Painkiller: El track que transformó el dolor en pura potencia sonora

Mientras Priest se recuperaba del desgaste, del juicio absurdo por "mensajes subliminales" y de los cambios creativos, Halford libraba una guerra interna mucho más feroz. Así, cuando Painkiller se lanzó en 1990, la banda rugía por fuera, pero Rob estaba sobreviviendo por dentro.

noviembre 27, 2025

Por Arturo Roti

Como muchos de mis amigos —y cualquiera que me conozca tantito— saben, Judas Priest ha sido mi banda favorita de metal desde siempre. Todo empezó en la primaria, cuando un amigo, Eduardo Vega, me prestó un cassette de Sin After Sin. Aquel sonido me hipnotizó; fue como si alguien hubiera prendido una luz nueva en mi cabeza. Ahí comenzó mi historia con Priest.

Pero a mediados de los ochenta pasó algo extraño. El mundo entero parecía empapado en sintetizadores y Judas Priest no fue la excepción. Cuando llegaron Turbo y Ram It Down, simplemente no pude con ellos. Los sentía demasiado lejos de ese filo metálico que me había marcado desde niño. Con el tiempo, cierto es, aprendí a querer Turbo, pero en aquel momento pensé —honestamente— que la historia ya no volvería a ser igual. Hasta que apareció «Painkiller».

Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché ese arranque bestial: Scott Travis marcando territorio con ese solo inicial como si quisiera borrar, de un trancazo, todos los desvíos anteriores. Dave Holland ya no estaba, y con Travis llegaba una especie de renacer: velocidad, precisión, violencia… el metal en su forma más pura. Fue como si la banda hubiera recordado quién era, como si hubiese despertado de un prolongado letargo para volver a reclamar su trono. Yo sentí, en ese instante, que Judas Priest regresaba —sin pedir disculpas— a ese lugar donde todo comenzó para mí.

Pero «Painkiller» no sólo representó un renacer musical. También fue un renacimiento humano, uno que se cocinaba en silencio detrás del escenario.

A finales de los ochenta, Rob Halford transitaba una zona oscura: alcohol, drogas, una depresión profunda y, finalmente, un intento de suicidio que él mismo ha narrado con dolor y honestidad en su autobiografía Confess. Aquel momento límite no apareció en los titulares; apareció en su vida. Fue un parteaguas que lo llevó a rehabilitación y a reconstruirse por dentro.

Mientras Priest se recuperaba del desgaste, del juicio absurdo por «mensajes subliminales» y de los cambios creativos, Halford libraba una guerra interna mucho más feroz. Así, cuando «Painkiller» se lanzó en 1990, la banda rugía por fuera, pero Rob estaba sobreviviendo por dentro. Esa combinación —la furia y la vulnerabilidad— es lo que hace que la canción se sienta tan profundamente humana, a pesar de su envoltura de acero.

Porque «Painkiller» no es sólo una oda a la velocidad o al poder. Es la metáfora de un salvador brutal que desciende para liberar a la humanidad. Y cuando Halford canta ese estribillo imposible, uno entiende que no sólo está encarnando al personaje: está dejando salir su propia batalla contra la destrucción, contra el silencio, contra sí mismo.

Años después, cuando Halford salió públicamente del clóset, confesó que temía un rechazo masivo. Pero ocurrió exactamente lo contrario: los fans lo arroparon. La comunidad metalera —tan etiquetada, tan mal entendida— respondió con empatía. Ese abrazo colectivo fue, para él, otra forma de salvación. Otro «analgésico».

Treinta y tantos años después, esa canción sigue cayendo como un meteorito cada vez que suena. No es sólo técnica, velocidad o histrionismo vocal. Es un testimonio. Un recordatorio de que incluso los dioses del metal pueden quebrarse… y que también pueden sanar.

«Painkiller» resurge cada vez que se la escucha más, como aquel día en que por fin sentí que Judas Priest regresaba al camino que había marcado mi vida. Y quizá por eso conecta tan profundo: porque detrás de la tormenta de guitarras y doble bombo, late una verdad sencilla y universal: todos necesitamos, alguna vez, un salvavidas hecho de ruido.

Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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