Maxwell Smart: el superagente literario 86
Por Daniel Espartaco Sánchez
Tres hombres mueren en un accidente de avión, pero al llegar al cielo, san Pedro, el portero celestial, les dice que el cielo está más que atiborrado, pero que hay lugar tan sólo para uno de ellos. Podrá entrar aquel que demuestre tener el oficio más antiguo del mundo, les dice, los otros dos tendrán que ir al limbo. Así que el primero de los hombres da un paso al frente y dice: “Dios creó a la mujer tomando una costilla de Adán, por lo tanto, Dios fue el primer cirujano y yo también soy cirujano”. San Pedro asiente de manera afirmativa, pues suena bastante razonable, pero el segundo de los hombres da un paso al frente y dice: “Antes de Adán, todo era el caos, y Dios separó los cielos de la tierra, por lo que Dios fue el primer ingeniero, y yo soy ingeniero”. Esto último convence aún más a san Pedro, pero el tercer hombre da un paso al frente: “un momento, antes de que Dios creara todas las cosas, todo era caos, y yo soy economista, ¿quién creen que creo todo ese caos?
Por cierto que se dice de manera más que injusta que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo, y aunque el oficio de agente literario tenga mucho en común con este último, lo cierto es que es relativamente reciente. Las prostitutas además son mujeres respetables del proletariado que deben llevar el pan a la casa. Pero, ¿con qué se come un agente literario? Habría que definirlo primero. Un agente literario es alguien que se queda con el 15 por ciento de tus ganancias. Entonces, ¿un agente literario es como el Estado? No exactamente. Se supondría que un agente literario es el que hace el trabajo sucio que ningún autor con un poco de dignidad tendría que hacer: relaciones públicas, empinar el codo con gente variopinta, negociar contratos y adelantos, ser un poco animal whisperer —como dicen los anglosajones—, tener todos los contactos y asistir a todos los cocteles, etcétera, etcétera, etcétera. Entonces, ¿un agente literario es como ser amigo de Andy López? No exactamente. Aunque para ser un buen agente literario hay que tener el don de gentes, de los negocios y el de la ubicuidad, como san Martín de Porres. No se necesita siquiera ser un buen lector, basta con que sepas leer un contrato al revés y al derecho, y a veces ni siquiera eso, tal es el caso de mi agente, Maxwell Smart, el superagente literario 86.
Por cierto, que a los escritores jóvenes les hace mucha ilusión tener un agente literario y hablan de eso como si fuera cualquier cosa.
—¿Quién es tu agente? —dicen, con ese tonó blazé, al estilo de un joven oficial de caballería en una novela de Tolstói—, el mío es…
Algunos de estos jóvenes bizarros incluso viajan cada año a la Feria Interplanetaria del Libro para ver si pueden cazar a alguno como al Tigre de Santa Julia, es decir, en el baño, armados con su último manuscrito de 600 páginas sobre la condición humana y las pequeñas formas en las que se presenta la esperanza. Los agentes literarios le temen tanto a estos individuos como Britney Spears le teme a los paparazzis. Lo cierto es que no existe una gran diversidad cuando hablamos de esta fauna nociva. Jugar Pokémon go es más divertido. Ya se sabe, tienes los de fuego, los de agua, los eléctricos o de hielo, los de tierra o los voladores de Papantla. Cerca de mi casa hay un gimnasio y voy ahí todos los días.
Existe muchas formas de pescar un agente literario, pero la mayoría de los escritores jóvenes lo imagina más o menos así. Tras una cogorza de órdago de dos días de duración, luego de terminar su manuscrito, el joven escritor despierta con una cruda de esas que no las tiene ni Obama, pero suena el ringtone chistoso de su teléfono celular con la música de El Padrino.
—¿Juanito?
—Al habla.
—Mi nombre es Andrew Wylie, el mejor agente literario del mundo, ¿no sé si hayas oído hablar de mí? Represento a Martín Amis y a John Banville, nomás por poner un ejemplo.
—Ajá.
—También a Judith Butler, la filósofa woke…
—Ve al grano, Wylie, tengo resaca, qué quieres.
—Quiero ser tu agente, Juanito, acabo de leer tu último manuscrito, Páramo de sombras inconexas, es fantástico… tengo sobre la mesa un contrato con Penguin Ramdom Paramount Viacom Books Corporation… ¿cómo te caerían ahorita unos 500 mil dólares?
—¿No podríamos negociar más?
—El mercado está muy saturado hoy en día, Juanito…
Tal vez Maxwell Smart no sea Andy Wylie, pero en su defensa puedo decir que brilla con luz propia al otro lado del espectro: el de la ineptitud e incapacidad para conseguir un buen contrato. Lo supe desde el primer día en que nos citamos en una cantina del centro: su mirada oblicua a lo Peter Lorre, su mano fría y flácida como un filete de tilapia descongelándose en el fregador, unas entradas en el cabello que ya más bien parecían las últimas salidas a Brooklyn. Venía con su fiel asistente, 69, una despampanante brunette talla 36C, aunque sospecho que Maxwel también brilla con luz propia en el otro espectro de la sexualidad, el lado salvaje del que hablaba Lou Reed. Maxwell ya tenía preparado un contrato —Maxwell Smart y asociados— y como buen vendedor de autos usados —Old Mad Joe de Wichita Falls—, me convenció de que yo necesitaba algo que realmente no necesitaba: un superagente literario. Después de un par de tequilas Siete Leguas (mi favorito), firmé el contrato bellamente presentado en papel membretado con la Mont Blanc pirata de Maxwell, sin duda la mejor imitación que he visto hasta ahora. No esperaba mucho de Maxwell, pero aún así logró decepcionarme. Yo ya tenía un libro ad portas, así que hablé con mi editor en ese tono blazé de oficial de húsares en una novela de Tolstói, justo antes de batirse en el duelo que lo matará de septicemia dos días después.
—De ahora en adelante tratarás con mi rabioso agente, Robert, y te advierto algo, tiene hambre, mucha hambre, y una despampanante brunette 36C que da miedo y gasta animal print. Grrr —gruñí.
Sin embargo, Robert el editor de Penguin Ramdom Paramount Viacom Books Corporation era un viejo lobo de mar, y Maxwell Smart no pudo hacer mucho al respecto.
—Lo más que te pude conseguir fueron mil euros —me dijo casi entre lágrimas—. Tómalo o déjalo. Tal vez podamos sacar algo de los derechos de traducción…
Yo pensé en dejarlo y aceptar la propuesta de Wylie de representarme, pero verlo ahí, destruido y pálido, jiotoso, casi verde, como un pug anémico, me conmovió mientras los senos de la despampanante brunette 36C se agitaban debajo de su blusa de leopardo satinado como dos pichones, igual que con las heroínas de Turguéniev. Pero finalmente me conmovió que Maxwell se negara a cobrarme la parte que le correspondía de mi magro adelanto, a saber, 150 euros.
—Quédatelos —me dijo— y me extendió un sobre membretado con el logotipo del Deutsche Bank.
Yo me llevé el sobre al bolsillo de mis pantalones de mezclilla gastados, gastadísimos por el uso, le extendí un pañuelo desechable a 36C y dije:
—Está bien, Maxwell, pero que sea la última vez.
Todo fue bien entre Maxwell y yo durante el año en que no supe nada de él. Yo quería ser traducido a todos los idiomas y me imaginaba cuál sería el título de mi libro, por ejemplo, en japonés, pero Maxwell volvió de Frankfurt con las manos vacías. Ni una salchicha me trajo. Al mirar su cara supe que en realidad se la había comido. Como bien le había dicho a Robert, el editor de Penguin Ramdom Paramount Viacom Books Corporation, Maxwell tenía hambre, pero literalmente. En esa ocasión tuvimos nuestra primera y última disputa en el plano del arte.
—Tú libro es demasiado pequeño —me dijo.
Se refería a que el nuevo manuscrito que le había entregado, Memorias de mi puerquito, apenas sí tenía ochenta páginas. Ni Robert, que era mi amigo de la infancia, y yo había bautizado a su hijo, Santiaguito, lo quería. ¡Pero qué páginas! Una pequeña obra maestra digna de aquellos escritores de Europa del Este que tanto me gustan. Maxwell no podría reconocer el arte ni aunque durmiera con él. Ni aunque el arte le descargara un puñetazo en la cara. Ni aunque el arte chocara contra él con el peso y la velocidad de un tren de carga.
—¿Y qué sugieres, Maxwell?
—Necesito un libro gordo, Espartaco, gordo es lo que vende. Ge. O. Erre. De. O. G-O-R-D-O.
—¿Estamos hablando de literatura, Maxwell, o de tus gustos sexuales?
Y abandoné el lugar ante la mirada atónita de 36C. Todo el mundo sabe que los artistas somos veleidosos e iracundos. De eso ya unos diez años, mi manuscrito no sólo aguarda su traducción al japonés, sino su simple publicación en español. Me gasté el adelanto en un Nintendo y el sobre de Deutsche Bank aún lo conservo como separador de libro.
Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.
Fotografía: cottonbro studio | Pexels.



