Por Arturo Roti
Apenas entra ese sintetizador Oberheim, el cuerpo ya no es tuyo. Se activa un reflejo colectivo que no distingue edad, género musical favorito ni destreza real con ningún instrumento.
A mí me pasó exactamente eso a principios de los ochenta, cuando escuché por primera vez a Rush a través de este tema. No los conocía, no sabía nada de su trayectoria progresiva de los setenta, ni de Neil Peart como letrista influido por Ayn Rand. Solo sabía que algo adentro de esa canción me obligaba a moverme. Las baquetas invisibles salían disparadas al aire en cuanto entraba la batería; los dedos buscaban un teclado que no existía; y ese bajo de Geddy Lee —grueso, protagónico, imposible de ignorar— se convertía en la línea que todos, en nuestra cabeza, tocábamos nota por nota.
Ahí está el truco de “Tom Sawyer”: es una canción de tres instrumentistas que suenan como diez. Peart, Lee y Lifeson entrelazan partes tan distintas entre sí que el oído no puede quedarse quieto en una sola. Pasas de la batería al bajo, del bajo al synth, del synth a la guitarra, y en ese tránsito constante terminas por sentir que tú también estás ahí arriba, ejecutando el tema completo. Cada quien, en su sala o en su cuarto, se convertía por un rato en un power trio completo.
Y ahí seguía yo, adolescente, preguntándome cómo carajos lograban tres tipos sonar así. La respuesta llegaría después, con los años, con más discos, con el descubrimiento de Moving Pictures completo. Pero esa primera vez no hacía falta entender nada.
La historia real de la canción empieza en el verano de 1979 (algunas fuentes lo sitúan en 1980), cuando Rush se retiró a descansar y componer en una granja fuera de Toronto que había pertenecido a Ronnie Hawkins, el rockabillero que décadas atrás había apadrinado a The Band. Ahí, sin otra responsabilidad que escribir, el trío recibió un poema de un amigo llamado Pye Dubois, letrista de la banda Max Webster —con quienes Rush ya había grabado la canción “Battle Scar” un año antes—. Dubois era, según Lifeson, un tipo peculiar, casi extraño, pero con una pluma extraordinaria. El poema se titulaba “Louie the Warrior” y retrataba a un rebelde solitario. Peart tomó esa base, la reescribió, cambió el título por el de un personaje que los tres músicos habían leído en la escuela —el Tom Sawyer de Mark Twain, publicado en 1876— y le añadió una capa autobiográfica: la reconciliación entre el niño y el adulto que todos cargamos dentro.
Musicalmente, la pieza es un rompecabezas disfrazado de himno radiofónico. Empieza en 4/4, salta a 7/8, se enreda brevemente en 13/16 durante el tramo instrumental, regresa al 4/4 y cierra otra vez en 7/8. Nada de esto se siente complicado al oído virgen; ahí está el genio de Peart, capaz de esconder aritmética compleja dentro de un groove que cualquiera puede corear. No es casualidad que Drumeo la haya nombrado, décadas después, una de las canciones favoritas del mundo para tocar «batería de aire» — validación tardía de lo que todos hacíamos ya en nuestros cuartos sin saberlo.
Hay más curiosidades que rara vez se cuentan. Rob Reiner tituló su película de 1986 Stand By Me —basada en un relato de Stephen King originalmente llamado The Body— porque el nombre original le sonaba a cinta de terror; el título terminó prestado de otra canción, pero la anécdota ilustra cómo la cultura ochentera se robaba versos y frases sin pedir permiso. En Brasil, “Tom Sawyer” se volvió sonido reconocible para generaciones enteras al ser usada como tema de apertura del programa Profissão Perigo, muy lejos del circuito norteamericano donde nació. Y el propio sonido de apertura —ese gruñido sintetizado que parece anunciar una tormenta— salió de un Oberheim OB-Xa, un instrumento que en ese momento era relativamente nuevo en el mercado y que Geddy Lee convirtió, sin proponérselo, en una de las texturas más imitadas del rock ochentero.
Cuarenta y tantos años después, sigue funcionando el mismo mecanismo: alguien, en algún lugar, está soltando las baquetas al aire justo ahora, sin saber que repite un ritual que empezó en una granja canadiense con un poema extraño y un título prestado de Mark Twain. Y ese alguien, por cinco minutos, también es Neil Peart, también es Geddy Lee, también es Alex Lifeson. Esa es la herencia real de “Tom Sawyer”: convertirnos, aunque sea un instante, en algo más grande de lo que somos.


