Por Arturo Roti
Hay canciones que parecen llegar completas al mundo, como si nunca hubieran podido ser de otra manera. “Here Comes the Sun” es una de ellas: esa introducción de guitarra acústica, la voz de George Harrison entrando casi en susurro, el alivio de saber que el invierno se acaba. Nada le falta. O eso creímos durante cuarenta y tres años.
Porque había un solo, grabado el 6 de agosto de 1969, en algún punto de esas sesiones de Abbey Road que ya eran, sin que nadie lo supiera del todo, la despedida de los Beatles. George Martin escuchó las tomas, decidió que la canción no lo necesitaba, y en la caja de la cinta maestra escribió a mano una instrucción breve, casi seca: no usar las guitarras del solo de las tomas 6 y 7. Y ahí se quedó, enterrado en el archivo de Abbey Road, mientras el mundo entero aprendía a cantar una canción que nunca tuvo ese fragmento.

Lo que pasó después tiene algo de milagro doméstico. Dhani Harrison —el hijo de George— estaba en los estudios de Abbey Road junto a George Martin y su hijo Giles, revisando las pistas originales para un documental sobre la vida de su padre. Estaban ahí por trabajo, moviendo faders, escuchando capas de una canción que probablemente ya se sabían de memoria. Y entonces, sin buscarlo, tocaron el fader correcto en el momento correcto. Aquel solo perdido salió de las bocinas por primera vez en más de cuatro décadas.
Uno puede imaginarse la escena sin mucho esfuerzo: el silencio breve que sigue a una sorpresa así, Dhani reconociendo en esas notas algo que nunca había escuchado y que sin embargo era inconfundiblemente su padre. Dicen que dijo que era distinto a todo lo que conocía. Y quien ha escuchado ese fragmento entiende por qué: no suena a guitarra eléctrica tocando un solo de rock. Suena a otra cosa, algo más parecido a una cítara o a un clarinete, esa cualidad líquida y melancólica que Harrison lograba cuando dejaba de tocar para impresionar y tocaba, nada más, para decir algo.
George Martin, el hombre que había tomado la decisión de cortarlo, estaba ahí también, escuchando su propia elección cuarenta años después. Y algo en su reacción —esa mezcla de sorpresa y reconocimiento tardío— es quizás lo más conmovedor de toda la historia: hasta los productores más lúcidos olvidan sus propias decisiones, y a veces hace falta el azar, un hijo curioso y un fader mal apagado para que el pasado regrese a hablarnos.
Para los fans que después encontraron ese clip circulando por internet, la emoción fue parecida, aunque a distancia: la sensación de estar recibiendo un regalo que no sabíamos que existía, un pedazo de George Harrison que el tiempo había guardado sin avisarle a nadie. Y ahí es donde vale la pena preguntarse algo incómodo: ¿cuántos solos así existen todavía, encerrados en cintas que nadie ha vuelto a tocar? La industria discográfica de los sesenta y setenta funcionaba con una lógica de descarte brutal —lo que no cabía en tres minutos y medio, se cortaba, sin importar lo que fuera—, y esa lógica nos dejó canciones perfectas a costa de fragmentos que quizás merecían otro destino.
George Martin tomó la decisión correcta para “Here Comes the Sun”: la canción sigue siendo perfecta tal como es y no necesita ese solo, probablemente perdería algo de su elegancia con él adentro. Pero conviene no perder del todo la incomodidad: en algún archivo, ahora mismo, sigue durmiendo música que nadie va a rescatar jamás, descartes que pudieron ser de otra manera, y que a veces la historia, con suerte y con cariño, decide devolvérnoslos.


