Por Marcel del Castillo
Había mucho ruido, sí, pero la cafetería del supermercado que queda frente a la avenida Gonzalitos, a las siete de la mañana, es el único momento y lugar en el que Antoine puede encontrarse con Cristal. A él le urge hablar sobre Perfect Days, la película de Wim Wenders. Ella, con sus pasos apurados y desordenados, llega unos minutos tarde, pero ya trae los dos cafés para compartir. Inmediatamente, Antoine la aborda:
—Por favor, dime ya, ¿qué te llamó la atención? A mí la película me dejó un sabor dulce, amable, imposible de no reflexionar…
—Pues… la sencillez. Es lo que más me conecta. Me lleva a la idea de que uno debe buscar lo que realmente le hace feliz, aunque los demás piensen que no está bien. Como en la película: criticaban al señor por limpiar baños. A otros les parecía horrible, pero para él eso…
—…era su mundo.
—Así es. Y cumplía con su… ¿cómo decirlo? Le importaba lo que hacía, lo disfrutaba. A lo mejor él mismo decía: «esto es lo que me da felicidad… el dinero para mis libros». Y era algo sencillo. No tenía un jefe encima diciéndole qué hacer. No tenía que cumplir con…
—Es que no lo necesitaba. Una de las cosas hermosas que muestra la película es que, como él decidió hacer lo que quería —limpiar los baños de Tokio— no necesitaba un jefe. No necesitaba a alguien diciéndole qué debía hacerlo mejor. Él lo hacía bien porque quería hacerlo bien. Como cuando tú quieres tener tu casa limpia: no porque alguien te lo ordena, sino porque tú quieres, y buscas productos, formas, tiempos…
—De eso trata la película: ¿qué hay detrás de esa paz, esa felicidad personal, esa sencillez? Para mí ese es el punto clave: no pensar en la trascendencia de los gestos. Hoy, socialmente, creemos que nuestro trabajo, relaciones, todo… debe ser trascendente.
—Como que todo tiene que dejar algo.
—Exacto. El ego. Todo debe ser importante, reconocido. Entonces, nuestras acciones cotidianas se llenan de angustia: «¿Esto que hago es importante para los demás?»
—Cuando lo importante debería ser que sea importante para ti. A veces uno crece buscando cómo hacer felices a los demás…
—Y esa actitud —lo muestra la película— te puede excluir socialmente. ¿Qué pasa con alguien que quiere un trabajo sencillo, modesto, que le deje tiempo para leer, desarrollarse o aburrirse?
—Hace poco pensé en alguien así. ¿Recuerdas al paquetero que siempre saluda…?
—¿En H-E-B?
—Sí. Al principio uno juzga por apariencia. Pensé que era alguien que estaba pasándola mal y tenía que hacer ese trabajo… pero luego lo vi saliendo del estacionamiento en un coche nuevo. Ahí entendí que lo hace porque quiere, porque le distrae, porque lo disfruta. Y no se le ve frustrado.
—Y es una maravilla llegar a ese estado de felicidad.
—Él está tranquilo, gana algo, comparte, no tiene que demostrar nada.
—¡Eso!, no tienes que demostrarle nada al mundo, ni a nadie, ni a ti mismo. Sólo construir una vida apacible.
—Y eso se nota. Ya es un señor grande, como llegando a los 70 años…
—Y ahí está el secreto.
—Tiene su carrito, trabaja por turnos… ¿Quién lo va a juzgar por ser paquetero?
—Muchos. Incluso la propia familia. Pero si logramos quitarnos eso, entendemos que el tiempo que te queda en el planeta lo debes disfrutar. Si tienes conocimientos o privilegios, úsalos para tu paz, no para generar angustia. No para que tu vida se vuelva una carrera para «mantener» o «acrecentar» el privilegio. En el arte pasa igual. Kafka, por ejemplo: escribía porque necesitaba escribir, no porque quisiera trascender. La trascendencia fue consecuencia, no objetivo. El problema en el arte hoy es creer que toda obra debe tener un impacto universal. A veces el arte está para dar valor a lo cotidiano, para provocar encuentros. Si piensas que tu obra debe cambiar la historia del arte, arruinas tu vida. La conviertes en una carrera imposible. Por eso, siempre me ha molestado la palabra «carrera» en los estudios: implica competencia, llegar a un lugar, ganar. Cuando debería ser simplemente: conocimiento, expansión y experiencias. El conocimiento puede estar en la biología, la arquitectura, la jardinería, la cocina, la sustentabilidad del hogar… en mil cosas. Creo que la película muestra una forma distinta de enfrentarse al mundo: una vida posible, sin carrera, competencia o reconocimiento. Donde estudias y trabajas, no para competir, sino para ver qué aporta ese conocimiento, por mínimo que sea, a tu vida y a tu entorno. ¿Qué hace ese conocimiento por tu paz, tu felicidad, tu permanencia en el mundo?
—Buscar la satisfacción simple.
—En la película, quien vive así queda solo. Ese tipo de actitud hoy es juzgada, excluida. Pero no siempre tiene que ser así si construyes tu familia —la familia se construye, no aparece— y tus vínculos sociales desde antes.
—Como con Aitana, mi hija. Ahora que está por terminar la universidad, la siento agobiada por su futuro, trato de tranquilizarla diciéndole que el objetivo no tiene que ser «triunfar» ya. Puede trabajar, ahorrar, comprar sus equipos, hacer sus proyectos porque le nacen, no por reconocimiento, crecer como persona.
—Cierto. Eso es lo que importa. Hacer lo que deseas hacer, compartirlo, crecer poco a poco.
—Y no ver el trabajo paralelo como castigo, sino como herramienta para construir la vida que deseas.
—Claro. Si no, te vuelves infeliz y ansioso.
—Y hay mucha gente así…Yo crecí con esa tensión.
—¡Y yo!, porque se confunde felicidad como fin. Y la felicidad es un medio: si construyes una vida disfrutable, ahí está la felicidad.
—La película lo muestra: la felicidad está en lo sencillo, en lo cotidiano hecho con cariño.
—A veces uno mismo se critica: el otro día aspiré mi cuarto y me sentí tan bien… Y pensé: «¿cómo es posible que esto me dé felicidad?».
—Eso es madurez.
—Empiezas a apreciar lo que antes dabas por hecho.
—No tiene que ser un súper evento lo que nos haga felices. Es lo cotidiano.
—Sí. Tener la casa limpia, llegar y verla ordenada. Antes eso era un karma. Hoy me da tranquilidad.
—Entiendo… es tu espacio, tu familia, tu paz. Por eso la película es hermosísima: un manifiesto de una vida posible, alterna al mundo de la competencia y la trascendencia.
—La meta es vivir bien. Todo lo demás es accesorio.
Marcel del Castillo es artista, curador y docente. Vive y trabaja en Monterrey. Sus prácticas artísticas son espacios de especulación y juego entre documento y ficción. En la actualidad su trabajo se ha enfocado en la representación de las vinculaciones culturales al agua en México.
Referencias
1. Wenders, W. (Director). (2023). Perfect Days [Película]. Master Mind; The Match Factory.



