Entrelíneas

¿Qué sucedería si lectura y escritura coinciden en el mismo punto del abandono mutuo? ¿Qué abismo se abriría, qué encuentro, qué pasadizos?

febrero 20, 2026

Por Eduardo Ramírez

La escritura hace que las «palabras» parezcan semejantes a las cosas porque concebimos las palabras como marcas visibles que señalan a los decodificadores: podemos ver y tocar tales «palabras» inscritas en textos y libros.

Walter J. Ong

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de la piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado?

J. L. Borges

15/12/25. La escritura y la lectura trazan cicatrices que se invisibilizan en la página.

Escribo distintos textos al mismo tiempo. Sin prisa. Esto hace que me aleje por largos periodos de cada uno de ellos.

Siempre recomiendo, antes de emprender una larga sesión de escritura, tener un montón de platos pendientes por lavar. No hay caminata, regadera o pila de trastes que no aclaren y vuelvan a hacer fluir cualquier parón en la escritura.

No sé dónde leí, dada la naturaleza de la escritura, que las pausas hechas entre una palabra y otra, en medio de una frase o capítulo… al continuarlas –aunque hayan pasado/existan horas, meses, incluso–, al momento de leer, estos largos periodos de vacío no se notan. Desaparecen. Se resanan. Se clausuran. Se invisibilizan.

La gran diferencia consiste en la manera en que se actualiza/produce el lenguaje (en el tiempo o en el espacio). Esto hace que procesos que pensamos iguales, complementarios –oralidad, escritura, lectura– tienen naturalezas distintas.

Una primera diferencia es que la oralidad se produce en el tiempo y la escritura en el espacio. Esto vuelve cualquier pausa en la oralidad, un vacío angustiante que debe ser llenado bajo cualquier circunstancia. Disgresiones. Muletillas. Repeticiones. Perder la lógica/línea causal o narrativa. Irse por las ramas. Dinámicas propias de la oralidad.

Al contrario, dado que la escritura se da en el espacio (hoja en blanco/libro), las pausas/vacíos en la escritura se invisibilizan y, aunque causen angustia en quien escribe; cuando se vuelve objeto terminado, estas pausas, dudas/digresiones no dejan huella.

Una relación distinta se establece en la lectura. Para/desde el lector, la escritura parte de un objeto, un espacio y la lectura es una actividad en el tiempo. En ese sentido –ante un texto tapiado/terminado, inamovible– también existen/se crean vacíos en el proceso de lectura que no modifican el escrito. No lo hacen dudar. No discrepan. No evidencian su angustia. La reposicionan en el lector/receptor, no en quien produce la palabra.

Pienso en esos huecos/vacíos en ambos sentidos escondidos en el texto.

¿A la palabra la antecede una angustia?

¿En cualquiera de sus dos vertientes, sea su producción oral y escrita o en su recepción, su escucha o lectura, somos esa angustia del vacío?

Por la palabra intentamos acallar ese vacío.

Demasiado tarde nos damos cuenta que necesitamos ese vacío. Que en vez de acallarlo por el lenguaje (oralidad/escritura/lectura), debemos regresar al vacío/silencio primigenio para reencontrarlo. Reencontrarnos en esa angustia que cotidianamente evadimos.

El vacío no (pre)existe. Lo creamos. Lo necesitamos.

Es aquí donde se vuelve relevante ese momento/lugar en que la escritura puede abandonarse por largo tiempo y, al retomarse, desaparece ese vacío/pausa.

¿Y si tan solo en la lectura pudiéramos –no por cansancio, por otra ocupación o interrupciones cotidianas–, hacer coincidir nuestro vacío con ese vacío de la escritura? No me refiero a identificarnos con la problemática a la que el texto nos convoca. No a esos momentos en los que nuestro tren de pensamiento se detona y abandona el hilo narrativo para centrarnos en las rutas que recorren nuestra insondable mente. No.

Hablo de la coincidencia de esos dos vacíos. De ese vacío absoluto y compartido.

¿Qué sucedería si lectura y escritura coinciden en el mismo punto del abandono mutuo? ¿Qué abismo se abriría, qué encuentro, qué pasadizos?

Hablo de encontrar en la solidez de ese objeto que es la escritura (la página, el libro), una grieta, un agujero de gusano que nos permitiera el acceso a ese vacío desnudo, esa angustia que de tan grande no busca ser acallada.

¿Son estos vacíos los que permiten que todo el universo quepa/entre en ese acto de lectura–íntimo/personal? 

¿Estaríamos frente a un hoyo negro de la lectura? ¿Qué implicaría esta posibilidad de penetrar en lo que hay dentro del abandono original de esa escritura? ¿Por fin entenderíamos motivos, intenciones, estructura de ese texto?

No estoy seguro.

La escritura como espacio, como objeto, anula los huecos. La lectura como actividad ocupa el tiempo, lo habita. Es decir, todo se convierte en algo estático. Sólido. Solo el vacío produce una dinámica, nos desubica y sacude.

Ese portal de nada solo aparece y nos enfrenta sin placer y sin sentido. Sin fin y sin palabras. Sin conciencia ni recuerdo. Sin ansia de llenar y sin control.

Llevo años frente a libros y palabras solo para volver a encontrar ese punto. Aunque el efecto secundario de esta ansia sea un conocimiento acumulativo –inolvidable, obsesivo, inútil–, no es eso lo que busco. Sigo apegado a la lectura tal vez, y solo de vez en cuando, para que ese vacío me vuelva a enfrentar.

Esa obsesión, ese encuentro imposible.   

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Foto: Wallace Chuck | pexels.

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