Por Virginie Kastel
La mujer que leyó las líneas de mi mano hace diez años fue categórica: Aún no has conocido el amor, pero te pasará.
Y continuó: Cuando las cosas se vuelvan difíciles, toma este amuleto entre tus manos, apriétalo con fuerza y no permitas que nadie lo toque.
Perdí aquel amuleto durante años. Volvió a aparecer cuando murió el padre de mi hijo, tras un cáncer mal diagnosticado y mal tratado. Para entonces, yo también tenía cáncer.
¿Por qué lo quieres tanto?
Nunca he sabido responder a esa pregunta.
No olvido la mancha de sangre sobre la cama donde su cuerpo dejó de ser, de repente, un cuerpo para convertirse en un cadáver.
Reconocí aquel cadáver junto a su hermano, mientras sus amigos habían abandonado la escena. Jamás lo olvidaré. Tampoco olvido como, ese día, morí. Ver un muerto es inevitablemente morirse un poco.
Entre nuestra separación y su muerte transcurrieron siete años. Superé la sensación de un divorcio que nunca ocurrió porque jamás estuvimos casados. Sin embargo, me siento viuda de forma permanente.
No estábamos casados. Estábamos separados. Entonces, ¿qué era yo?
Recuerdo que, años atrás, pensé haberme enamorado de un amigo. Él mantenía una relación, y por eso no me atreví a amarlo.
Tu hijo podría haber sido el mío.
Tú podrías haber sido mi esposo.
Años después, cuando nos confesamos nuestros sentimientos, lloramos durante horas en mitad de la noche, con las manos sobre el rostro del otro. Fue una noche desoladora.
El sentimiento no avanzó. Entonces, permanecí incrédula, silenciosa, triste, resignada, indignada. Libre.
El amor busca encontrar en el otro una imagen que lo confirme para poder crecer, materializarse y convertirse en una historia.
Durante los últimos meses, yo regreso a él después de cada fracaso amoroso, a veces imagino una vida juntos.
La imagino mientras conduzco, cuando estoy a solas sin ocupaciones. Me veo a su lado en todas las ciudades, en todos los países, en todos los momentos. Me gustaría caminar por Estambul junto a él. Ir a Roma cada semana. Que contemplara el mundo a través de mis ojos, con mi manera brusca y cultivada, apasionada y medida de entender la vida. Y yo contemplarlo a través de los suyos: apasionados y mesurados, analíticos y brutales.
Me gustaría nadar con él en las aguas más transparentes y perderme en el calor de su mano. Vivir en Buenos Aires y crear juntos, en silencio, la obra más importante de nuestras vidas.
Pero no es recomendable imaginar demasiado el amor. Su desenlace depende de un destino que está a merced de la rotación perpetua de los astros.



