La Tumba, o de cómo un lugar también se vuelve memoria

La Tumba está cerrando con la dignidad de quien sabe irse a tiempo. El anuncio del “Pájaro” lo dice con una claridad que duele: ”Hay lugares que son de ladrillos y hay lugares que son de abrazos.”

agosto 13, 2026

Por Arturo Roti

Hay noticias que uno recibe con la razón y otras que uno recibe con el estómago. La del cierre de La Tumba es de las segundas.

Treinta y dos años. Sergio “Pájaro” Treviño abrió esa casona del Barrio Antiguo en 1994 y la convirtió en algo que ninguna otra guarida nocturna de Monterrey logró replicar del todo: un lugar donde cabía la trova junto al hardcore, el jazz junto al vallenato, Fernando Delgadillo junto a Agnostic Front. Un antro que en realidad funcionaba como centro cultural, aunque nadie ahí usara esa palabra en voz alta.

Yo tengo mis propios ladrillos ahí adentro. Los sábados de La Tumba fueron, durante años, mi cita fija. Ahí vi tocar a bandas que ya no existen y a otras que siguen sonando en mi cabeza cada vez que paso por Padre Mier. Ahí fui varias veces a ver cantar a mi amigo Pablo Montelongo, con esa voz que conocía tan bien el escenario que parecía que el escenario también la conocía a ella. Y ahí, dos noches que todavía puedo oler, subí junto a Zaira Elliete Espinosa a hacer lo nuestro: Altavoz, ese conversatorio sobre discos y libros que armamos casi por terquedad, por ganas de hablar de lo que amábamos frente a gente que también lo amaba. Pisar ese escenario, dos veces, fue de esas cosas que uno guarda sin saber, en el momento, que las está guardando.

La Tumba está cerrando con la dignidad de quien sabe irse a tiempo. El anuncio del “Pájaro” lo dice con una claridad que duele: ”Hay lugares que son de ladrillos y hay lugares que son de abrazos.” Y esta semana lo demuestra con los hechos. El 31 de julio y el 1 de agosto, Fernando Delgadillo tomó de la mano al recinto para cruzar la puerta por última vez, como corresponde: con trova, con poesía, con el corazón en la mano, cerrando como empezaron. El 12 le toca despedirse a Paco Barrios “El Mastuerzo” con su Bötellita Retornable, en el último Guacarrock. El 14, El Gran Silencio cierra con ”La Última y Nos Vamos”, gracias por ser parte de la historia. Y el 15, el cierre definitivo lo pone el 30 aniversario de The Dream of Nebiros, con metal market, bandas de soporte y todo, la última fecha de este recinto emblemático.

No es casualidad que hayan elegido despedirse así: con música en vivo hasta el último respiro, sin funeral, sin solemnidad forzada. ”Si nos vamos, que no sea tristes, que sea cantando y bailando”, escribieron. Es exactamente el espíritu que hizo de ese lugar lo que fue.

Por ahí circula una versión de por qué se llegó a este cierre, y aunque no la tengo confirmada del todo, vale la pena nombrarla porque le pasa a media ciudad: se dice que le pidieron el inmueble, que se lo pusieron en venta, y que la lana necesaria para quedárselo simplemente no apareció a tiempo. Si es así, no habla de Pájaro. Habla del Barrio Antiguo entero, de cómo el terreno bajo los lugares que amamos ya vale más que los lugares mismos, y de cómo treinta y dos años de historia cultural terminan compitiendo, en una mesa de negociación, contra el precio por metro cuadrado. Es una historia que ya hemos visto con otros espacios de esta ciudad y que seguiremos viendo.

Monterrey ha visto cerrar muchos espacios sin pena ni gloria. La Tumba no es de esos. Es, junto al Café Iguana, de los pocos que sostuvieron la vida nocturna de esta ciudad incluso en los años más duros, cuando el miedo vaciaba las calles y algunos escenarios simplemente apagaron las luces para no volver a encenderlas. La Tumba resistió. Ahora se va por decisión propia, no por derrota, y eso también hay que celebrarlo.

Uno no parte de un lugar despidiéndose de las paredes. Uno dice adiós a un lugar despidiéndose de quién era cuando entraba ahí cada sábado, todavía sin saber en qué se iba a convertir. Esa versión mía sigue ahí adentro, en algún rincón de esa casona, cantando desafinado una canción que en ese momento sentía escrita solo para mí.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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