Por Marcel del Castillo
Con el insensible título de Exposición general, la Fondation Cartier para el arte contemporáneo presenta una gran exhibición en su nueva sede de París. Tan solo cruzar la calle desde el Museo del Louvre, se nos presenta un edificio estilo Haussmann de mediados del siglo XIX, que fue completamente rediseñado por el arquitecto Jean Nouvel. Los 8,500 m² de este recinto son ocupados por esta exposición que, al mismo tiempo, conmemora los 40 años de la colección Cartier.
El inmenso trazo curatorial buscó darle cuerpo a años de exposiciones y coleccionismo, y fragmentó temáticamente la exposición en cuatro ejes conceptuales: Arquitectura, donde maquetas, dibujos, fragmentos e instalaciones se presentan como manifiestos especulativos que desfiguran e ilustran las potencias de la arquitectura en sus distintas facetas y contextos; Ecología y mundos vivos, que es una exploración del arte más conectado con elementos, materiales y conceptos orgánicos y naturales; Gestos y materiales, un paseo lúdico de exploraciones materiales que van desde procesos artesanales hasta programaciones digitales, poniendo en evidencia tramas tecnológicas de distintos territorios y contextos; y, finalmente, Ciencia, que reúne propuestas que utilizan estrategias y conceptos científicos y de datos para configurar visiones sobre ciertos asuntos políticos y sociales contemporáneos.
Estos cuatro ejes tienen, además, la potencia de tocarse y fusionarse en el recorrido de un espectador curioso, gracias al diseño interior del edificio, que se constituye de salas abiertas y pasillos que cruzan distintos niveles y espacios. Así que la museografía tiene un acento lúdico e irónico que permite descubrir y dejar al azar del recorrido vinculaciones conceptuales y formales no previstas y que, de alguna manera, le regalan frescura a una exposición que fácilmente, sin ese juego, pudiera quedar como un monumento estático monologante.
Y así, aproveché esa grieta museística para explorar la exposición de manera cruzada, para descubrir desde mi experiencia qué nos propone esta reunión de arte contemporáneo ligado al coleccionismo institucional corporativo, y no quedarme en la crítica básica, que acusa este tipo de gestión cultural de ser la vitrina del arte que el sistema busca encumbrar, instituir y fijar como canon de nuestro tiempo. No, prefiero descubrir, buscar otras rutas críticas.
Y es así como, en primera instancia, difiero de la fragmentación curatorial oficial que divide la exposición en cuatro secciones y me enfoco más bien en estructuras de conocimiento que ubico en tres niveles, no excluyentes y que comparten obras y autores cuyo trabajo navega entre estas diferentes rutas de saberes.
El primero de ellos es lo que yo llamaría una escena etnográfica. Compuesta por una gran cantidad de instalaciones de materiales orgánicos que remiten a escenarios naturales y, particularmente, conformada por autores-investigadores y por autóctonos de los territorios abordados. Aquí destaco a Luiz Zerbini y su instalación Natureza Espiritual da Realidade, que fusiona motivos orgánicos, como un árbol rodeado de trazos geométricos que remiten a la memoria y la identidad de rituales vernáculos; Solange Pessoa y su instalación Miracéus, también con materiales orgánicos como cuero, plumas, cabello o huesos, desarrolla una obra profundamente sensorial que evoca la relación íntima entre los mundos humano, animal, vegetal y mineral; Olga de Amaral y su mural inmersivo Muro en rojo, a partir de nociones y técnicas de tejidos originarios y precolombinos; y Bernie Krause, artista bioacústico y científico, que presenta una instalación junto a Soundwalk Collective titulada La noche no sería noche sin el grillo, extractos de metadatos, que ocupa un largo pasillo con sonidos y textos. Krause ha recopilado, desde los años setenta, más de cinco mil horas de grabaciones de sonido de hábitats naturales salvajes, terrestres y marinos.
Ya en prácticas y materialidades propias del campo del arte, resalto los trabajos de Sheroanawe Hakihiiwe, con sus pinturas y dibujos que ilustran el universo natural de la cotidianidad de las comunidades Yanomami en el Alto Orinoco, en Venezuela; Rinko Kawauchi y su cartografía sensible de la estructura familiar en Japón titulada Cui Cui; Malick Sidibé y sus imágenes de celebración y disfrute como contraposición a tensos momentos políticos en la historia de Mali; y las fotografías de Claudia Andujar y la película Cazadores y chamanes de Raymond Depardon, que presentan, ambos, trabajos de largo aliento junto a varias comunidades Yanomami en Brasil.
Esta reunión de trabajos enfocados en la ruralidad latinoamericana y africana deja muchas preguntas. Incluso, ¿cómo se construye ese miramiento desde el arte instituido? ¿Y qué puede pasar con eso? ¿Seguir exotizando, provocar otras imaginaciones? La incorporación a la colección de artistas originarios de los territorios explorados le da la oportunidad de reivindicar esa mirada y, por lo menos, revisarla desde la duda y la crítica. No dejé de sentirme incómodo en cómo estos temas y abordajes se perciben en un contexto tan alejado de sus realidades como es el centro cultural y turístico de París.
La segunda ruta de conocimiento es el manifiesto político directo, provocador, que denuncia, ilustra o propone otras formas de abordar las relaciones humanas en el mundo, o confrontar las ya existentes y evidentes en los conflictos locales y globales. Aquí la obra de Sarah Sze, Everything That Rises Must Converge, es importantísima, tanto en su abordaje conceptual, que de alguna manera es una propuesta sobre las relaciones políticas en el mundo, como en su formalidad. La instalación, de grandes dimensiones, objetos, videos, sonidos y artilugios, se ubica en el corazón de la exposición como una suerte de acento tácito para el discurso museográfico; Diller Scofidio + Renfro con la instalación audiovisual Exit, que con la estadística de los movimientos migratorios como herramienta conceptual arma un dispositivo que evidencia el desplazamiento forzado como consecuencia de estructuras políticas, económicas y ambientales; Panamarenko y su sueño imposible y poético titulado Panamá, Spitzbergen, Nueva Zembla, que a partir de máquinas de navegación imagina formas de explorar otros mundos; Ron Mueck y su contundente e hiperrealista Woman with Shopping Bags, trago grueso para pensar la sociedad contemporánea de hiperproducción y consumo.
En este nivel de conocimiento es difícil marcar los límites como si de una categoría se tratara, pues lo político es transversal en el arte, no es una categoría en sí misma. Sin embargo, aquí selecciono estas obras como aquellas que contienen manifiestos ideológicos claros y propositivos en el campo de la política.
Por último, el tercer nivel de conocimiento va más en la ruta de marcar terreno, como colección, con la presentación de grandes nombres de la historia y el mercado del arte. Y que, en términos curatoriales y museográficos, son un gran reto para poder ubicar frente o junto a obras artísticas que sí trazan una línea discursiva más clara como conjunto. Ubicar una pintura de Demian Hirst me parece un reto tremendo; sin embargo, la museografía los deja colgando cual fantasmas entre los diversos relatos de las otras propuestas. En esta ruta entran los nombres, además de Hirst, de Turrell, Moriyama, Eggleston, Viola o Iturbide.
Aquí el conocimiento se complejiza porque estamos frente a varios niveles significativos. El primero, como decía, referentes relevantes del arte de los últimos años y, por supuesto, sus profundos procesos y abordajes, algo que, dependiendo del contexto, genera ruido y una espectacularidad que distrae. Aquí, ignorar esos nombres sería un valor muy apreciado para poder acercarse críticamente a sus obras y ubicarlas en este contexto expositivo como una más, y no como una joya incandescente.
Esta exposición General requiere, por sus dimensiones y posibilidades arquitectónicas, varios recorridos y aproximaciones. Eso es una virtud ineludible. Pero también necesita de un acercamiento crítico que elabore más relatos y propuestas discursivas. A veces las exposiciones de las colecciones quedan como escaparates de lujo. Valdría la pena seguir tejiendo posibilidades para ver y entender el mundo contemporáneo desde la óptica del arte como una propuesta cultural relevante. Y en eso tenemos mucho que ver los espectadores, sin olvidar, por supuesto, el filtro opaco del peso corporativo y económico tras esta colección.
Al final, me llevo un viaje muy enriquecedor desde la perspectiva de los aportes sensibles y de conocimiento que aquí aparecen, se vinculan y cruzan. Eso, en sí, es una gran experiencia.



