Hi Infidelity: la claridad después del ruido

Aquellas canciones tenían algo que me atrapaba: comenzaban contenidas, casi tímidas, y de pronto explotaban con guitarras distorsionadas y una batería firme que parecía darle permiso al corazón de exagerar.

febrero 21, 2026

Por Arturo Roti

Le voy a contar una historia que me pasó cuando era un chico de secundaria. No es dramática, no hay tragedias épicas ni promesas bajo la lluvia. Es una de esas historias pequeñas que en su momento parecen gigantes y que con los años uno entiende mejor.

Yo estaba en segundo grado, en el 2°B, el salón de los rebeldes y ruidosos. Éramos los que hablábamos fuerte, los que siempre tenían reporte, los que vivían convencidos de que el mundo estaba mal organizado. En el 2°A estaban los «formalitos», los aplicados, los que nunca rompían la fila. Y ahí estaba Belinda.

Belinda era la chica que todos miraban. No era inaccesible por actitud, sino porque parecía estar un paso arriba del resto. Muy hermosa, rubia, ojo verde y familia bien. La «riquilla» de la secundaria. Aquello tenía algo del espíritu de Vaselina, Sandy y Danny, pero sin coches clásicos ni chamarras de cuero; solo dos grupos distintos compartiendo el mismo patio.

Una tardeada de la secundaria cambió el ángulo de la historia. Recuerdo el salón grande con luces improvisadas, el eco de las bocinas, el nerviosismo propio de esa edad. Ella iba rechazando invitaciones para bailar mientras los muchachos regresaban derrotados a sus lugares. No sé si fue inconsciencia o simple osadía adolescente, pero me levanté y la invité a bailar. Aceptó.

Bailamos varias canciones, incluso las baladas. Y mientras girábamos torpemente en la pista me di cuenta de algo que me descolocó por completo: yo no estaba enamorado de Belinda. La admiraba, claro, pero no era amor. El nombre que realmente me ocupaba la cabeza era Alma.

Alma era mi mejor amiga desde el primer día de clases. Con ella no había pose ni estrategia. Había conversación, complicidad y una naturalidad que en ese momento no supe valorar. Tiempo después me lo dijo en una carta. Ahí me confesó que estaba enamorada de mí desde que nos conocimos. Cuando leí esa carta no pude evitar asociarla con la rola In «Your Letter». No por literalidad, sino por esa sensación de que alguien pone por escrito lo que tú no supiste ver a tiempo.

In your letter you said you didn’t love me

You said you’re gonna leave me

But you could’ve said it better

En esos años yo ya tenía un refugio musical muy claro: El álbum Hi Infidelity de REO Speedwagon. Lo escuchaba en cassette, en una grabadora que parecía más grande que mi propia madurez. Afuera podía estar lloviendo en Monterrey o podía estar simplemente oscureciendo temprano, pero adentro de mi cuarto siempre había un pequeño drama en alta fidelidad.

Si alguna novia me dejaba aparecía «Take It on the Run». Si yo era quien pedía otra oportunidad, entonces sonaba «Keep On Loving You». Aquellas canciones tenían algo que me atrapaba: comenzaban contenidas, casi tímidas, y de pronto explotaban con guitarras distorsionadas y una batería firme que parecía darle permiso al corazón de exagerar. La voz de Kevin Cronin transmitía vulnerabilidad sin perder orgullo, mientras la guitarra de Gary Richrath respondía con un filo emocional muy particular. Ese contraste me parecía espectacular, casi cinematográfico.

No sé si fue exactamente ahí donde la power rock ballad terminó de consolidarse, pero sí tengo claro que en ese momento algo hizo clic. El terreno ya estaba preparado por bandas como Boston y Foreigner, que habían demostrado que se podía combinar sensibilidad melódica con guitarras enormes sin perder credibilidad rockera. Sin embargo, con Hi Infidelity esa fórmula dejó de ser un recurso ocasional y se convirtió en fenómeno. La balada poderosa ya no era un respiro dentro del álbum: era el corazón comercial, emocional y radial del disco. Después de eso, parecía obligatorio que cada banda de rock incluyera su momento íntimo con guitarras explosivas incluidas. No era casualidad; era una estructura que funcionaba porque entendía algo muy simple: el desamor suena mejor cuando tiene volumen y dinámica. Y yo, adolescente y confundido, fui el público perfecto para ese tipo de rolas.

Con el tiempo entendí que el disco era mucho más que esas dos baladas. «Don’t Let Him Go» abre con una urgencia que sacude, «Tough Guys» cuestiona la fachada del tipo duro, «Shakin’ It Loose» respira energía directa y I Wish You Were There cierra con una madurez emocional que yo todavía no tenía cuando lo escuché por primera vez.

Lo que pasó con Alma fue sencillo y complejo al mismo tiempo: hablamos, reconocimos lo que sentíamos, pero nunca logramos coincidir en el momento adecuado. No hubo escándalo ni escena final. Solo la conciencia de que a veces la vida no funciona al ritmo que uno necesita.

Ahora, a más de 40 años de su lanzamiento veo el Hi Infidelity desde otra posición. Ya no como el adolescente que vivía cada ruptura como si fuera la definitiva, sino como alguien que entiende que muchas veces el error no es amar demasiado, sino no saber hacia dónde dirigir ese amor. El disco sigue sonando potente, pero ahora lo escucho como una lección disfrazada de power ballad: la intensidad sin claridad solo es ruido amplificado.

Tal vez por eso vuelvo a él cada cierto tiempo. No para revivir el pasado, sino para recordar que crecer también implica aceptar que algunas historias no se arruinan por traición, sino por falta de sincronía.

Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.


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