Por Raúl Quintanilla Alvarado
Los manicomios tienen una larga historia en el cine, en gran parte heredada de la literatura, que a su vez proviene de las anécdotas infernales del Hospital Real de Bethlem, en Londres. De ahí vienen las imágenes estereotipadas de pasillos con locos deambulando y siendo abusados por el personal, imágenes que están impresas en nuestra memoria, y con justa razón. Hay mucho que argumentar sobre cómo esa realidad ha cambiado, pero aquí no abordaremos ese tema. Mi interés surgió de haber visto el documental San Clemente, de Raymond Depardon, la única película que por momentos ha logrado colocarme en un manicomio y dentro de la lógica de sus pacientes.
Otras películas han conseguido parcialmente lo que San Clemente. Una de las más famosas es One Flew Over the Cuckoo’s Nest, de Milos Forman, que despierta empatía hacia los pacientes mentales. Al presentarlos en sus diversas facetas y mostrar su vulnerabilidad, nos conmueven sus problemas. El personaje de Jack Nicholson nos permite desinflar la tensión y ansiedad que sufren; él mismo descubre el mejor lado de cada paciente.
También está el aspecto de rebelión y resistencia implícito en varias películas, y aquí quiero mencionar También los enanos empezaron pequeños, de Werner Herzog. El eje central de la película es la anarquía de sus pacientes, que además resultan ser enanos. Toman control del lugar y rompen todas las reglas en un frenesí de libertad. Van desde aventar piedras hasta crucificar un chango. La imagen icónica es la de uno de ellos riendo incontrolablemente durante varios minutos.
No podríamos olvidar A Clockwork Orange, de Stanley Kubrick que deja claro que los manicomios son espacios de poder y control, aunque en este caso particular se trata de una prisión. Aun así, no es tan distinta de la experiencia de un hospital mental de aquellos años. En un experimento grotesco y caricaturesco, al protagonista se le reacondiciona para no volver a cometer actos violentos, al mismo tiempo que se le somete hasta perder su voluntad e identidad. Aunque luego entendemos que también se trata de un experimento fallido, pues la naturaleza salvaje está lista para resurgir.
Los manicomios como espacio de deshumanización y abuso son muy claros en Titicut Follies, de Frederick Wiseman, cuyo documental fue bloqueado por el gobierno de Massachusetts durante más de veinte años. Cuando finalmente se estrenó para el público general, tuvo que llevar un mensaje que aclaraba que ya se habían realizado mejoras en la institución. Éste es quizá el documental más impactante de todos: es doloroso ver cómo se les denigra a los pacientes y el descaro de sus empleados.
Incluso podemos hallar películas en donde la creatividad está presente dentro de estas instituciones. Tenemos Marat/Sade, dirigida por Peter Brook, donde los pacientes presentan una caótica obra de teatro. También tenemos el experimento del educador Fernand Deligny, titulado El más mínimo gesto, que fue filmado pero nunca terminado, hasta que siete años después otro director halló el material en un baúl y lo editó. En ella, un par de pacientes, actuados por pacientes reales, escapan de un hospital y se la pasan jugando y descubriendo la naturaleza.
Finalmente, tenemos el género de terror, que tiene cientos de ejemplos: desde El gabinete del doctor Caligari, pasando por películas de serie B como Shock Corridor, hasta varias entregas de Halloween. Aquí es donde se ha perpetuado la pesadilla que son los manicomios, tanto así que incluso se convierten en lugares encantados, llenos de fantasmas que reclaman el maltrato que recibieron. La verdad es que sí he disfrutado muchas de este género, pero es indudablemente el más gratuito y cliché de todos.
Ahora sí, volvamos a San Clemente. En este documental que me atrevo a llamar experimental, el famoso fotógrafo de foto fija Raymond Depardon nos deja experimentar la vida en un manicomio sin narrativa, sin un mensaje impuesto, sin ideas preconcebidas. Pero, si queremos, podemos hallar en él empatía hacia sus pacientes, al igual que la anarquía; también presenciamos el control y la deshumanización de la institución, y en algunos momentos podemos sentir el terror y la creatividad que abunda en sus pasillos. Lo abarca todo, pero no lo impone; no busca el espectáculo del terror. Y, más importante aún, abre una ventana por la cual ninguna otra película se atreve a asomarse: una inmersión en la mente de varios de sus pacientes. No es el simulacro de las películas de terror que todo exagera o simplifica, sino una verdadera atención a los detalles que solo un loco podría percibir, como por ejemplo la compulsión de abrir y cerrar una llave de agua. La cámara no juzga; deambula por los pasillos, se abre y busca.
Espero haber alimentado su curiosidad y busquen este documental, tan inmerecidamente poco conocido. Basta una búsqueda sencilla en internet y lo podrán hallar. Lo que costará más trabajo es rastrear el libro de fotografías titulado Manicomio, que Raymond Depardon fotografió a la par que filmó el documental, ¿quizás el mejor libro de fotografía? El intento de comprender la locura sin juzgarla es algo que solo una cámara de cine podría lograr, y resulta extraño pensar que tan poco se ha intentado. Aunque en el mundo del cine ha tenido un impacto casi nulo, este documental sirvió como testimonio que ayudó a concretar la ley Basaglia, la cual impulsó el cierre de los manicomios en Italia.



