Drop: una amenaza anónima ya vista muchas veces

Me da la impresión de que escribir películas es casi como un juego de rol en donde los personajes son intercambiables, y alguien, el llamado 'amo del calabozo', es decir, el que decide los acontecimientos, carece totalmente de creatividad.

abril 18, 2025

Por Daniel Espartaco Sánchez

Si la cola del supermercado era muy larga y lenta, no temía alcanzar cualquier material de lectura a la mano, junto a la caja, entre las baterías AA, las papas fritas y chocolates, justo al lado del letrero que decía que ‘no hojeara’ las revistas: la pésima Arqueología Mexicana a la que todo chairo enhuipilado debe estar suscrito, o National Geographic —según Televisa— alguna historieta, incluso Notitas Musicales. Pero la que más me gustaba era la revista Jazmín de Harlequin, en formato digest e impresa en papel barato. Era muy frustrante escuchar de pronto el poco amigable «siguiente» de la cajera, justo cuando Serena y el doctor Whitehouse estaban por tener su primera cita. Serena era una rubia que acababa de separarse de su abusivo novio, de renunciar a su trabajo aburrido en la ciudad y mudarse al campo a la cabaña que había sido de su abuela, y el doctor Whitehouse había sufrido mucho por culpa de una mujer infiel —nos decía la narradora— pero cargaba todo el peso del sufrimiento con sus hermosos bíceps bronceados, músculos que se marcaban a través de su impoluta camisa blanca, mientras cambiaba el neumático de Serena. Era veterinario, amaba a los animales, tenía unos hermosos ojos azules y una mirada triste, circunspecta, y miedo de volver a enamorarse. Todo lo que una mujer podía desear. «Ejem, el siguiente», bramaba la cajera (no hay mejor verbo citativo para este caso), y se rompía en mis narices aquello que John Gardner llamaba «el sueño de la ficción»: aquel amigable pueblecito de Nueva Inglaterra y la idílica veterinaria donde el doctor le tomaba la temperatura a Trinity, la basset hound de Serena; en cambio, serían 10 pesos por mi miserable lata de atún, lo único que tendría para cenar esa noche, solo, frente a la computadora, viendo como todos publicaban muchos libros y ganaban muchas becas y premios, menos yo. También te encontrabas Jazmín en la peluquería, pero nunca me he hecho un corte que dure más de veinte minutos, y me lo corto una vez al año, por eso nunca supe qué pasaba al final de todas esas revistas de mi juventud. ¿Cómo superarían sus diferencias Serena y el doctor Whitehead, ese simpático pelirrojo en apariencia desafecto? «Listo», me decía la peluquera, que además me gustaba, pero yo no me atrevía a pedirle una cita, justo como el tierno y vulnerable doctor Whitehead pero sin brazos musculosos y con pocas perspectivas profesionales. En fin, que siempre admiré a estas escritoras o escritores fantasma bajo nombres tan genéricos como Katherine McKellar o Susan Lang. ¿O era Katherine Lang y Susan McKellar? Desconozco si todavía existe la revista Jazmín, o si todavía existe Harlequin Books, fundada en Winnipeg, Canadá, allá en los años cuarenta, pero sospecho que su legado no ha dejado de existir, no después de haber visto Drop: amenaza anónima, de la productora Blumhouse, famosa por éxitos como M3GAN, Paranormal Activity, The Black Phone, The Purge, The Invisible Man, y Five Nights at Freddy’s. Ya se sabe, algo tiene el sello de la casa.

            Me da la impresión de que escribir películas es casi como un juego de rol en donde los personajes son intercambiables, y alguien, el llamado ‘amo del calabozo’, es decir, el que decide los acontecimientos, carece totalmente de creatividad. Con justa razón se fueron los guionistas de cine a huelga, pues en verdad esta clase de historias las puede escribir una computadora, desde la trama hasta los diálogos chistosos al estilo de «nadie se muere por un trago» o «qué tal estuvo tu cita». Y la ventaja de las computadoras es que nunca se equivocan, pero los humanos sí, y dejan toda clase de cabos sueltos que harían llorar a un escritor de la talla de un Ben Hecht.

            Se llega a esta conclusión cuando intentas describir a los personajes de Drop, que me recordaron sospechosamente a los de esas revistas Jazmín de la caja del supermercado. Violet es una rubia con un historial de abuso por parte de su marido, quien intentó matarla a ella y a su hijo, pero terminó por suicidarse. Desde entonces, Violet no ha vuelto a tener una pareja sino que se ha dedicado a malcriar a su hijo genérico, que bien podría ser el niño genérico de Jerry Maguire, o de cualquier otra película con niño genérico y vulnerable. Violet tiene también una hermana genérica, tan blanca como ella, pero hippie, desmadrosa y buena onda, que, sólo Dios sabe por qué, se viste como Punky Brewster y Daniel el Travieso, pantalón de pechera incluido. Durante el primer acto, las vemos interactuar con toda clase de diálogos que bien pudo haber escrito el ordenador Pentium 386 que tantas canas nos sacó en la preparatoria. Violet tendrá una cita con un hombre guapo, en un restaurante caro, en la cima de un rascacielos (el tablero del juego de rol), y por eso será tan irresponsable como para dejar a su amado hijo bajo el cuidado de una mujer que, vamos, se viste con pantalones de pechera. Ya en el restaurante, conoceremos a todos los personajes de este juego al estilo Clue de Hasbro: la bartender sorora que al final hasta sabe karate; un tipo que mira su celular todo el tiempo y que supuestamente espera a su hermana; un mesero gay, que también es comediante aficionado; el típico pianista mujeriego y borracho, un hombre maduro en una cita a ciegas, y la sospechosa anfitriona de aspecto amenazante y austero a lo presidenta Sheinbaum, pero sin huipil. Y la cita, por supuesto, es el hombre con el que toda mujer sueña — «¡queeeé guapo!», dijo mi novia— de aspecto bohemio y aventurero (en otros tiempos hasta habría fumado Camel), fotógrafo, con barbita de cuatro días, viril y tierno, pero vulnerable. Ojo: vulnerable.

Y es a través de una aplicación de mensajería que Violet recibe primero memes que la invitan a ‘jugar un juego’ en donde tiene que sustraer una memoria de la cámara de su cita (checked), y después envenenarlo (not checked), o su vulnerable y malcriado hijo morirá. Aquí todos son vulnerables, Punky Brewster no importa realmente. Como buena madre blanca de clase media americana y paranoide, Violet tiene cámaras por toda su casa, mismas que puede mirar desde su celular, y en una de ellas se ve a un hombre encapuchado de aspecto amenazante. Y aunque no tuviera aspecto amenazante, qué miedo. Violet tiene el celular clonado, no puede llamar a la policía y si le pide a alguien que la ayude, éste morirá. Más o menos como un secuestro virtual en un hotel de tres estrellas en Acapulco. Qué cita. Y pensar en todas esas chicas que corrieron cuando yo me ponía a hablar de la Paz de Wesfalia porque no encontraban la Guerra de los Treinta Años tan fascinante como yo. Al no poder tampoco contarle nada a su cita, Violet parece comportarse como una loca, lo suficiente como para enfriar las cosas, aunque de entrada nos queda claro que el tipo es bueno y paciente. Pero Violet no tiene madera de víctima, no es otra-rubia-tonta, no es sólo una cara bonita, sino una mujer llena de recursos, inteligente… etcétera. Y al final —ya se sabe— el coronel Mustard en la biblioteca con el candelabro, bla bla bla, se eleva la tensión, un tiroteo, siempre hay alguien a punto de caer de un edificio, Yippee-Ki-Yay motherfucker, persecución, final feliz, chistes malos, agrega agua y ya tienes otra triste película de Blumhouse Productions para llevarte a tu casa y olvidarla hasta que un día la vuelves a ver en un México-Puebla o en el Canal 5, doblada por pésimos actores chilangos. Lo que obtuviste, si lograste sobrevivir a un accidente cerebrovascular, fue poco más que una versión extendida del tráiler.

¿Vale la pena verla? Tal vez, durante esa primera y seguramente desastrosa cita, para que veas que las puede haber peores. 

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: Bernard Walsh/Univ – © 2025 Universal Studios

Compartir:

Usamos cookies para mejorar tu experiencia y personalizar contenido. Al continuar, aceptas su uso. Más detalles en nuestra Política de Cookies.