Por Arturo Roti
Nunca se me va a olvidar la primera vez que escuché “Con botas sucias” de Barón Rojo en la radio. Fue como una sacudida. En una época donde casi todo lo que sonaba venía en inglés, escuchar un riff afilado acompañado de una voz que cantaba en mi idioma, con fuerza y sin pedir permiso, fue un antes y un después. Esa canción reventó por completo mi percepción del rock. La RG la soltaba y nosotros la pedíamos con insistencia. Y ahí entendí que el metal también podía hablarme directamente, sin traducción, con furia, con identidad.
El disco Larga Vida al Rock and Roll traía mucho más que ese tema. Era un manifiesto. Cuando lo abrí por primera vez, vi el logo de Helix, el sello discográfico. Me dio risa, porque ese mismo sello lo tenía un disco de los Pitufos que tenía mi hermano menor. Pero esto era otra cosa: era música poderosa, en mi idioma, con letras que me hablaban a mí, no a un adolescente gringo.
No tardó en llegar a mis manos el disco Prepárate de Obús. Otra vez, el sello Helix. Ya se me hacía familiar. Obús traía una carga explosiva, una banda que sonaba como si te dieran un martillazo directo a la frente. Canciones como “Va a estallar el obús”, “Cállate” o “Dosis de heavy metal” eran verdaderos himnos de combate.
Y entonces llegó el disco que lo rompió todo: Pacto con el Diablo de Ángeles del Infierno. Calidad de grabación estupenda, producción de primera y letras como “Maldito sea tu nombre” que sonaban con fuerza en la radio. Una banda que venía del norte de España pero parecía sacada del infierno industrial de cualquier ciudad latinoamericana.
No puedo dejar fuera a Banzai, una de las bandas más sólidas del heavy español en aquellos años. Formada por el virtuoso Salvador Domínguez, a quien ya conocíamos por su trabajo con Miguel Ríos, esta vez se armó con un verdadero trabuco: José Antonio Manzano (ex-Tigres) en la voz, Danny Peyronel de UFO en los teclados, David Biosca en la batería y Tibu en el bajo, todos con gran trayectoria. El disco homónimo de Banzai, producido nada menos que por Dave Holland de Judas Priest, fue una bomba de potencia y calidad sonora. Temas como “Crimen sin castigo” y la imponente “Duro y potente” se convirtieron en verdaderos clásicos del metal español. Todo esto, respaldado por un sello de peso como WEA, que le dio al álbum ese aire de producción internacional que pocas bandas latinas tenían en ese momento.
Y mientras el metal rugía con la fuerza de Banzai y Ángeles del Infierno, también hubo espacio para una propuesta más melódica y elegante: Sangre Azul. Desde Madrid, esta banda trajo un hard rock de alta costura, con arreglos pulidos, guitarras brillantes y la poderosa voz de Tony Solo al frente. Temas como “Mil y una noches” mostraban que se podía hacer metal con corazón y melodía sin perder intensidad. En pleno auge del heavy ibérico, ellos fueron la cuota de sofisticación sin dejar de sonar potentes. Busquen “Alejandría” para que escuchen de que hablo.
Por su parte, aquí en México también estaba naciendo algo fuerte. Aunque nuestras raíces en el rock venían de los 70 con grupos como Dug Dug’s, La Revolución de Emiliano Zapata, o Enigma con su místico “Bajo el signo de Acuario”, la explosión metalera llegaría en la siguiente década.
Fue en los 80 cuando Luzbel lo cambió todo. Su EP Metal Caído del Cielo fue una revelación. Cuatro canciones atemporales, con una producción brutal para su época. Y luego vino Pasaporte al Infierno, disco que hasta hoy me sigue pareciendo uno de los más grandes logros del metal mexicano. La combinación de Huizar en su mejor momento vocal y Raúl Greñas, mostrando todo lo que aprendió en Inglaterra, nos dio una joya que no envejece. Todo esto claro que nos da para hablar más a fondo, pero lo dejaré para otra columna.
En esa misma época surgieron otras bandas que también dejaron huella: Cristal y Acero, que combinaron el metal con tintes épicos en la ópera rock Kuman y lanzaron discos sólidos como Espadas de Cristal. También Ramsés, que con su disco Apocalipsis se ganó un lugar en la historia gracias al sello Comrock, el mismo que en aquellos años intentaba empujar el rock nacional con identidad propia.
Y luego llegaron los guerreros del underground: Khafra, con su disco homónimo de 1987 liderado por Pascual Meza, y Next con «Invasión Nuclear» y la voz poderosa de Carlos «Pato» Alanís, canciones que sonaban a apocalipsis y juventud desatada. Muchas de esas bandas tenían algo en común: el impulso de Avanzada Metálica, un sello que se volvió pilar del metal nacional.
Avanzada Metálica, fundada por Carlos Hernández y Gueorgui Lazarov —sí, el periodista que escribía en Conecte y Pop Rock— fue más que un sello: fue una plataforma de resistencia. Una editorial de riffs, de gritos en español y verdad sin censura. Gracias a ellos, el metal nacional tuvo cara, nombre y catálogo. Editaron a Transmetal, banda que apareció como una ráfaga oscura en 1988 con Muerto en la Cruz, disco que abrió las puertas a la brutalidad mexicana, así iniciaba Transmetal, esa banda en la que Glen Benton de Deicide les hizo los coros desde el mismísimo Infierno de Dante… o al menos así lo contamos los fans.
Mientras tanto, acá en Monterrey también hervía el metal. Y no hablo de puro cover, aunque hubo buenas bandas tributo como Omen. Hablo de proyectos con material propio y corazón regio.
Raxé fue una de ellas con su éxito “Maybe Lady” (con esa alineación inolvidable para los regios Gelo, Edi, Eli, Jimmy y Dany), y Midas Touch con el temazo “Prey For The King” que tenía une energía tremenda de Speed Metal, ambos temas sonaron fuerte en la radio, muchos pensaban que eran gringos. Pero no, eran de aquí, de mi ciudad, pero aún no se atrevían a cantar en español, salvo algún tema de Raxé como “Ujú”.
Y en 1985 vio la luz uno de los discos más importantes y entrañables de la escena regia ochentera: ¡Que Viva el Rockanroll! de Crazy Lazy. Aquel álbum demostró que sí se podía hacer heavy metal de alto nivel, con calidad internacional, desde nuestra propia tierra, sin cruzar fronteras. La alineación era poderosa: los hermanos Villarreal, Rulo y Jappy —quienes tristemente ya no están en este plano terrenal—, los hermanos Benítez, Javo y Toño, y en la voz ese huracán llamado Sergio Gomar “Chester”, que le dio identidad y garra al grupo. Juntos entregaron un disco sólido, con riffs filosos, melodías memorables y una energía que aún hoy se respira en cada surco.
A casi 40 años de distancia, el álbum se ha convertido en una verdadera pieza de culto, un tesoro codiciado por coleccionistas. De aquel tiraje original de apenas 2,000 copias, hoy quedan muy pocos en circulación, y cada ejemplar se cotiza como reliquia. Yo me sentía tan orgulloso de esa banda, que no salía de viaje sin un cassette grabado directo del vinilo: lo llevaba en la mochila para presumirlo en cada ciudad a la que iba. Era mi carta de presentación del metal regio. Para mí, Crazy Lazy era lo máximo. Y sinceramente, lo siguen siendo.
Esa fue la semilla. El metal en español creció, evolucionó y se ramificó. Hoy hay bandas como Avalanch, WarCry, Saratoga, Ágora, Makina o Anabantha, que siguen cabalgando en español con dignidad y poder. La antorcha no se ha apagado.
Pero nada de esto habría sido posible sin aquella primera vez en que, siendo aún un chavo, escuché el riff inicial de “Con Botas Sucias” y me di cuenta de que el metal no tenía que venir con subtítulos. Que se podía gritar, sentir, rugir… en español.
Porque al final, el metal también es territorio. Y este es nuestro idioma, nuestras historias, nuestros demonios y nuestras batallas. Larga vida al metal en español.
Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.
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