Por Daniel Espartaco Sánchez
Como tantas otras historias, comienza en un aeropuerto. David Kaplan (Jesse Eisenberg como el Columbus de Zombieland o el Mark Zuckerberg de The Social Network, es decir como él mismo, sospecho) y Benji Kaplan (Kieran Culkin) son dos todavía jóvenes americanos que se disponen a viajar a Polonia para conocer el lugar donde vivió su abuela, fallecida meses atrás. Como tantas otras historias, estamos ante un juego de opuestos: David es un muchacho retraído con trastorno obsesivo compulsivo, pero un adulto funcional, que trabaja en publicidad, con una esposa y un hijo, mientras que Benji es extrovertido, con una sensibilidad a flor de piel, que padece de una depresión causada por la muerte de su abuela, sin trabajo y ningún plan a futuro y que, más adelante lo sabremos, intentó suicidarse con pastillas para dormir antes de que dé comienzo la historia. Ambos son primos, pertenecientes a la tercera generación de migrantes judíos polacos en Estados Unidos y la abuela les dejó dinero para que realizaran ese viaje, primero a Varsovia, luego a Lublin y finalmente al pueblo donde está la casa donde ella creció, no sin dejar de pasar por al campo de concentración y de exterminio de Majdanek, ahora un museo. Sin embargo, la supuesta sensibilidad de Benji (que en algunos momentos puede resultar chocante e inverosímil) pone a prueba constantemente al cuadrado de Dave. Benji es inestable y carece de filtro al tratar con los demás miembros del tour, llamado ‘Heritage’, que consiste en un viaje por la historia de Polonia y de la comunidad judía devastada por la ocupación alemana. No es un tour muy popular, apenas un conveniente puñado de personajes: una mujer que acaba de ser abandonada por su marido; una pareja de ancianos y un ruandés convertido al judaísmo, que sobrevivió a “la peor tragedia de los últimos treinta años”, en palabras de Jesse Eisenberg (por cierto, mencionadas muy a la ligera). El guía y organizador es un inglés que declara no ser judío, pero sí admirador de los mismos, obsesionado con la historia de Europa del Este (un tema muy alegre) de la forma como uno puede obsesionarse con figuritas de acción. Y aquí hay cierto toque de sutil humor, pues estamos ante una comedia que termina como tragedia, sólo que una tragedia real, sin aspavientos: la tragedia cotidiana a la que se enfrentan los que viven con depresión crónica. Constantemente asistimos a los exabruptos de Benji, que, por si fuera poco, resulta ser un estuche de monerías supuestamente encantador (a la Bola en la Ingle no le pareció tanto); toca el piano, por ejemplo, y sus momentos de hipersensibilidad lo llevan a cuestionar el tour (hay una sutil y encomiable intención de crítica en este guion de Eisenberg), cuando declara que es inmoral viajar en un vagón de primera clase con aire acondicionado en un viaje a Majdanek; hacer del dolor material turístico, como ir a visitar los campos de exterminio de Pol Pot y luego irse a ligar con cambodianas, o Luisito Comunica y Chela Lora tomándose selfies en Prípiat. En contraste, todo el mundo ignora al buenazo de Jesse (una dinámica muy parecida a la que la Bola en la Ingle tiene con su encantador hermano). Y Benji se contradice, olvida todo lo que ha dicho, un rasgo común de la depresión. Nota mental: ya se veía desde niñito que sería fastidioso al ser hermano de mi pobre angelito.
Ya se ha hablado mucho de Culkin, cuya actuación le hizo merecedor de un Oscar al mejor actor de reparto, pues es quien lleva el peso de la historia sobre sus hombros: es la historia de Benji vista a través de su primo Dave. Se trata de un palmarés que, a mi juicio, se ve desacreditado junto con toda la Academia con la premiación políticamente correcta de la lloricona de Zoe Saldaña. Yo no lo pondría sobre la chimenea de mi casa sabiendo todo esto, Kieran, y además, no tengo chimenea. Baste decir que Un dolor real merecía más al desafiar las estructuras convencionales y facilonas del héroe en busca de un destino (Anora) y tratarse de una obra tan personal. Un dolor real es una película luminosa que hasta en sus zonas oscuras arroja una luz sobre el dolor y la depresión sin pretender darnos una moraleja y decirnos que la vida es así y asá. La obra de arte no sermonea, la obra de arte deja preguntas flotando en el ambiente cuya respuesta depende del espectador. ¿Qué es un dolor real? ¿Es comparable nuestro insignificante y solipsista dolor personal con el sufrimiento de millones de personas? La respuesta podría ser no, pero finalmente se trata de un dolor real. Es imposible obviar la naturaleza subjetiva del dolor. El filme nos confronta con ese momento terrible de la humanidad sin apelar a ningún tipo de sentimentalismo y trata con respeto la cruel realidad de Majdanek sin querer sacar ventaja de esta abominación, como, por desgracia, hacen las editoriales hoy en día. El trabajo de Jesse Eisenberg merecía el premio al mejor guion (el de Anora de Sean Baker dice fuck como cuatrocientas veces); y nos recuerda a un filme japonés en busca de la escurridiza revelación en el paisaje y en la luz, todo al ritmo de Chopin, ese trágico polaco. No es necesaria la brusquedad para traernos una iluminación ni el truco barato; es más, ni siquiera existe la revelación, el final del viaje resulta incluso anticlimático, es decir, real, como el dolor.
¿Vale la pena verla? Definitivamente tal vez.



