Vine triste al Reina Sofía

A partir de obras de Oliver Laxe, Alberto Greco, Sanja Iveković y Abigail Reyes, Teresa Martínez reflexiona sobre el museo como un espacio donde el arte dialoga con nuestra experiencia personal.

agosto 6, 2026

Por Teresa Martínez

Cada vez que visitamos un museo la experiencia es distinta, no importa que se trate del mismo lugar. Todo depende de nuestro contexto, nuestros antecedentes, también de nuestro estado de ánimo.

En abril fui por tercera vez al Museo Reina Sofía, en Madrid. Aunque pasaba por un momento pesado, ha sido la mejor de las visitas. Mucho se ha hablado de cómo el arte tiene un efecto psicológico y cognitivo en el público, estimulando la mente al enfrentarla a las ideas y a una experiencia estética. Con frecuencia se publican estudios científicos sobre eso. En el 2025, investigadores de la Universidad de Florencia analizaron a 92 asistentes de la muestra Libertà clandestine, de Mariana Ferratto, en el Murate Art District de Florencia, y encontraron que, al recorrer las obras de arte contemporáneo, los participantes tuvieron una reducción de ansiedad, mientras que la empatía, la curiosidad y la compasión se incrementaron.

Fui al museo con mi hermano Juan, que vive allá hace tiempo. Empezamos por la videoinstalación HU/هُوَ. Bailad como si nadie os viera, del cineasta gallego Oliver Laxe y que es un antecedente de la aclamada película Sirat. Este proyecto estrena una nueva área del museo llamada Espacio 1, con una programación enfocada al cine de exhibición. En el caso de Laxe, la muestra en penumbras tenía de antesala una instalación de bocinas utilizadas en los raves, acomodadas como si se tratara de un altar. Después, la proyección extendida en tres muros sumergía al espectador en un paisaje desértico, con personajes bailando bajo un intenso sol. Más allá del concepto vinculado a lo espiritual, me pareció que la obra capta el goce del momento: personas absortas en el baile, fluyendo con sus movimientos con una concentración similar a la meditación. Pensé acerca de vivir el presente, y concentrarse en el ahora como una forma más espiritual de vivir, algo difícil si a la mente le gusta irse a otros tiempos. En la obra, el baile se presenta como una manera de entrar al trance y alinear el cuerpo con la mente y el espíritu.

HU/هُوَ. Bailad como si nadie os viera, de Oliver Laxe

Seguimos por la exhibición Viva el arte vivo, dedicada al artista argentino Alberto Greco, quien marcó una transición importante entre el arte moderno y contemporáneo no solo en su país natal, sino también en el arte latinoamericano, desarrollando su práctica en Italia y España. Greco es un creador que diluyó completamente la división entre la obra y la vida. Es pionero del arte vivo, un movimiento en el que se entremezclan asuntos personales y experiencias de la vida misma con las obras: “La realidad sin retoque ni transformación artística”, dice en su manifiesto que escribió en 1962 en Génova. Sus medios de expresión eran múltiples: desde pinturas gestuales, actos en la vía pública, hasta obra literaria, también lo documental con reportajes de prensa. La muestra comprendía obras desde 1949 hasta 1965, reunía fotografías de sus performances, también sus pinturas, en las que muchas veces tomaba el lienzo como una hoja de libreta donde hacía apuntes, escribía una carta y mezclaba elementos tipográficos con figuras a lápiz o en pintura negra. Los periódicos de la época, como se lee en los recortes reunidos, narran los performances con asombro. Uno de octubre de 1963 titula como “Sin precedentes” una presentación en el metro donde los asistentes pintaron cuadros y después los quemaron. Dice la nota: “¿Qué es el Vivo-Dito?, se preguntarán quienes aún no lo conocen. Alberto Greco dice: ‘Es la aventura de lo real, el sentir interno de las (situaciones) que se producen. Es una pintura sin pintores’”.

Exposición Viva el arte vivo, de Alberto Greco.

Ante ese ímpetu por expresar la vida reflexioné acerca de aquella necesidad del ser humano por externar lo que le sucede, como un acto humanamente básico, esas ganas de vivir y contar lo vivido. En el arte, lo particular escala a lo social, lo íntimo se va a lo colectivo a través de todo un proceso creativo del artista, que igual pasa en otras disciplinas como el teatro o el cine.

Exposición Colección. Arte contemporáneo: 1975 al presente

Por último, vimos la muestra Colección. Arte contemporáneo: 1975 al presente, una revisión al acervo del museo de las últimas cinco décadas. Me pareció que la curaduría propuso una manera diferente de aproximarse a una colección, logrando una lectura cálida y entrañable sin dejar el rigor académico. Estructurada como si se trataran de los capítulos de una novela, la exposición tituló su primera parte como “Itinerario I: Una historia de los afectos en el arte contemporáneo”, donde había obras de artistas que abordaban asuntos feministas, como la cubana Ana Mendieta o la española Esther Ferrer. Una de ellas es la croata Sanja Iveković, con su video Cortes personales (1982), emitido por televisión en su momento, en un horario estelar. La artista cubre su rostro con una media negra, y con unas tijeras va haciendo pequeños cortes, descubriéndose poco a poco con los múltiples agujeros. Una acción que parte de un contexto político en Yugoslavia, haciendo una crítica al relato oficial, pero que también cuestiona el control de la identidad individual, especialmente en las mujeres.

Sanja Iveković, Cortes personales (1982)

Casi al final de la exposición, que visité dos veces, había una obra que no me puedo sacar de la cabeza: Sí Señor (2014-2015) de la salvadoreña Abigail Reyes. Es un video en el que la artista reunió fragmentos de telenovelas latinoamericanas donde los personajes femeninos dicen la frase “sí, señor”, ante una orden de un personaje masculino. Básicamente es un retrato de la sumisión femenina en la cultura popular. Antes de la masificación del internet y las redes sociales, la televisión era el centro de entretenimiento, y las telenovelas funcionaban también como una doctrina, o una forma discursiva de los roles sociales. Muchas de las que crecimos con las novelas tenemos una idea errónea del amor romántico: sacrificado, pasional, misericordioso en exceso y machista. Poco feminismo había en esos contenidos.

Volviendo al estudio que mencioné, no tengo certeza de si el estado de ánimo realmente cambia con una visita. Pensé: vine triste al Reina Sofía y sigo triste. Tal vez no me cambió radicalmente, pero sí tuve lecturas muy particulares sobre las obras, más personales. El museo no es un paliativo, es un espacio donde podemos pensar sobre distintos aspectos ante las obras, ¿cómo se relacionan conmigo ahora?, ¿qué es lo que dicen acerca de la sociedad en que vivimos? Es un ejercicio muy personal y solitario que vale la pena hacer de vez en cuando: recorrer el museo desde la introspección. El museo no me alivió, pero sí me permitió vivir el presente.

Teresa Martínez (Nuevo León, 1985) es periodista freelance que ha colaborado en distintos medios corporativos y culturales como El NorteReformaLa TempestadRevista ReplicanteVida Universitaria y Leer Mejora tu Vida. Es egresada de la licenciatura de Artes Visuales de la UANL. Organizó y editó un diálogo que moderó entre los colectivos de artistas Tercerunquinto y marcelaygina, publicado en el libro Nos gustaría contestar algunas preguntas. Colectivo marcelaygina 1997-2010 (MARCO-UANL, 2023). Se desempeñó como reportera durante 14 años en el periódico El Norte, donde produjo y realizó el programa Visita Guiada, una serie de videos acerca de las exhibiciones en museos, y en 2019 editó la revista Miradas. En 2016 fue galardonada con el Reconocimiento a la Excelencia en el Desarrollo Profesional de la UANL. Actualmente, es coordinadora de atención a medios en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey.

Fotos: cortesía de Teresa Martínez.

Compartir:

Usamos cookies para mejorar tu experiencia y personalizar contenido. Al continuar, aceptas su uso. Más detalles en nuestra Política de Cookies.