¿El retiro o la persistencia/posibilidad del trabajo significativo?

El retiro nunca es una renuncia; sino un acto cotidiano. Un reconfigurar la frontera del diálogo a través de generar un vacío, renunciar al privilegio del poder, sin renunciar al ejercicio de la reflexión.

junio 26, 2025

Por Eduardo Ramírez

La abstención del trabajo no es solo un acto honorífico o meritorio, sino que llega a ser un requisito impuesto por el decoro. La abstinencia del trabajo es la prueba convencional de la riqueza y, por ende, la marca convencional de una buena posición social.

Thorstein Veblen  

Me gusta estar a un lado del camino
Fumando el humo mientras todo pasa
Me gusta abrir los ojos y estar vivo
Haber sobrevivido millones de resacas

Fito Páez

17/04/25. ¿Qué valor social tiene el ocio y cuál, el trabajo? ¿Ha cambiado históricamente el valor del ocio?

En el cotidiano diálogo con una amiga, cuando le comparto algunos “proyectos” u ocurrencias simples, le digo que los hago porque no tengo nada qué hacer. Ella me contesta, “odio que me digas eso”, porque está saturada por entregas y quehaceres, actualmente estudia un doctorado.

En una entrevista reciente –en un lapsus de quien me entrevista– confunde términos en la pregunta. En vez del término que he manejado desde hace casi una década de “retiro”, me pregunta por mi proyecto de “jubilación”.

Rápido reviro, “retirarme hace más de 10 años del medio del arte, no implica jubilarme de mi trabajo cotidiano de crítica cultural; solo trato de posicionarme desde un campo más significativo para mí”.

¿Hasta qué punto el capitalismo cultural ha cambiado nuestro concepto de trabajo y ejercicio de un inútil poder simbólico, a costa de una paralela e irresoluble precarización profesional?

Recuerdo que cuando mi padre se jubiló, mi hermano le regaló un juego completo (atril, bastidor, cuadernos, juego de lápices) para que se dedicara a dibujar en su tiempo de ocio.

Ese concepto de dedicarse profesionalmente a algo para, al jubilarse, hacer otra cosa por placer, nunca lo he compartido.

Para algunos “jubilarse” implica seguir un mismo patrón: abandonar toda actividad que formó parte de su vida profesional y renunciar para dedicarse a pintar, hacer jardinería o viajar.

Cuando, a mis veinte años, me cambié de estudiar Ingeniería a Letras, estaba en boga ese modelo gringo de éxito que implicaba apostar cien por ciento al trabajo para poder “retirarse a los cuarenta”. Lo que quería decir, “trabajar como burro por veinte años sin descanso para, a partir de los cuarenta, dedicarse a disfrutar la vida de acuerdo a su ideal”.

Ante este modelo, yo respondía –por joder– entonces: “Yo, al cambiarme a Letras, me retiré a los veinte. Es decir, no tengo que trabajar como burro primero, para luego, dedicarme a disfrutar haciendo lo que me gusta. Porque, con el cambio, decidí disfrutarlo de una vez”.

De esta manera, entendí años después, la diferencia entre el retiro y la jubilación.

El retiro nunca es una renuncia; sino un acto cotidiano. Un reconfigurar la frontera del diálogo a través de generar un vacío, renunciar al privilegio del poder, sin renunciar al ejercicio de la reflexión. Solo cederlo a los demás para que, sin determinar la jerarquización, llenar el vacío de la reflexión y que se siga provocando el cuestionamiento significativo en vez de reproducir discursos institucionalizados, jerárquicos (con nombre y apellido).

A la fecha me sigo liberando de trabajos que no disfruto, a pesar de mantenerme al margen, en la precariedad.

¿Qué he ganado al “retirarme”?, ¿al mantenerme al margen de procesos legitimadores o que sea el capital económico el que se reproduzca en mi discurso más que cuestionar su sentido?

En el ensayo De la ociosidad, Montaigne escribe, “Yo, que últimamente me he recogido en mi casa decidido en cuanto de mi voluntad dependa a pasar en reposo solo la poca vida que me queda, parecióme no poder prestar beneficio mayor a mi espíritu que dejarlo en plena libertad, abandonado a sus propias fuerzas, que se detuviese donde tuviera por conveniente, con lo cual esperaba que pudiera en lo sucesivo adquirir mayor madurez. […] mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse cuenta ni reposo, sin orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos, he comenzado a ponerlos por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales”.

“Retirarme”, nunca fue renunciar… solo tomar perspectiva.

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Foto: Acoustic Guitar Beside a Bookcase with Books, por Pavel Danilyuk | Pexels.

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