Por Eduardo Ramírez
Nada se toma en serio en la vida humana: el polvo no merece la pena.
Arthur Schopenhauer
10/02/25. Una casa llena de plantas emana vida. En contraparte, una llena de polvo, sugiere descuido, esterilidad.
Disfruto y he estado en casas donde abundan las plantas. He sido recibido por personas que traducen su vitalidad a través de la verdura que florece en múltiples macetas.
Mi propia experiencia me ha hecho constatar la relación que existe entre jardín y familia.
En casa de mis padres, tomábamos alguna mandarina de la cocina y salíamos al jardín a comérnosla. Aventábamos las semillas a la tierra. Pronto creció naturalmente un mandarino (y dos naranjos). Con el tiempo ya no fue necesario comprar mandarinas, las tomábamos directamente de las ramas. Alrededor de ese árbol se dibujaron juegos, confesiones, largas pláticas y silencios.
Ya de adulto, en la casa donde crecieron mis hijos, había tan poco espacio para un jardín que en la pequeña franja de tierra cerca del muro plantamos una enredadera. Con el tiempo se volvió un jardín vertical. Cada tanto yo mismo la podaba y mantenía.
Debo reconocer que desde hace años, las plantas que me regalan para mi casa se me han muerto. Incluso los cactos que son más resistentes y requieren menores cuidados.
En mi casa, lo que hay más son libros. En clósets, apilados en columnas por el suelo, en libreros, acumulados en sillas, en las mesas laterales de mi cama, en mi mesa de trabajo.
Todo el mundo sabe que los libros irremediablemente acumulan polvo.
¿Ese polvo acumulado es la causa de que la tierra de las plantas que me regalan, se vuelva infértil?
¿Como vivo aislado descuido otra fuente de vida y, alrededor de mí, las plantas no florecen?
¿El polvo puede florecer?
Recuerdo una caricatura que vi de niño. Era una tarde de navidad en que mientras los adultos estaban ocupados en los preparativos para la celebración, yo me aburría y, como siempre, acudí a ver la tele. La historia me fascinó. Trataba de un mundo/pueblo entero que vivía dentro de una mota de polvo y por su pequeñez e insignificancia corría el riesgo de ser destruida. Alguien se da cuenta de su existencia e insta a todos los habitantes de ese pueblo microscópico a que griten con todas sus fuerzas y al mismo tiempo para que los demás seres sepan de su existencia y no los aplasten.
Esa historia se plantó en mí. Por años les preguntaba a algunos compañeros de mi edad si ellos la habían visto. Nunca obtuve respuesta. Parecía una historia inexistente, una obsesión personal.
Ya de adulto supe que era un cuento de Dr. Seuss (Horton escucha a quién), adaptado en 1970 a caricatura animada por Chuck Jones, padre de las caricaturas modernas y que ilustró la infancia de toda mi generación y de las siguientes con personajes como Bugs Bunny, el Coyote, Tom y Jerry, entre otros.
Muchos años antes siquiera de saber de Borges (y leerlo), esa caricatura hizo que imaginara la posibilidad de universos enteros e invisibles, frágiles e ignorados que existen fuera del alcance de nuestra torpe percepción.
En mi escritura el polvo empezó a aparecer repetidamente como metáfora de insignificancia y trascendencia, de olvido y obsesión. Constelaciones de polvo que solo se visibilizan cuando por la rendija de una puerta se cuela una intensa línea de luz.
Somos ese polvo. Parte del polvo que cotidianamente habita nuestra casa está formado por las células muertas de nuestro propio cuerpo.
Recuerdo un texto que sigue enterrado en uno de mis cuadernos:
“Si realmente el polvo que cenicienta nuestra casa se conforma, principalmente, de las células muertas que nuestra piel desprende; al cabo de un tiempo esas grises pelusas que se arrastran por el piso replicarán mi cuerpo real acurrucado en los rincones. Es otro el que recorre la casa, se sienta en ese mueble negro y se recuesta cada noche en la cama de sábanas tibias. Otro el que testifica esta ruina y la persigue con la inclemente escoba. Otro, finalmente, el que escribe estas palabras”.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Foto: Remains of Books Buried in Sand | zeng jinwen | Pexels.



