Todo lo que constituye una vida
Por Daniel Espartaco Sánchez
En días pasados, releí La enciclopedia de los muertos, que muchos años antes había hojeado con demasiada premura en la sala principal de la Biblioteca Central de la UNAM, sólo para encontrarme con que recordaba realmente muy poco del relato homónimo que da título a esta colección publicada por Danilo Kiš en 1983. Maravilloso artefacto es la Enciclopedia de Kiš, contenida en una sola biblioteca de anchos galerones, cada uno dedicado a una letra del alfabeto. La narradora de esta historia está de visita en Estocolmo para un festival de teatro, dos meses después de la muerte de su padre, y es llevada a conocer este portento. Ahí, sola en la noche, consulta en la letra M la biografía de su padre que no sólo ya está impresa, sino que el tomo, y la totalidad de la biblioteca, está cubierto de polvo, como si la biografía ya se hubiera impreso incluso antes de la muerte de su progenitor.
«La única condición para entrar en la Enciclopedia de los muertos […] es que la persona cuyo nombre figure en ésta no aparezca en ninguna otra enciclopedia. Lo que me llamó la atención desde el primer momento […] fue la ausencia de personalidades. […] La Enciclopedia de los muertos es obra de una secta o de una organización religiosa en cuyo programa democrático se proclama una visión igualitaria del mundo de los muertos —sin duda inspirada en una de las premisas bíblicas— con el fin de corregir la injusticia humana y de conceder a todas las criaturas de Dios un mismo lugar en la eternidad».
Es decir, que en esta enciclopedia no encontraremos a Napoleón o a Winston Churchill. Sólo existe un único ejemplar de la Enciclopedia, que además posee cualidades como las que ya Borges imaginó para sus propias invenciones. En tan sólo unas páginas, la enciclopedia contiene la totalidad de la vida de su padre —y millones más—, Dj. M., y con la totalidad de una vida no me refiero a los hechos consignados en cualquier tesauro sino «la forma en que describe las relaciones humanas, los encuentros, los paisajes, la multitud de detalles que constituyen la vida de un hombre […] Cada etapa de su vida, cada episodio ha quedado anotado, cada pez que picó el anzuelo, cada página leída, el nombre de cada planta recogida por el niño. […] todo, todo lo que constituye una vida.»
No hace falta agregar que la prosa de Kiš es tan minuciosa y evocadora como pocas lo son: la vida de Dj. M. desfila ante nosotros, plena y llena de altibajos; se trata de la vida de una persona pequeña como todas, atrapada entre los engranajes de la Historia con mayúscula: el siglo XX, la ocupación alemana de Yugoslavia, el socialismo y el terror revolucionario; las francachelas, los amigos, los amoríos, los paisajes. «Nada ha sido omitido: ni la solemne inauguración del monumento de Kalemegdan, ni la intoxicación debida a un helado comprado en la esquina de la calle Makedonska, ni unos zapatos puntiagudos comprados con el dinero que le mandó su padre como premio a su diploma de fin de carrera […] aquellas intimidades que en situaciones semejantes siempre son parecidas y a la vez tan distintas. Porque nunca se repite nada en la historia de los seres humanos —y creo que en ello radica el mensaje esencial de los autores de la Enciclopedia—, todo lo que a primera vista parece igual apenas es similar; cada hombre es un astro aparte, todo ocurre siempre y nunca, todo se repite hasta el infinito y de forma irrepetible…»
Y uno podría citar hasta el infinito este poema en prosa de apenas diez mil palabras, que además logra crear la ilusión de que es posible consignarlo todo de cada una de los billones de vidas minúsculas que han pisado la Tierra. No es de extrañar además que aquella ingente biblioteca comience a registrar las vidas de quienes murieron poco después de 1789, si tomamos esta fecha, la de la toma de la Bastilla, como el comienzo de la edad y la nación modernas, con la cantidad de masacres, genocidios y aberraciones que han ocurrido desde entonces: el Holocausto Judío y Armenio, las víctimas del colonialismo —tan sólo de 10 a 15 millones de personas en el Congo—, el gulag y más recientemente Ruanda, Srebrenica, Kosovo y Gaza, por sólo mencionar algunos. ¿Incluiría La enciclopedia de los muertos el total de estas víctimas propiciatorias en el altar de ideas tan abstractas como religión, etnia o nación?
En el post scriptum al libro, Kiš asegura que la Enciclopedia está inspirado por el sueño de la «persona» para quien está dedicado el relato. Más adelante menciona un reportaje sobre la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y su asombroso archivo, protegido por puertas blindadas, por el cual se llega por cuatro túneles cavados en la roca, distribuido en varias salas subterráneas, donde se conservaban, en la década de 1980, los nombres de 18 mil millones de personas, vivas y muertas —y donde lo más probable es que estemos tú y yo, querido lector—, registradas en ese entonces en un millón 250 mil rollos de microfilm. «El fin de esta ingente empresa consiste en hacer el inventario sobre microfilms de todo el género humano, tanto de los que aún viven como de los que han pasado a la otra vida», un elemento fundamental de la religión de los mormones. Cada miembro de la comunidad puede así, en el presente y en el futuro, bautizar a los antepasados que no reconocieron la verdad de su religión. El equivalente en datos hacia la década de 1980 ocuparía seis millones de libros de tres mil páginas cada uno, según un cálculo de ese entonces. Actualmente, la infraestructura de almacenamiento de FamilySearch (la base de datos genealógica de la Iglesia) se estima entre los veinte y treinta Petabytes (1 Petabyte = 1,000 Terabytes). Se compone de datos de texto: un árbol familiar unificado con 1,800 millones de personas y más de 22,700 millones de nombres indexados de registros oficiales. Una sección que ocuparía tan sólo unos pocos Terabytes. Pero también hay imágenes de alta resolución: miles de millones de documentos parroquiales, censos y actas de todo el mundo, incluida la digitalización completa de los 2.4 millones de microfilmes mencionados ya en el reportaje citado por Kiš en el post scriptum. Y todo esto equivaldría a más de 2,000 veces la Biblioteca del Congreso.
Después de cerrar el libro, me fui a la cama sin poder dormir. Como el protagonista de su relato, Danilo Kiš falleció de cáncer el 15 de octubre de 1989, por lo que no pudo conocer el desarrollo de la World Wide Web, el hipertexto, los hipervínculos, el formato wiki, que permite crear páginas de manera instantánea, sin hablar de la Wikipedia, una de las empresas colaborativas más importantes de nuestra era. Contando todas las ediciones, en todos los idiomas, la Wikipedia consta de más de 60 millones de artículos, hospedados en siete servidores localizados en Estados Unidos, Europa, Asia y América Latina, si no me equivoco. Sólo el texto plano descomprimido pesaría unos 200 GB, que, con los sistemas de almacenamientos actuales cabrían en la palma de la mano. Y pensé, ¿la Enciclopedia de los muertos de Kiš podría caber en la palma de una mano?
Es decir: una Wikipedia de los muertos.
Por desgracia, no podría contener absolutamente todos los detalles de una vida, como la que imaginó Kiš, pero fue inevitable intentar un cálculo más o menos aproximado. Según el estudio «How Many People Have Ever Lived on Earth?» de Kaneda y Haub, publicado por el Population Reference Bureau (PBR), actualmente somos 8 billones, pero se estima que en total han fallecido unos 117 billones de personas. Y si la extensión promedio de un artículo de Wikipedia es de 7 kb (unas 750 palabras más o menos), una Wikipedia de los muertos que englobara un artículo por cada uno de los 117 billones de vidas humanas que han pisado la Tierra sumaría un total de 710 TB de texto plano descomprimido. Y para que el lector se haga una idea, la totalidad de estas biografías cabrían en algunos dispositivos SSD de última generación, de 16 TB, ultradelgados, unos 45 en total. Estos SSD pesan apenas 22 gramos, por lo que la totalidad de las biografías de las vidas humanas que han pisado la tierra pesaría casi lo mismo que una botella de agua de un litro. Esta Necropedia sería algo tan fantástico como imposible, pero también algo que bien podría imaginar un escritor de ciencia ficción.
La historia, sin embargo, no está exenta de cierta justicia de la llamada poética, el primer ser humano del que se tiene conocimiento, es decir, por nombre y apellido, no fue un rey o un caudillo ni un sacerdote sino un simple contador llamado Kushim, que vivió hace más de cinco mil años en la actual Sumeria, como lo constata una tablilla de barro llamada Tablilla de Kushim. ¿Habrán ya los mormones bautizado en su fe al buen Kushim, un contador de la ciudad de Ur, o seguirá en el limbo de sus dioses paganos? No lo sé, pero mi contador sin duda se sentiría orgulloso de saber que la contabilidad es tan vieja como la civilización. Aunque poco o nada más sabemos de Kushim: si amó o fue amado, si tuvo hijos, si alguna vez se emborrachó con cerveza, si recurrió a los servicios de las prostitutas sagradas del templo, todo eso se ha perdido irremisiblemente como lágrimas en la lluvia.
Nacido en Subotica, hijo de un judío húngaro y madre montenegrina, criado en Voivodina, una región de Yugoslavia habitada por diferentes grupos étnicos, Danilo Kiš representaba la diversidad del país, pero no vivió para ver la disolución de Yugoslavia, de la que terminó por exiliarse, por lo tanto, tampoco vivió para ver las llamadas Guerras de los Balcanes. Al escribir esto, me entero por una nota de la agencia EFE de una iniciativa llamada El libro bosnio de los muertos, editado hace unos años. Cuatro volúmenes de más de 1000 páginas que pretenden registrar la mayoría de las muertes ocurridas en este conflicto. Hay 95,940 nombres consignados, más cerca de 5000 nombres en el último tomo, cuyas circunstancias de muerte aún no se habían logrado identificar hacia el año 2013. No es obra de «una secta o de una organización religiosa en cuyo programa democrático se proclama una visión igualitaria del mundo de los muertos», pero sí se trata de un proyecto que pretende despolitizar el conflicto, y darle un nombre a los ciudadanos muertos en la Guerra de Bosnia: contiene nombres, etnia, fechas de nacimiento y muerte, aunque por desgracia, nunca podremos saber «la multitud de detalles que constituyen la vida» de aquellas personas, como tampoco de los casos de desaparecidos y asesinados en México desde el 2006, que superan en cifras los de cualquier guerra convencional.



