace un favor al arte? Otros significados son: cimiento, base o sostén. En este sentido, hablamos de una responsabilidad del Estado de crear las bases para el desarrollo artístico o de proyectos. ¿Esto le corresponde sólo al Estado?
Ahora bien, la palabra estímulo, según la RAE, es un agente que desencadena una reacción funcional en un organismo.5 Esta definición se acerca más a las características del arte. Un sistema de estímulos del Estado para que la práctica artística explote y detone dinámicas sociales, económicas, culturales y políticas. En este sentido, el Estado pasa de ser un actor paternalista y protector a ser un impulsor activo de una disciplina que tiene la capacidad de afectar a todas las corrientes de la sociedad.
Y entendiéndolo de esta forma, el dinero que se destina al arte ya no sería un gasto público, sino una inversión con profundas oportunidades para expandir y desarrollar un país. Una inversión que necesita crecer y considerarse parte fundamental del presupuesto de la nación.
Referencias:
1 https://pnc2025-2030.cultura.gob.mx/
2345 RAE
Kate Whiting, 2020, Estas son las 10 principales habilidades laborales del futuro Nuevo León frente al reto de la economía circular con una gestión estratégica de residuos, Blog World economic forum https://es.weforum.org/stories/2020/10/estas-son-las-10-principales-habilidades-laborales-del-futuro-y-el-tiempo-que-lleva-aprenderlas/
Imagen: Gobierno de México.



