Cuando las canciones te alcanzan: Una noche con Toto y Christopher Cross

Siempre hay bandas con las que no solo creciste: te formaron sin pedir permiso. Toto fue una de ellas, aunque durante mucho tiempo no lo admitiera en voz alta.

diciembre 28, 2025

Por Arturo Roti

Siempre hay bandas con las que no solo creciste: te formaron sin pedir permiso. Toto fue una de ellas, aunque durante mucho tiempo no lo admitiera en voz alta.

En aquellos años no existía eso de escuchar un disco completo antes de comprarlo. Uno se dejaba llevar por una canción, una portada, una corazonada. Yo estaba absolutamente fascinado con “Hold the Line”, así que un día, husmeando entre LPs, me encontré con Hydra. Lo compré sin saber exactamente a qué me estaba metiendo.

Lo puse… y fue un shock.

Yo esperaba algo más cercano a “Hold the Line”, algo más frontal, más pesado. Pero Hydra era otra cosa. Muy bueno, completamente bueno, pero distinto. Y claro, yo estaba en plena adolescencia, buscando rudeza, guitarras más agresivas, algo que se sintiera más cercano a lo que ya empezaba a formarme como metalero.

Aun así, hubo tres canciones que me atraparon sin remedio: “99”, “Hydra” y “White Sister”.

Ahí pasó algo importante: en esa banda encontré a uno de mis primeros ídolos bateros, Jeff Porcaro. Sin darme cuenta, Toto empezó a colarse como un cómplice secreto en mis días de calma dentro de una vida acelerada y ruidosa.

Después llegó Toto IV, y años más tarde The Seventh One, que terminó convirtiéndose en mi disco favorito de ellos. Ya era 1988, yo estaba metido de lleno en el thrash metal, y aunque Toto seguía siendo parte de mi vida, no era algo que pregonara. Mis amigos más cercanos lo sabían, mi familia también, pero no era música que sacara a relucir con cualquiera. Eran gustos que uno se guardaba.

Toto ya había venido antes a Monterrey, pero por causas ajenas no pude asistir. Así que esta vez la historia fue distinta: me tocó cubrirlos como prensa. Y lo disfruté de una manera muy especial, porque sabía perfectamente lo que iba a ver… y porque por fin iba a ver en vivo a Steve Lukather.

Lukather es un señorón de la guitarra. Un músico que entiende el liderazgo desde la música: sabe cuándo brillar, cuándo acompañar, cuándo hacerse a un lado para que otros luzcan. Maneja el escenario con inteligencia y respeto, entendiendo qué necesita cada canción y qué debe transmitir. Eso no se aprende en tutoriales, se aprende con vida.

El camino al Auditorio Banamex fue otra historia. Tráfico infernal —porque Monterrey ya es así—, obras del metro, preparativos del Mundial, posadas navideñas, Uber y Didi a precios como si fueras a cruzar el país. Terminé subiéndose a un camión urbano que, por cierto, mes a mes va subiendo de precio… pero mejor ahí le paro antes de enojarme.

La gira de Toto traía un bonus especial, Christopher Cross. Un músico profundamente respetado, aunque en mi historia personal su nombre siempre estuvo ligado a una canción muy particular: “Arthur’s Theme”. En los primeros años de los ochenta, cada vez que sonaba en la radio, alguien decía: “Ahí está tu canción”. Nunca me gustó eso. Tanto, que por un tiempo casi terminé odiándola. Con los años, como pasa con muchas cosas, la canción me fue encontrando de nuevo… y terminé reconciliándome con ella.

Ya en mi lugar, en punto de las nueve de la noche, las luces del Auditorio Banamex se apagaron. El murmullo se convirtió en expectativa. El escenario quedó a oscuras.

Christopher Cross me sorprendió. Y me sorprendió de verdad.

Lo digo sin rodeos: es un músico maravilloso, en toda la extensión de la palabra. No solo por la voz, que sigue intacta, sino por algo que a veces se pasa por alto: es un guitarrista finísimo. Sus solos son elegantes, precisos, sin una nota de más. Todo está ahí por una razón.

Escuchar “All Right” y “Never Be the Same” en vivo fue una revelación. Me gustaron más que en el acetato. Había una calidez especial en el sonido, una interpretación tan cuidada que parecía que cada canción respiraba. Apoyado por tres coristas, Cross logró que el Auditorio Banamex se sintiera cercano, casi íntimo, a pesar del tamaño.

Muchos de los temas los conocía por ese álbum debut que rondaba por mi casa en aquellos años. Pero cuando llegó “Sailing”, algo cambió. No sé si fue la edad, el momento o simplemente la carga emocional acumulada, pero la canción me erizó la piel por completo. Ya no me importó estar sentado entre la prensa, en esas butacas incómodas, pequeñas, casi de juguete, donde uno nunca termina de acomodarse bien. Me levanté. La canté con todo el feeling. En ese instante no era periodista, ni observador: era solo alguien dejándose llevar.

Y entonces llegó “Arthur’s Theme (Best That You Can Do)”. No luché más. Acepté ese destino que la canción me había impuesto desde niño. Después de tantos años de resistencia, de bromas incómodas, de escuchar “ahí está tu rola”, finalmente lo entendí: sí, sí es mi tema. Ahí, cantándola en vivo, nos reconciliamos. La hice mía. O tal vez siempre lo fue.

Cuando Cross se despidió, las luces del recinto se encendieron. Era el momento de Toto. Salí de mi lugar rumbo al lobby para reencontrarme con amigos de la prensa, intercambiar impresiones, bajar un poco las revoluciones. Unos veinte minutos después, regresé a mi asiento. Y ahí me lo dije claro: Ahora no soy prensa, ahora soy un fan más.

Toto y ese lugar al que uno siempre regresa

Toto apareció en escena encabezado por Steve Lukather y Joseph Williams, acompañados por una alineación de auténtico lujo: Greg Phillinganes, Shannon Forrest, John Pierce, Warren Ham y el joven Dennis Atlas.

El arranque con “Child’s Anthem” me pareció simplemente genial. Ese tema instrumental con el que abre su primer álbum siempre me ha parecido cinematográfico, poderoso. Desde ahí, el cuerpo respondió solo. No había manera de quedarse quieto.

Después vino “Carmen”, y sin darnos respiro apareció “Rosanna”, marcada por ese shuffle inmortal de Jeff Porcaro. Shannon Forrest no lo imitó: lo honró. Y ahí, mientras sonaba la canción, no pude evitar fijarme en una chica casi en primera fila, con vestido rojo, cantando y bailando absolutamente todo. No dejaba de brincar, de sonreír, de vivir cada nota. Una verdadera fan. De esas que te recuerdan por qué estás ahí. Era una “Rosanna” regia.

La noche siguió con “99”, “Mindfields” y “Pamela”, esta última presentada por Joseph Williams con esa anécdota divertida sobre la exnovia que inspiró la canción… y que, según él, aún no supera. El Auditorio respondió con risas y aplausos.

Con “I Won’t Hold You Back”, el ambiente se volvió íntimo. Demasiado. Lukather lo sintió y nos pidió ponernos de pie para sacudir la melancolía con “Angel Don’t Cry”. Después llegó “Georgy Porgy”, con ese groove delicioso y el bajo elegante de John Pierce, haciendo ver lo complejo como algo natural.

El viaje continuó con “White Sister”, donde Dennis Atlas dejó el teclado y tomó el micrófono, demostrando una voz poderosa y una energía impresionante. Luego llegó “I’ll Be Over You”… y ahí ya no pude más. Las lágrimas salieron sin pedir permiso. No eran de tristeza: eran de memoria. Canté la canción como si me hablara directo, como si alguien me hubiera puesto un espejo enfrente y me dijera: mírate.

Con “Stop Loving You”, pensé inevitablemente en alguien muy especial en mi vida. En cómo hubiera deseado que estuviera ahí conmigo, compartiendo ese momento, escuchando esa canción, sintiendo lo mismo que yo. Hay canciones que no solo suenan: acompañan.

El cierre fue apoteósico. “I’ll Supply the Love”, “Hold the Line” —sí, la canción que lo empezó todo para mí— y “Africa”, que convirtió al Auditorio Banamex en un solo coro. Eso sí, no pude evitar pensarlo: Toto es mucho más que “Hold the Line” y “Rosanna”. Ojalá muchos se animen a buscar sus otros discos y escucharlos completos. Ahí está la verdadera riqueza.

Al final, salí feliz. Pleno. Intenté pedir un Uber o Didi, pero era fin de semana, época navideña, tráfico infernal… los precios daban miedo. Por suerte, me llamó un gran amigo, Carlos, que había ido al concierto con su familia. Entre la charla me ofrecieron un aventón hasta casa. Agradecido de verdad.

Ya en casa, con el ruido apagado y la noche encima, tuve que asimilarlo:

Toto y Christopher Cross en una misma noche.

Demasiada calidad para un solo viernes.

Hay conciertos que se disfrutan.

Y hay otros que se quedan contigo.

Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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