Alrededor del centro

Siempre evito ir a ciudades desconocidas. Entre más grandes, más las evito. Su monstruosidad me impone, me anula, me dan miedo.

noviembre 29, 2025

Por Eduardo Ramírez

Mientras uno aún vaga por las vivas y transitadas calles, éstas ya se han alejado, como recuerdos en los que la realidad se mezcla con los distintos tipos de sueño que se tiene de ella, unos recuerdos en los que se dan cita desechos y constelaciones.

Siegfried Kracauer

Caminando solo entre una multitud de amores.

Dylan Thomas

7/11/25. Mi relación con el centro es compleja. Me llama y me ahuyenta por las mismas razones. Su fuerza de atracción requiere de una similar y opuesta para mantenerme a la distancia.

Hace poco más de un mes, mi hijo me dijo que irá a CDMX. Aprovechará un partido de la NBA para pasar ahí unos días con su pareja. Aunque el partido era en otra zona de la ciudad, él decidió alojarse en el centro. Las semanas previas intercambiamos tips y opciones para que disfruten su estancia. En ese proceso se dieron una serie de coincidencias que hicieron que su viaje fuera para mí un regreso al centro. Cuando me compartió el Airbnb en que se quedarían, resultó que, en uno de mis viajes de trabajo, yo también había llegado ahí.

Siempre evito ir a ciudades desconocidas. Entre más grandes, más las evito. Su monstruosidad me impone, me anula, me dan miedo.

Mi relación con el DF empezó cuando trabajé en San Luis Potosí. Por cuatro años, casi cada dos meses iba con una compañera de carrera que vivía ahí. Esos viajes —guiado siempre por ella— se volvían una expansión de mi experiencia. Me guiaba por restoranes que nunca se repetían, exposiciones, conciertos y —en una época anterior al Tratado del Libre Comercio— el acceso a libros y discos que eran ajenos y lejanos a provincia. En esos repetidos viajes poco a poco fui trazando un mapa afectivo y de información antes desconocido para mí.

Moverme en una ciudad de veinte millones de habitantes revivía en mí esa sensación de estar «caminando entre una multitud de amores». Un anonimato que hace no solo posible, sino necesario el encuentro. Como algo más que una coincidencia, cada que regresaba al DF encontraba con gente conocida en cualquier calle, en algún museo o en un restorán. También he aprovechado su situación geográfica como un punto medio para citarme y compartir con alguien unos días lejos de todo y de todos.

Años después, invitado a mesas o al asistir a simposios, trataba de mantener a raya esta angustia a través de reducir a una escala caminable el lugar donde me hospedaba y el evento al que asistía.

Soy provinciano. Solo con ese acompañamiento y “domesticación” pude anular la angustia de una ciudad que explota y se traga a sí misma cada día. 

Dos proyectos hicieron que, por casi una década, cada mes regresara a transitar y familiarizarme con el Centro Histórico porque las instituciones para quien trabajaba tenían ahí sus oficinas.

Una reflexión sobre la producción cultural, derechos de autor y las nuevas tecnologías, se daba paralelamente a la renovación y expansión del edificio de la primera institución. Es decir, al mismo tiempo que reflexionábamos sobre el panorama futuro de la producción cultural y los retos que la tecnología les planteaban, asistimos a excavaciones de ese terreno sensible en las que descansaban vestigios de culturas primigenias.  

El otro proyecto era de una institución novohispana en funciones. Después de un proceso de restauración del edificio, se liberaron una serie de espacios históricos que podían ser aprovechados para insertarse dentro del circuito turístico del Centro Histórico. El reto era visibilizar su riqueza histórica y la función social de esa institución fundadora del financiamiento en México.   

Ambos proyectos me llevaron a una labor de investigación y resignificación de momentos y valores históricos que se habían llevado a cabo en el breve terreno del Centro Histórico.

Unas vacaciones con mis dos hijos, cuando eran adolescentes, decidí llevarlos al Centro Histórico. Me interesaba hacerles ver lo que yo había descubierto mientras trabajé ahí.

De regreso, hace unos días mi hijo me cuenta a dónde fue y cómo se la pasó. ¿Su viaje actual es como una superposición de mapas de experiencia? ¿Una espiral que, del mismo modo que al irse superponiendo capas y capas de polvo, leyendas e historia, empiezan a crecer en él actualizadas, propias?    

Leo en un diccionario de símbolos, «El centro es un microcosmos que contiene en sí mismo todas las virtualidades del universo, y en su radiación vertical, un lugar de pasaje, el cenáculo de las iniciaciones, la vía entre los planos celeste, terreno e infernal del mundo, el umbral de la liberación y en consecuencia, la ruptura. Es el punto de máxima intensidad, el lugar de la decisión, la línea de partición».

El centro me atrae. Me engulle y me suelta. Nunca vuelvo a ser el mismo en mis incursiones al centro. Por eso vuelvo. Por eso me alejo.

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Foto: Ricky Esquivel | Pexels.

Compartir:

Usamos cookies para mejorar tu experiencia y personalizar contenido. Al continuar, aceptas su uso. Más detalles en nuestra Política de Cookies.