Asia y el dragón: una historia de supervivencia

Había algo en ellos que no podía dejar de atraerme, y cuando me puse a investigar su historial entendí por qué: ahí estaba medio quién es quién del rock progresivo de los setenta, metido en un proyecto que sonaba como otra cosa completamente.

julio 4, 2026

Por Arturo Roti

Yo llegué tarde al rock progresivo por obvias razones, era muy chico cuando surgió, y muchos de mi generación lo descubrimos en serio: a finales de los ochenta, cuando ya el género llevaba más de una década de haber inventado su propio idioma y el resto del mundo apenas empezaba a hablarlo de oídas. Fue una de esas búsquedas hacia atrás, esas que haces cuando algo en la radio te suena raro y decides tirar del hilo.

Genesis, por ejemplo, no me gustaba nada en su versión ochentera. Sintetizadores brillantes, Phil Collins cantando cosas pegajosas, todo muy MTV. Y luego escuché lo que habían hecho en los setenta y era otra onda completamente diferente. Con Yes me pasó algo parecido, al revés: los oía todo el tiempo en la radio comercial sin saber mucho de quiénes eran, solo sabía que era una banda de antaño que regresaba, en esos años conseguí el Close to the Edge y ese disco no se parecía en nada a lo que sonaba en las estaciones de FM. Era otra banda con el mismo nombre, prácticamente.

Pero hubo una que me atrapó: Asia. Había algo en ellos que no podía dejar de atraerme, y cuando me puse a investigar su historial entendí por qué: ahí estaba medio quién es quién del rock progresivo de los setenta, metido en un proyecto que sonaba como otra cosa completamente. Y entonces llegó la pregunta que en realidad arma esta columna: ¿por qué ese cambio tan repentino? ¿Por qué lo hicieron?

Los intentos de John Wetton

La respuesta corta es: porque ya lo habían intentado antes y no les había salido.

Lo que casi nadie cuenta de Asia es que no nació de un encuentro mágico en un cuarto de hotel. John Wetton llevaba años persiguiendo su supergrupo soñado. Primero intentó un proyecto, con Bill Bruford y Rick Wakeman, en 1976. Después un segundo intento, con Wakeman otra vez, más Carl Palmer en batería y nada menos que Trevor Rabin en guitarra —sí, el mismo Rabin que un par de años después terminaría reemplazando a Steve Howe en una versión completamente repaginada de Yes. Ese intento tampoco cuajó: Wakeman se fue a lo suyo. Hasta 1977 que armó al supergrupo U.K. con Allan Holdsworth, Bill Bruford, y Eddie Jobson. Solamente grabaron dos álbumes en estudio.

Fue hasta 1981 que Wetton y Howe se conocieron de verdad, y la motivación que ambos compartían no era artística, era de hartazgo: los dos venían de salir de sus bandas anteriores queriendo, explícitamente, girar hacia algo más comercial y sencillo. El que les armó la jugada fue un cazatalentos de Geffen llamado John Kalodner —el mismo que había fichado a Foreigner y AC/DC— quien juntó a Wetton y Howe para empezar a escribir material nuevo. De ahí se sumaron Palmer y, al final, Geoff Downes.

El dato que más me sorprende cada vez que lo repaso: antes de cerrar la alineación, sonaron también Roy Wood (de ELO) y otra vez Trevor Rabin como posibles guitarristas. Rabin confesó después que con Asia simplemente «no hubo química». Imagínate esa Asia alterna, con el mismo guitarrista que años más tarde le daría a Yes su único número uno en Estados Unidos.

Y es que no fue solo Asia rindiéndose al pop: casi al mismo tiempo, Yes lo hacía con «Owner of a Lonely Heart» —una canción que ni siquiera nació como suya, sino de un proyecto paralelo llamado Cinema— y Genesis completaba una mutación de años hasta convertirse en máquina de número uno con Invisible Touch. Tres pilares del prog setentero, casi en sincronía, decidiendo que la pureza ya no alcanzaba para sobrevivir. Pero la historia que de verdad quiero contarte hoy es la de ellos, la de Asia, porque ahí el viraje no fue gradual ni accidental: fue la fundación misma del proyecto.

El dragón despega: Asia (1982)

Cuando por fin salió el disco, la apuesta resultó casi obscena de tan exitosa. Asia salió en marzo de 1982, producido por Mike Stone —el mismo que había producido Escape de Journey, y se nota: Steve Howe llegó a decir que la producción tenía «un aire bastante Journey-esco». Nueve semanas en el número uno del Billboard 200, certificación cuádruple platino, y un estimado de diez millones de copias vendidas en el mundo. Fue, sin discusión, el disco más vendido de 1982 en Estados Unidos.

Lo irónico es que «Heat of the Moment», el sencillo que terminó definiendo a la banda para siempre, fue de las últimas canciones que grabaron. Antes ya tenían material más cercano al prog que dejaban atrás —piezas como «Time Again» o «Wildest Dreams»— y algo de dulzura pop en «Only Time Will Tell». Pero según contó el propio Howe, en el momento en que apilaron la guitarra y Wetton empezó a cantar, supieron que tenían algo especial entre manos. Tenían razón: la canción llegó al top 5 del Billboard Hot 100 y hasta la fecha sigue siendo lo más reconocible de toda su carrera. Junto con «Sole Survivor», esos tres temas cerraron el combo perfecto de rock radiofónico ochentero: ganchos enormes, coros apilados, teclados atmosféricos de Downes y la guitarra de Howe sonando, por primera vez en su carrera, al servicio de una canción de tres minutos y no de una suite de veinte.

La crítica no se lo perdonó. Robert Christgau les cayó encima llamando al disco «pomposo, basura comercial a la gran manera». Melody Maker fue todavía más cruel: «diseñado por computadora, construido a mano por robots… completamente calculado, absolutamente despreciable». Pero el público no estaba escuchando a la crítica, estaba comprando el disco.

Y aquí va el detalle que más me gusta de todo este capítulo: cuando se discutió quién haría la portada, hubo dudas reales de que un cover de Roger Dean se pareciera demasiado al trabajo que ya había hecho para Yes. Pero Howe y Downes insistieron en que fuera él. Dean, para distanciarse visualmente de su propio legado, hasta diseñó el logo de Asia con bordes duros y esquinas filosas, justo lo contrario de las curvas orgánicas que usaba para Yes. El resultado —ese dragón asiático estirándose hacia una perla sobre el mar— terminó votado por los lectores de Rolling Stone en 1982 como la segunda mejor portada de toda la historia del rock, solo detrás del Sgt. Pepper’s. No está mal para un disco que la crítica trataba de hundir.

El éxito que casi los destruye

Lo que viene después es el guion clásico de cualquier banda que pega demasiado fuerte demasiado rápido: el éxito repentino de «Heat of the Moment» casi termina destruyendo a la banda desde adentro. El estrés disparó un efecto dominó brutal —Wetton se volvió más retraído e introvertido, lo que agravó sus problemas con el alcohol al punto de que llegaron a correrlo temporalmente, y eso a su vez terminó forzando la salida de Steve Howe cuando Wetton finalmente regresó.

Greg Lake —sí, el mismo de Emerson, Lake & Palmer, otro fantasma del prog setentero asomándose por ahí— llegó a sustituir a Wetton brevemente en 1983, pero su voz no encajaba con el material y se fue antes de grabar nada en estudio con la banda. Entró entonces el guitarrista suizo Mandy Meyer, ex Krokus, que le dio a las guitarras de Asia un sonido todavía más cercano al hard rock. Para 1986, después de Astra —el tercer disco, el que cerraba la trilogía de la era Geffen—, el sencillo «Go» tuvo un éxito apenas modesto, la gira se canceló y esa formación, prácticamente, se disolvió. Wetton se fue a trabajar con Phil Manzanera en un disco solista construido sobre material que originalmente había pensado para Asia.

Las resurrecciones del dragón

Asia, técnicamente, nunca murió del todo: solo entró en un coma intermitente de casi veinte años.

La primera señal de vida llegó en 1989, casi por casualidad, cuando un agente de talentos los invitó a girar con los Beach Boys, Wetton y Palmer aceptaron de inmediato; Downes, ocupado con Greg Lake en ese momento, fue cubierto por suplentes —la única vez en toda la historia de la banda en que estuvo completamente ausente. Para sorpresa de todos, el público seguía reconociendo canciones que no se tocaban en vivo desde hacía años.

De ahí salió, en 1990, algo que cualquier fan de la Guerra Fría debería apreciar: Asia tocando en la Unión Soviética justo después de la caída del Muro de Berlín, con Pat Thrall sustituyendo a Howe. Tocaron dos noches seguidas en Moscú ante veinte mil personas, colgando el cartel de «no hay boletos». Pero esa gira fue también el principio del fin: Wetton, harto de las críticas constantes por no poder igualar el éxito de los primeros dos discos, abandonó el proyecto.

Geoff Downes, el único miembro verdaderamente constante en toda la historia de la banda, decidió entonces capitalizar el nombre con un cantante joven y desconocido, John Payne, dando vida a Aqua (1992). Esa versión de Asia terminó teniendo una vida propia sorprendentemente larga: quince años, hasta 2006.

La reunión

El 6 de enero de 2006, en un cuarto de hotel en Londres, pasó algo que muchos fans llevaban años dando por imposible: los cuatro miembros originales —Wetton, Howe, Downes y Palmer— se sentaron a planear su regreso. La banda se reunió para celebrar veinticinco años desde su formación, salió de gira tocando el disco debut completo, y de ahí siguieron varios álbumes de material nuevo: Phoenix (2008), Omega, XXX. Howe se retiraría de tiempo completo en 2013 para enfocarse en Yes, y la banda siguió adelante con el guitarrista Sam Coulson, lanzando Gravitas en 2014.

El final

El 12 de enero de 2017, Wetton anunció que, por estar recibiendo otra ronda de quimioterapia, no podría presentarse en las fechas anunciadas de una gira; lo sustituiría Billy Sherwood. Wetton murió ese mismo año, dejando sin terminar las demos de lo que iba a ser un nuevo disco de Asia.

Downes y Palmer siguieron girando después con distintas formaciones. Un aniversario de cuarenta años planeado para 2022 se canceló por la pandemia. En agosto de 2023 hubo un concierto tributo a Wetton con una alineación que incluyó al guitarrista John Mitchell y al vocalista Harry Whitley. Esa misma formación, con Virgil Donati en batería, es la que hoy —2026— sigue llevando el nombre de Asia, con un disco de estudio nuevo anunciado para este año.

Cuarenta y cinco años después de aquel encuentro entre Wetton y Howe, organizado por un cazatalentos que quería un éxito comercial y no una obra maestra progresiva, el dragón de Roger Dean sigue volando. Solo que ahora ya nadie discute si vendieron el alma. La pregunta, a esta distancia, ya no importa: lo que importa es que el alma, vendida o no, sigue sonando.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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