Por Arturo Roti
La primera vez que supe de Rory Gallagher fue a finales de los ochentas, en aquellos días dorados en los que los amantes de la música íbamos a los puestos ambulantes del río Santa Catarina en busca de discos. Antes de que los famosos y trágicos huracanes arrasaran con todo, ese mercado era un paraíso para los cazadores de sonidos. Ahí, entre montones de vinilos y casetes apilados sin orden alguno, descubrí verdaderas joyas sin saber a ciencia cierta lo que estaba comprando. Íbamos completamente a ciegas (o sin oídos, dirían algunos) no existía Internet para decirnos qué escuchar, nos guiábamos por la portada, por la intuición o la vibra del vendedor; era un ejercicio de mucha valentía, y gracias a ese azaroso método, llegué a bandas extraordinarias de las que jamás había oído hablar como Glass Harp, o Spontaneous Combustion. Así fue como me topé con Taste y con el genio irlandés Rory Gallagher.
En aquel entonces, aunque estaba sumergido en el metal, mi curiosidad me pedía más, me exigía explorar otros sonidos. Cuando puse el álbum «On The Boards» en la tornamesa, el impacto fue inmediato. Me encontré con un multi instrumentista capaz de ejecutar un blues ardiente con una guitarra crujiente, como en «Railway and Gun», y luego transportarme a un ambiente melancólico y elegante con un solo de guitarra y saxofón impecable en «On The Boards». Quedé maravillado con la diversidad de sonidos que Taste podía manejar. «What’s Going On» tenía esa esencia del rock inglés setentero, potente y directo, Gallagher hacia que en “Eat my Words” su guitarra sonara con alma y mucha actitud, el disco era una bestia muy versátil, pero lo que realmente me voló la cabeza fue «It’s Happened Before, It’ll Happen Again». Aquello no era solo rock o blues, era jazz en su máxima expresión, con John Wilson en la batería jugueteando como un chico, pero con la maestría que solo los años de experiencia pueden dar, y Richard McCracken en el bajo, formando una sinergia única. Ahí entendí que Taste no era solo una banda de rock y blues, sino que se adentraban en terrenos experimentales con una fluidez impresionante. Y para colmo, descubrí que el mismo Rory tocaba el saxofón, además de la guitarra, lo que sumaba a su aura de genio. Fue gracias a este álbum que mi gusto por el jazz comenzó a desarrollarse y a partir de ahí comencé a devorar todo lo que Rory Gallagher hizo en su carrera.
Rory Gallagher no solo fue el cerebro de Taste, también construyó una de las carreras solistas más impresionantes del rock. Su Stratocaster destartalada se convirtió en un ícono, un reflejo de su autenticidad y entrega. No necesitaba extravagancias ni poses; su música hablaba por él. Con discos como «Rory Gallagher» (1971), «Deuce» (1971), «Tattoo» (1973), fue donde consolidó su estilo único: un híbrido de blues, rock, folk y hasta un poco de jazz. Su energía en vivo era brutal, como quedó registrado en «Irish Tour ’74», un álbum que lo capturó en su máximo esplendor, con interpretaciones incendiarias de «Walk on Hot Coals» y «Cradle Rock», dejó claro que su guitarra tenía un lenguaje propio. «A Million Miles Away» es una de esas piezas que, cada vez que la escucho, me hace viajar sin moverme del lugar. «Shadow Play», con su energía imparable, y «Bad Penny», con ese tono denso y penetrante, son prueba de su genialidad.
Lo que diferenciaba a Rory de muchos guitarristas era su capacidad para hacer sentir cada nota como si te hablara directamente. No se trataba de pirotecnia técnica, sino de corazón, de pasión pura. Era un artista que vivía para la música, sin ceder a las tentaciones comerciales. Quizá por eso nunca tuvo el reconocimiento masivo que otros contemporáneos, pero su legado es incuestionable. Figuras como Alex Lifeson (Rush), Brian May (Queen), Gary Moore (Thin Lizzy), Janick Gers (Iron Maiden). The Edge (U2), Glenn Tipton (Judas Priest), Joe Bonamassa, entre muchos, más han reconocido la influencia que tuvo en su manera de tocar.
Pero esta historia tiene un final agridulce. «On The Boards» fue un disco que amé profundamente… hasta que lo presté. Un amigo, de esos que juran cuidarlo como si fuera suyo, me lo pidió y nunca me lo devolvió. Ahí aprendí una lección valiosa: los discos solo se prestan a personas responsables, o mejor aún, no se prestan en absoluto, porque luego te los «hacen de agua» o te aplican el sablazo sin remordimiento. Amigo, si estás leyendo esto, ojalá un día nos volvamos a encontrar… y me devuelvas mi disco.

Rory Gallagher nos dejó en 1995, pero su música sigue ahí, vibrante, esperando a que nuevas generaciones la descubran. Yo lo hice casi por accidente, en un mercado de discos que ya no existe, pero la música de Rory sigue tan viva como entonces. Y si tú aún no te has sumergido en su mundo, hazte un favor: pon «On The Boards» en la tornamesa, cierra los ojos y deja que la magia de Gallagher haga el resto.
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