Lapsus Calami
La Enciclopedia Errante
Por Mariana Orantes
Si yo me quedé a vivir en Barcelona fue por las bibliotecas públicas y el halo de ocultismo. No pensé que fuera a encontrar algo más allá de historias, leyendas, mitos y rumores. ¿Y qué fue lo que encontré? No lo sé muy bien, pero he decidido comenzar el relato de lo que fervientemente creo que hallé. Doy gracias al Numen el tener por lo menos en esta ciudad un par de amigos a quienes puedo contarles con confianza lo que ha tomado presencia en estos últimos dos años: mis camaradas, Bernardo Ritz y Roberto Wong, quienes podrán dar testimonio de mi relato, estando cuerda, lógica y racional, porque ante todo nuestras pláticas germinan en el terreno de la sólida realidad compartida.
Cabe comentar que entre los tres tenemos un grupo de mensajería instantánea: “Teorías de la conspiración”, y aunque por lo general funciona sólo para organizar los encuentros en bares y eventos, se ha convertido en otra cosa. Y es mi culpa. Desde que encontré las Obras Completas de Gaspar Alelió, un autor caribeño del siglo pasado, no puedo dejar de llenar la conversación grupal con fragmentos y detalles que guardo como perlas raras. Aunque sé muy poco de su vida (en el libro solo figura una breve nota biográfica), sus Obras Completas parecen ser un entramado de eventos que han sucedido, suceden y que sucederán. Me fascina. Pero me fascina más la forma de cómo encontré a este autor, al parecer casi desconocido.
Y es que lo encontré por una piedra, nada más y nada menos.
En enero de este año lleno de extrañezas (2026), tuvo que suceder otra, bastante acorde a la distopía en la que nos encontramos. Al liberar una partecita del enorme archivo, catálogo o espejo de las costumbres de la élite mundial llamado Los Archivos Trump-Epstein, un periódico de Nuevo México sacó una noticia que pasó casi casi desapercibida, fechada el 3 de marzo de 2026: “Epstein movió petroglifos para decorar su casa en Zorro Ranch, muestran los registros federales” (Epstein had petroglyphs moved for décor at Zorro Ranch, federal records show). La nota tenía algunas fotografías, aunque solo el Numen sabe si el artículo sigue en línea, si continúa con las mismas imágenes o si fue censurado. No hace falta más que quien lea haga una búsqueda del título de la nota (en inglés) para que pueda comprobar la veracidad de lo que digo.
En fin, estaba leyendo el artículo cuando me picó la nariz: hay algo extraño. ¿Por qué un millonario excéntrico acusado de los horrores del inicio de este nuevo milenio tendría tanto interés por los petroglifos? Solo porque tengo una natural inclinación por las piedras, las civilizaciones antiguas, las cuevas y la magia fue que decidí leer el artículo. En el texto, se detalla cómo Epstein dio instrucciones a sus empleados para remover varias piedras de su lugar sagrado y llevarlas a Zorro Ranch. También se menciona que J. Epstein buscaba piedras específicas y/o de mayor tamaño. Al parecer, según cuenta en el artículo un testigo protegido, el magnate tenía especificaciones técnicas que iban más allá de la decoración: formas no naturales, tamaños, símbolos precisos que se repetían, lugares específicos dónde encontrarlas, etcétera. Y, en general, las tres imágenes del artículo me parecieron sumamente extrañas: en la primera, como portada, aparece Epstein junto a dos de sus víctimas frente a un montículo de piedras que en la cara de la zona derecha muestra dibujos inconfundibles de animales y plantas: lo que parece un coyote (o un ser con orejas puntiagudas y fauces) y una liebre que parece tocar una especie de trompetilla larga, bailando bajo la luna, agigantados, mientras entre sus patas se distinguen dos personitas (una con los brazos levantados, en forma ritual). Luego, otra capa: los pájaros observan la escena por encima del coyote. Y arriba, en la punta del dibujo, lo que parece una especie de corona difusa o la huella de una mano demasiado extraña, aunque no sabría decirlo, no me considero experta en petroglifos. En ese sentido, quiero dejar claro que escribo desde mi comprensión racional del mundo, defectuosa, sí, pero honesta por lo menos. Y lo digo porque no sé qué significan los petroglifos ni entiendo qué hacía ahí Epstein con dos víctimas o por qué trasladó las piedras a Zorro Ranch, pero sé que hay algo más profundo en el tema.
Y lo sé por Gaspar Alelió.
En uno de esos días previos al cierre de las bibliotecas públicas en Barcelona por una huelga de los trabajadores para exigir mejores condiciones (y con toda la razón), deambulaba por los pasillos de la Francesc Boix, la biblioteca de Poble Sec. Iba yo con prisa, tenía que devolver unos libros antes de la fecha límite (ese mismo día) y no podía darme el lujo de tener puntos negativos que comprometieran mi carnet. Además, para más presión, tenía que sacar un libro sobre poesía experimental, tema relacionado con el libro de procesos creativos que estoy escribiendo a la par de la investigación que presento en esta columna quincenal. Y la biblioteca estaba a quince minutos de cerrar. Así que llegué corriendo, saqué los libros de la mochila y esperé a que una persona delante de mi devolviera los libros que traía en las manos. Apenas si terminé, en tres zancadas crucé y de dos en dos subí las escaleras para después ir directamente al estante de poesía. Con la mirada recorrí los libros una y otra vez: no veía el ejemplar y no lo había reservado. Como el tiempo se me terminaba y no quería irme sin un libro, tomé una antología de poesía francófona de principios de la década de los 80 del siglo pasado que recopilaba autores como Aimé Césaire, Édouard Glissant, Kateb Yacine, Maryse Condé, Gérald Bloncourt, René Depestre, Marie Vieux-Chauvet y, por supuesto, Gaspar Alelió.
Al llegar a mi casa, ni siquiera abrí el libro. Fue al día siguiente, cuando al examinarlo noté algo entre las páginas del libro. Casi en ese mismo instante, recibí un mensaje de Violetta invitándome a colaborar. “Claro, sólo déjame pensar en el tema y así”, fue mi respuesta mientras decidía exactamente qué iba a hacer y cómo voy a abordar lo que justo encontré entre las páginas de la antología. Y decidí hacer esta columna como una especie de biografía enciclopédica sobre el abismo que es Gaspar Alelió. De tal forma, en las siguientes entregas, tengan por seguro de que hablaré de quién es el autor, de qué trata la obra, qué procesos artísticos y críticos he aprendido de su lectura y la relación entre brujería, sueños, crímenes y los petroglifos de Zorro Ranch. La mayoría de lo que viene son entradas enciclopédicas, fragmentos y textos críticos sobre los procesos artísticos y los hallazgos sobre las múltiples vidas del autor. Y es que si lo hago público, quizás entre varias cabezas podamos pensar en más relaciones, implicaciones, culpables o simplemente soluciones a las preguntas sobre Gaspar Alelió.



