“El maestro y Margarita” de Michael Lockshin

Lockshin nos entrega una comedia sombría y sobria (muy rusa) que no le hace justicia al carácter juguetón de Bulgákov (muy ucraniano), tan bien hecha que en algún momento me da la impresión de estar frente a un videoclip.

agosto 19, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

(Nota: esta entrada no es sobre La Odisea)

Mala suerte ha tenido El maestro y Margarita de Michael Lockshin. Primero, porque fue filmada en el año 2021, en plena pandemia; segundo, porque estaba destinada para su estreno en 2022, el año de la invasión a Ucrania —razón por la que fue bloqueada en Occidente—, y tercero, porque al parecer la película contiene fuertes críticas a la dictadura soviética (y a toda forma de totalitarismo) que no fueron bien recibidas por los nostálgicos y sentimentales oligarcas rusos y la crítica afín al gobierno del amado Vladimir Vladimirovich (los que van a morir, te saludan). Tampoco ayudó que el director se declarara en contra de la invasión a Ucrania. ¿Qué más? Ah, sí, que el autor del libro homónimo fuera ucraniano, aunque lo escribiera en ruso, entre otras cosas, y sin embargo, El maestro y Margarita rompió todos los récords de la taquilla rusa de la era postsoviética, y el resultado, el filme, es impresionante en cuanto a efectos especiales y calidad, algo que parecía imposible, aunque adaptaciones previas ya las hubiera: una bastante libre de Wajda de 1972, otra italoyugoslava de 1973, y otras dos rusas de 1994 y 2005, entre otras.

         Dicen —pero Alá es más sabio— que toda obra maestra de la literatura es, muy a su pesar, una mezcla de géneros. El ejemplo más citado es Romeo y Julieta, una comedia que termina como tragedia —aunque Milhouse Van Houten opine lo contrario—; Crimen y castigo tiene algo de novelita policiaca, pero ¿qué es El maestro y Margarita? Novela fáustica, sin duda, novelita sentimental, también política, satírica, exuberante y meridional, pero también una comedia desde el punto de vista aristotélico (Spoiler alert). Lockshin nos entrega una comedia sombría y sobria (muy rusa) que no le hace justicia al carácter juguetón de Bulgákov (muy ucraniano), tan bien hecha que en algún momento me da la impresión de estar frente a un videoclip. Para Lockshin era tan importante la parte política de la obra que prefirió explicárnosla en diálogos muy puntuales, como diciendo “yo sí entendí el libro, ustedes no” y decidió no hacer precisamente una adaptación sino una readaptación argumental a cargo del guionista, Roman Kantor, con quien ya previamente había realizado Patines de plata (2020), una bonita historia de amor ambientada en la rusa zarista, que desafía las clases sociales, bla, bla, bla (disponible en Netflix).

         El protagonista es un trasunto del propio Bulgákov, quien está a punto de presentar una obra de teatro sobre Poncio Pilatos y su relación con Jesús de Nazareth (Yeshua Ha-Nozri) previa al juicio y ejecución de éste. Cuando la obra es prohibida por la censura soviética, el autor es linchado por la Unión de Escritores (algo que vivió el propio Bulgákov), y comienza a escribir una novela luego de conocer en un desfile a Margarita, una mujer casada con un hombre de la nueva clase alta soviética, “un hombre que ha prestado un gran servicio a la nación”. Por lo tanto, estamos frente a una historia de amor que desafía las clases sociales. O como diría Abraham Isaac Quintanilla III: amor prohibido murmuran por las calles. ¿Estoy viendo un patrón aquí? De esta manera, el protagonista comienza a escribir una novela que terminará por llamarse El maestro y Margarita. Es decir, que El maestro y Margarita, la película, no es solamente una adaptación de El maestro y Margarita, sino una historia ficticia sobre cómo se escribió El maestro y Margarita. Y todo este embrollo sirve para justificar una especie de homenaje velado al propio Bulgákov, quien se escudó tras su propio trasunto, el maestro, para hablar de su situación marginal dentro del sistema soviético. Podría extenderme en todo este rollo, pero solo tengo mil palabras de espacio. Y por si esto no fuera lo suficientemente obvio, hay una serie de paralelismos entre el Bulgákov real y el protagonista. También varias obras teatrales de Bulgákov fueron prohibidas en su momento, como ciertas obras fueron retiradas de circulación una vez publicadas, el caso más famoso es La guardia blanca y su adaptación teatral, La huida, etcétera. Algo también hay en la película de la Novela teatral o de La isla púrpura (wink, wink). Quien conozca la obra de Bulgákov entenderá estos guiños como un fan de Marvel identifica a todos los tipos con mallas en una de esas aburridas producciones de tres horas. Habrá que esperar a que un joven y sesudo ensayista nos lo explique todo en un largo texto publicado en un suplemento cultural, que nadie va a leer. Como ya dije, yo tengo sólo mil palabras bajo riesgo de mi propia vida.

Y por lo tanto, me resulta difícil mantenerme en una postura neutral sobre el resultado final. En mi librero están todas las obras de Bulgákov disponibles en español. Al menos tres de los libros que he publicado llevan un epígrafe del mismo (tengo tatuado el rostro del autor en una nalga). Esto no es una reseña crítica sino un comentario no tan entusiasta, pues siempre se me sale una lagrimita cuando pienso en la historia de amor entre el maestro y Margarita, o que, en mi opinión, el gato Behemoth no apareció lo suficiente (¡queremos más Behemoth!), que la película me pareció demasiado sobria en comparación con el libro, más deliciosamente chacotero. Pero sin duda vale la pena verla, si la encuentras.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Imagen: Atmosphere Kino | Web.

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