Por Arturo Roti
Mi bautizo en el rock con Queen – Estadio Universitario, 1981
Hay noches que se quedan grabadas para siempre en la memoria. No importa cuántos años pasen, cuántos discos más escuche o cuántos conciertos vea después, hay uno que marcó un antes y un después en mi vida: el de Queen en Monterrey, en aquel mítico 1981. Y yo estuve ahí. Tenía apenas doce años, pero el alma ya la traía llena de música y sueños.
Mi historia con Queen empezó en 1977 gracias a mi hermano mayor, Carlos. Él compró un pequeño EP titulado Queen’s First EP por la canción “White Queen (As It Began)”, pero fue “Death on Two Legs” la que me voló la cabeza. Esa mezcla de piano suave, guitarra crujiente y voz poderosa me atrapó desde la primera escucha. No sabía muy bien qué estaba oyendo, pero algo en mi interior hizo clic. Esa canción me convirtió, sin saberlo, en un devoto del rock y de la Reina.
Tiempo después, Carlos trajo a casa el Live Killers, y yo me sentí como si estuviera en una catedral sonora. Aunque aún no podía comprar mis propios discos (excepto los de Kiss que me regalaban en cumpleaños), escuchaba todo lo que caía en mis manos. Cuando mi hermano trajo The Game, me sorprendió lo distinto que sonaba, pero quedé cautivado por “Rock It (Prime Jive)”, con ese ritmo tan juguetón y rockero. Era como si Queen pudiera hacerlo todo.

Fue en el verano del ’81 cuando me gané mi primer salario. Mi papá era contratista de pintura, y en esas vacaciones me llevó a trabajar con él pintando casas, departamentos y edificios. El sábado de mi primera semana de trabajo, recibí mi paga con un orgullo que no me cabía en el pecho, y sin pensarlo, me lancé directo a la tienda Sámano a comprar tres discos: News of the World, A Day at The Races y, por supuesto, mi propia copia de Live Killers. Esa fue la primera vez que sentí que el rock me pertenecía.
Poco después conocí a Tiko, mi hermano del alma, quien también era fanático de Queen. Él tenía los discos Queen y Queen II, así que unimos fuerzas como buenos escuderos del rock. Pasábamos tardes enteras escuchando vinilos con Pepe y René (QEPD), formando un pequeño ejército sonoro en el bunker de nuestras adolescencias.
Y entonces llegó la gran noticia: ¡Queen tocaría en Monterrey! No lo podíamos creer. Iban a tocar en el Estadio Universitario el 9 de octubre. Mis hermanos Carlos y Héctor rápidamente compraron sus boletos, pero yo no tenía ni un centavo. Me resigné a perderme la cita de mi vida. Pero en uno de esos actos de amor que solo una hermana puede tener, Mirna me sorprendió con una entrada. “Feliz cumpleaños adelantado”, me dijo. Sentí que el universo me guiñaba el ojo. Nunca lo voy a olvidar.

El día del concierto llovió a cántaros por la mañana. Por la tarde/noche nos fuimos todos apretujados en el Valiant de mi cuñado Armando: él al volante, junto con Mirna, Chela, Pikus, Pili, Gelos… y yo, todos encima de todos pero felices. Al entrar al estadio, quedé paralizado, sin aliento. Un escenario descomunal, un mar de gente, las gradas repletas, una energía muy chingona que lo envolvía todo. Cuando se apagaron las luces, una constelación de encendedores iluminó el lugar. Nunca había visto algo tan hermoso. Me sentí en otro mundo, en el cielo mismo.
Entonces, estalló el estruendo. Ahí estaban: Brian May con su Red Special y ese porte de caballero inglés con su melena rizada y alborotada, Freddie Mercury imponente con jeans blancos, chamarra de cuero y una camiseta de Superman, John Deacon discreto pero elegante de azul celeste, y Roger Taylor de rosa, rompiendo moldes desde el inicio. El escenario ardía, el público rugía. Era como si el universo nos dijera: “esto es rock, bienvenidos”.

Recuerdo con nitidez algunas canciones que se grabaron a fuego en mi memoria: el rugido de “We Will Rock You” en su versión rápida, pura dinamita para arrancar; la potencia de “Let Me Entertain You”; y la intensidad hipnótica de “Get Down, Make Love”, con sus luces que bajaban y subían mezcladas con el humo y sonidos extraños creaban una atmósfera casi mística que me puso la piel chinita. Luego llegó el momento de “Love of My Life”, coreada por todos al unísono mientras mi hermana Mirna lloraba sin poder contenerse. El estadio estalló con “Flash”, cuyos juegos de luces seguían cada golpe de la batería como rayos sincronizados, y más tarde con la monumental “Bohemian Rhapsody”, cuya parte coral nos transportó a otra dimensión.
Y todavía hay más que no se me borra: el solo de batería de Roger Taylor, con dos timbales sinfónicos enormes y ese gong final que sonó como un trueno sagrado; el solo de Brian May, que gracias a su delay hacía parecer que tenía un ejército de guitarras, creando armonías tan preciosas que parecían venidas de otro mundo; y por supuesto, el jugueteo de Freddie Mercury, retando a todo el estadio a seguirlo en su improvisado “concierto vocal”, obligándonos a alcanzar notas largas, imposibles, altísimas, hasta que terminábamos rendidos pero felices.
“We Will Rock You” fue un ritual tribal para todos, hasta para el vato pedísimo que estaba a mi lado gritando, “wii wee wiii wee, rockanrol!!” y “We Are the Champions” el himno de una generación que no necesitaba más pruebas de lo que sentía: esa noche fuimos invencibles.
Pero, lo que más me impresionó fue Freddie Mercury. Desbordaba energía, un volcán imposible de contener, el escenario le quedaba chico. Se subía, se bajaba, lo recorría todo con un dinamismo que desbordaba vida. Brian, con esas piernas largas y su manera de moverse, parecía flotar. Era magia pura.

Cuando terminó “God Save The Queen”, sabíamos que no solo habíamos visto un concierto: habíamos sido parte de algo sublime. En la salida, una de las rampas colapsó y vimos gente caer, por suerte sin consecuencias graves. Apretados de nuevo en el coche de regreso y con el corazón en la garganta cantábamos a gritos las canciones como si quisiéramos que el hechizo no se rompiera jamás.
Ese fue mi primer concierto de rock. Mi bautizo. La noche en que dejé de ser un niño que escuchaba discos para convertirme en un creyente del poder del escenario. No fue solo grandioso, fue el inicio de una vida entera con el rock como religión.
Aquel 1981 cambió mi vida. Me enseñó que la música no solo se escucha: se siente, se vive, se guarda para siempre. Esa noche no solo vi a Queen. Vi la grandeza del rock, la fuerza de una banda que hizo historia… y yo fui parte de esa historia.
Gracias, Freddie. Gracias, Queen.
Gracias por convertirme en quien soy.
Epílogo: Desde el tiempo, con amor
Han pasado más de cuatro décadas desde aquella noche mágica en el Estadio Universitario. Ese lugar ha visto desfilar a incontables artistas desde entonces, pero para mí ninguno igualará lo que ocurrió el 9 de octubre de 1981 con Queen. Desde ese momento nació en mí un amor profundo por la música, el impulso de contarla, de escribirla, de vivirla más allá de los discos y de los escenarios.
Cierro los ojos y me veo ahí, al pequeño Roti con 12 años, la playera empapada de emoción, los ojos brillando como faros y el corazón latiendo a mil por hora. Me escucho gritar, cantar, vibrar, como si todo dependiera de ese instante. Y, en cierto modo, así fue. Porque esa noche aprendí que la música no solo llena los oídos: te salva, te une, te da sentido.
Y eso, como el buen rock…jamás muere.



