Por Eduardo Ramírez
El marido notificó que debía emprender un viaje, tomó en alquiler un cuarto de la calle inmediata a la suya y ahí, inadvertido por su esposa y por sus amigos, y sin que hubiera razón para tal comportamiento, permaneció durante veinte años.
Nathaniel Hawthorne
De los que se van nos vienen las mayores virtudes. La ingratitud, el desamor a lo que nos abriga y guarece, o en otra forma, la inadaptación, son cosas necesarias para que la vida se mueva.
Alfonso Reyes
31/01/2025. Los espacios donde he vivido, ¿trazan una ruta de mis perseverancias, son prácticas que me encierran y me liberan o son estaciones de un rebotar por ciudades y lugares ajenos a mí, sin ningún sentido?
Con el tiempo, una casa es —para mí— tener un lugar para sacar mis libros de las cajas. De algún modo he construido mi casa con paredes de libros como ladrillos. Hace unos días, al conocer el espacio en el que hoy vivo, mi hijo me dijo, “más que un depa, es un estudio”. Tiene toda la razón.
Durante la carrera, la casa de estudiantes donde viví por seis años era conocida como El Monasterio. Mientras el concepto “casa de estudiantes” era sinónimo de permanente libertad y fiesta, la nuestra respetaba el estudio no solo en época de exámenes, tal vez porque uno de los seis miembros estudiaba una maestría. A fin de cuentas, si queríamos fiesta, para eso estaban las otras casas.
Al terminar la carrera, como una forma de huir hacia adelante después de una ruptura, regresé a San Luis. La decisión la tomé al estar releyendo Aura de Fuentes. Desde las primeras páginas despertó en mí un ambiente de nostalgia ¿La nostalgia de Aura me llamó a buscar la tranquilidad y el abrazo de un espacio musgoso, aislado en el tiempo y cálido de casa de mis abuelos? (“Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más”).
¿Irme, renunciar a qué?, ¿al ajetreo de actividades para aprovechar mejor el tiempo en provincia?, ¿al trato afectivo para disolverme en el roce cotidiano de decenas de alumnos?, ¿para concentrarme en la soledad de un altillo y ahí borrarme?
Cuatro años después regresé a Monterrey. Me instalé en El muelle, un taller ya sin uso improvisado en la azotea de una casa familiar también abandonada. Remedo del altillo que me dio el aislamiento y el silencio de siempre. Por estar demasiado cercano al flujo de la gente, se fue llenando de demandas. Algunas veces, cuando alguien subía en la noche a tocar mi puerta para sonsacarme para ir a una reunión, de plano no le abría.
Después de tanta mudanza ¿puedo decir hacia dónde he dirigido mi vida? ¿Es posible solo cambiar de casa sin cambiar de vida? ¿Qué es lo que conservamos o podemos mantener, después de tanto movimiento, regeneración y arreglo?
Hui al Pueblo (Villa de García). Aproveché un periodo de trabajo “por proyecto” para pasar ahí la mayor parte de la semana. Por El Pueblo me movía caminando, solo utilizaba el coche cuando regresaba a Monterrey. La mayor parte del día la pasaba escribiendo/dibujando y leyendo.
La casa es un sitio a dónde volver y de dónde huir.
Después de una década de vida familiar salí de casa de mis hijos. Me fui a La Celda. Un espacio reducido que me permitió —después de los estudios de posgrado— dedicarme a presentaciones y ponencias en simposios en mi intrusión en el medio académico del que desconfiaba. Al final de cada texto firmaba, tratando de trazar una distancia, “La Celda”, seguido de una fecha, como otros lo hacían poniendo “Universidad Fulana”.
Hace poco mi hija me dijo que pensaba que con La Celda me refería al encierro. Le constesté que el sentido era de austeridad, concentración y estudio. Más una celda monástica que carcelaria. La celda carcelaria es dictada por la autoridad. La monástica es voluntaria. En mi aislamiento no hay culpa ni castigo, solo liberación.
¿Los lugares que habito definen las creencias que profeso? ¿Las imágenes a las que dedico mis rutinas?
Una casa es también una escritura. Una construcción momentánea que se construye y derrumba cada día.
Al caminar las calles de este barrio donde ahora vivo, me viene recurrentemente una imagen. La escena final de la película Damage (Malle, 1992). Jeremy Irons, un parlamentario inglés, después de un amorío fatal con la prometida de su hijo, abandona todo y se retira a algún pueblo perdido. Despojado de su habitual traje de tres piezas, camina por una calle empedrada, vestido cómodamente y en un pequeño morral lleva su cotidiana y frugal dieta.
Despojado de compromisos y dependencias materiales, ¿vuelvo a convocar esa vida monacal a la que aspiro y nunca alcanzo?, ¿concentrado, más que en hacer algo, en borrar el rastro del que he sido?
La casa es un espacio de seguridad, encierro; es el hogar, el silencio, la familia; es testigo de quiénes somos y de cómo la vida nos pasa.
Termino con Cortázar, “salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Foto: Iman Gholamiyan | Pexels.



